CAPÍTULO 4
Tanya se levantó el velo, apenas lo suficiente para poder tocar con la lengua una tetilla plana, puesta al descubierto en el pecho de su esposo. Él lanzó un gemido, tratando de abrazarla, pero recibió una exclamación de advertencia. Sus manos volvieron a aferrar desesperadamente el respaldo de la chaise longue en que estaba tendido.
Eso de no poder tocar a su esposa lo estaba volviendo loco, sobre todo porque la tenía a horcajadas sobre la entrepierna, sin que ella tuviera que obedecer ninguna restricción. Pero ambos habían hecho un trato: Tanya bailaría para él a cambio de que Stefan jurara, esta vez, dominar sus reacciones. El juramento estaba hecho y la danza también, pero cