CAPÍTULO 9
Constantin volvió a sentarse tras el escritorio y aguardó, casi seguro de que Alexandra se reuniría con él en cuanto supiera que estaba. Ella tardó menos de dos minutos. Sin duda había estado alerta a la salida del conde, pues trataría de evitarlo. El padre no tendría tanta suerte.
Aún vestía su ropa de trabajo; parecía cualquier cosa, menos una damisela. Teniendo en cuenta lo que había dicho a Vasili, probablemente el descuido era deliberado. Era su modo de protestar, y Constantin sabía por experiencia que su hija podía hacerlo con bastante tozudez. Casi lamentó no poder acompañarlos en el viaje, sólo por ver cómo se suavizaban esas asperezas bajo la mano de un hombre que, a juzgar por su aspecto, era todo un experto en cuestiones de mujeres.
Pensándolo bien, el giro de los acontecimientos podía resultar beneficioso. Si los planes hubieran marchado bien, esos dos se habrían casado en menos de una semana, poco tiempo para que llegaran a conocerse. Pero el viaje hasta Cardinia, según qué dificultades encontraran, requeriría cerca de un mes, con lo cual Vasili tendría oportunidad de cortejar a Alexandra y conquistarla por completo antes del casamiento.
Puesto que conocía a su hija, Constantin previó que ella no recibiría de buen grado esa posibilidad, al menos por el momento. Y tal como esperaba, ella fue directamente al motivo de su visita.
–¿Cuándo se marcha?–quiso saber.
–Os vais mañana, los dos.
–¿Los dos? ¿Eso significa que no ha roto el compromiso?
–¿De dónde has sacado esa idea? ¿Qué le dijiste? Me desilusionas, Alexandra. Esperaba que dieras más importancia a las cuestiones de honor...
–¡Basta!–Le espetó ella–. No hice más que decirle la verdad, tratando de poner fin a esta farsa. Pero si él está dispuesto a casarse con una mujer que no quiere saber nada de él... Debí prever que le daría igual.
Como ella no daba más explicaciones, el padre preguntó, vacilando: –¿Vas a casarte con él?
–No seré yo quien rompa el compromiso–replicó la muchacha, con toda la amargura que sentía.
–¿Crees que lo hará él?
–Una vez que me conozca...
–¡Maldita seas, Alex! Sé que ese hombre te atrae. Lo vi con mis propios ojos.
Ella se encogió de hombros, con un gesto destinado a expresar indiferencia. Pero su tono fue vehemente.
–No puedo negar que viene en un envase muy bonito. Y siendo tan bonito, resulta lógico que sea más vanidoso que un pavo real, aunque con la personalidad de un gusano... un gusano procaz.
–¿Tienes alguna justificación para expresar esos comentarios?–preguntó el padre, severo.
–Sólo que me estuvo galanteando... antes de saber que era su prometida.
–¿Y tú tienes tanta experiencia con los hombres como para distinguir entre galanteos y simple cordialidad?
Alexandra lanzó un resoplido.
–La cordialidad no incluye llamar ‘preciosa’ a cualquiera.
En vez de la indignación paternal que ella esperaba, Constantin sonrió.
–Me alegra saber que te encontró atractiva, pese a tu facha. Y puesto que tú te sientes igualmente atraída...
–Eso no ha quedado establecido–lo interrumpió ella, acalorada.
Constantin concluyó, sin prestarle atención:
–... podrías tratar, por lo menos, de que te guste.
Ella lo obligó a esperar unos instantes largos y tensos antes de aceptar: –Muy bien, lo intentaré.
Constantin parpadeó, sorprendido.
–¿Lo harás?
La mentira había sido tan descarada que Alex no pudo repetirla. En cambio preguntó:
–¿Qué has dicho de partir mañana?
–Una decisión inesperada, me temo. Yo suponía que es casaríais aquí, dentro de algunos días, pero al parecer habrá una gran ceremonia en el palacio real de Cardinia... por insistencia del rey.
–¡Bueno, es una suerte que yo sepa preparar un equipaje en tan poco tiempo!
Su tono fue tan seco que dejó bien claro lo que opinaba de la situación. Después de todo, cualquiera sabía que una mujer necesitaba varios días, hasta semanas enteras, si había de prepararse para un viaje. La misma Alexandra, que solía viajar ligera de equipaje, comenzaba a preparar las maletas varios días antes de la fecha fijada.
–Te equivocas, Alex. El joven no lo hace por incomodarte, sino por la época en que estamos. Por su demora en llegar, es imperativo que ahora apresuréis el viaje, a fin de evitar las duras tormentas de nieve en las montañas.
Ella elevó las cejas con súbito interés.
–Me gusta la nieve. ¿Acaso a él no?
El hecho de que lo preguntara con una gran sonrisa arrancó un gruñido al padre.
–No querrás retrasar intencionalmente la marcha, ¿verdad?
–¿Para postergar la boda?–La sonrisa se ensanchó–. ¿Qué opinarías? Al fin de cuentas, es justo permitir que sepa cómo será vivir conmigo.
–Alexandra, exijo que te comportes...
–Ya tienes la única promesa que obtendrás de mí, papá. Date por muy conforme.
Él se estaba poniendo rojo, cada vez más alterado.
–Has dicho que tratarás de que te guste.
–Oh, claro que lo haré. Voy a tener muchísimo tiempo para hacerlo, antes de la boda, Pero esta noche no. Esta noche tendrás que atender a los huéspedes tú solo. Con tanto equipaje como debo preparar, estoy segura de que necesitaré una carreta para llevar mis baúles.
–¡Viaja ligera, condenada, como lo haces siempre! No quiero que, por pura tozudez, quedes aislada en las montañas por una tormenta de nieve. Puedo enviarte la mayor parte de las cosas en cuanto...
–Que sean dos carretas–le espetó ella, mientras se dirigía hacia la puerta.
–¡Alex!
Al salir cerró con cuidado. Habría preferido dar un buen portazo, arrojar cosas y gritar, pero no tenía sentido: la batalla ya estaba perdida, al menos con su padre. Aún se sentía dolida y traicionada; era algo que difícilmente podría perdonarle. ¡Y pensar que esa mañana había amanecido como un día cualquiera! Ahora su mundo entero estaba patas arriba; no sería fácil enderezarlo.
Pero lo haría. Pese a la desagradable sorpresa de encontrarse con que el compromiso seguía en pie, cuando ella creía haber arreglado el asunto a su gusto, aún podía presentar combate a ese cardiniano. La cólera que ardía en ella no era sólo por su padre: ahora estaba furiosa con ese presumido cardiano. ¿Cómo osaba seguir pretendiéndola, después de lo que ella le había dicho? ¡Y a viajar a paso de tortuga, para pretender ahora llevársela en estampida!
Subió la escalera con los puños apretados. Aún los tenía así cuando llamó con violencia a la puerta del cuarto que debía ocupar el conde. Notó vagamente que tres de las criadas estaban holgazaneando al final del corredor, pero no les prestó atención; ignoraba que su prometido atraía a las mujeres como la llama a las polillas. Puesto que ella hubiera preferido cualquier cosa a tratar nuevamente con él, es comprensible que no asociara una cosa con la otra.
No se había equivocado de cuarto. Abruptamente, Vasili Petroff apareció ante ella, a medio desvestir, sin chaqueta ni botas, con la camisa blanca desabotonada y los arrugados faldones fuera, exhibiendo una amplia extensión de pecho y vientre. Los ojos de Alex quedaron atrapados; no pudieron pasar más allá de ese torso, apenas salpicado de un vello tan claro que resultaba apenas visible. Era, ciertamente, dorado de pies a cabeza, como un león. Y como el león, un animal de presa muy, pero muy peligroso. Ella lo adivinó por instinto.
–Ah, justamente la muchacha que deseaba ver.
Su tono era condescendiente, de un desprecio total. El porqué estaba a la vista: ella seguía vestida con sus ropas de trabajo, aunque sin gorro ni abrigo. Ni siquiera se había molestado en retocarse el peinado tras la cabalgata. El apretado moño con el que comenzara la mañana estaba completamente desmadejado y, por falta del gorro que solía sujetar las puntas sueltas, dejaba caer unas cuantas guedejas sedosas a lo largo de la espalda y los hombros. Sus íntimos estaban habituados a su aspecto. De los huéspedes no podía decirse lo mismo.
Cuando levantó la vista hacia el rostro la sorprendió descubrirlo sonriente. ¡Y qué sonrisa! Su estómago dio un vuelco; la sensación fue tan extraña que sintió un horrendo impulso de soltar una risita aguda.
Ella nunca se permitía esas risas estúpidas. Tampoco solía quedarse sin palabras aunque, por segunda vez en ese día, el habla la abandonó.
Increíblemente, habían bastado unas pocas horas para que su memoria dejara de hacer justicia a ese hombre. Era tan hermoso que costaba mirarlo con alguna calma; de pensamientos coherentes, ni hablar. Por todos los santos, ¿tendría que dominarse mentalmente cada vez que lo viera? Lo que le devolvió los sentidos con toda prontitud fue verse bruscamente arrastrada al interior del cuarto, que se cerró tras ella. Con cierto desprecio propio, enarcó una ceja.
–¿Ahora le toca tratar de seducirme, conde?
Los ojos del visitante la habían estado inspeccionando, centímetro a centímetro. Aun así la desconcertó que él pasara por alto su pregunta para comentar, con notable sorpresa: –Por Dios, parece recién salida de la cama.
Añadida a su condescendencia, esa observación era más de lo que ella podía tolerar con facilidad. Le devolvió hasta la última gota de la ira que sentía... contra él.
–¿La cama? Dudo mucho que pueda acercarme a ella en toda la noche. ¡Gracias a su desconsideración, conde, tendré que pasarla preparando mi equipaje!
Él dejó de mirarla como si prefiriera verla nuevamente acostada, preferiblemente en su propio lecho, y dijo con un gesto de indiferencia.
–Para responder a su pregunta, ahora me toca decirle que estoy de su lado. Yo tampoco tengo ningún deseo de casarme. Por lo tanto, si usted se digna informar a su padre de que no me acepta, mañana mismo podré ponerme en marcha sin llevarla conmigo. De ese modo no tendrá que pasarse la noche en vela por preparar el equipaje.
–¿Pretende que sea yo quien rompa el compromiso?
–Claro que sí–replicó él, en tono de superioridad–. Las mujeres tienen fama de ser volubles.
–Eso no lo sé. Pero en este caso existe una cuestión de honor y un juramento que tienen mucho peso para mí, por mucho que lo lamente. Por ende, tendrá que ser usted quien pase por voluble rechazando el contrato. Le agradecería que se encargara de eso antes de obligarme a malgastar el tiempo viajando hasta Cardinia.
–Imposible–replicó él, sin poder disimular más su exasperación–. Haga el favor de decir a su padre que no me quiere. ¿Qué puede costarle eso?
–Ya se lo he dicho, grandísimo tonto, y es obvio que no ha servido de nada. Pero también he dado mi palabra de casarme con usted... si no me rechazaba.–Alex suspiró. Enredarse en una pelea a gritos con ese hombre no serviría de nada. Se obligó a emplear un tono más razonable–. Escúcheme, conde Petroff: ya que estamos siendo sinceros y sabemos que ninguno de nosotros quiere casarse, ¿por qué no utiliza la excusa más obvia? Bastará con que diga a mi padre que yo no soy la esposa adecuada.
–Excelente idea, aunque no me gusta mentir. Por desgracia, usted es baronesa y, por lo tanto, muy adecuada. El hecho de que yo no quiera casarme con usted ni con nadie no justifica que no respete los deseos de mi padre. Al menos, eso asegura mi madre.
Ella le arrojó bien una mirada de disgusto.
–¿Y usted permite que su madre dirija su vida?
Con eso logró herirlo. El conde bramó, enrojecido: –¡Tal como usted permite que su padre dirija la suya!
–Mi padre es una de las dos partes que acordaron este casamiento ridículo. Si lo obligara a faltar a su palabra no podría mirarlo jamás a los ojos. El suyo ha muerto, conde.
–Razón sobrada para que yo no pueda eludir esta maldita trampa. A mi padre ya no se le puede disuadir, pero al suyo sí, señora. Haga el favor de echarse atrás... ¿O quiere saber cómo serán las cosas si nos casamos? Le aseguro que usted será sólo una molestia en mi vida, y una molestia que haré lo posible por ignorar. Por complacer a mi madre he de engendrar un heredero en usted, pero después la dejaré en libertad de divertirse como le plazca, que yo haré otro tanto. Mi vida no cambiará en absoluto. La suya sí, desde luego. ¿Le resulta aceptable?
Alexandra tuvo que apretar los dientes durante un segundo; luego logro sonreír.
–Por supuesto, siempre que a usted no lo perturben las escenas bochornosas en público.
–¿Cómo dice usted?
–Queda avisado. Si me obliga a ese casamiento, usted será mío. Y yo no comparto lo que me pertenece. Le prometo que no podrá ignorarme.–Finalmente le devolvió sus propias palabras–: ¿Le resulta aceptable?
Él se adelantó un paso, para intimidarla con su estatura, pero Alex no cedió un centímetro.
–No me gustan las amenazas, mujer.
–¿Qué amenazas? Usted me ha dicho cómo serán las cosas y yo me he limitado a aclarar cuál será mi reacción, En su lugar, Petroff, yo lo consultaría esta noche con la almohada. Probablemente sea la última noche de su vida en que podrá dormir en paz.
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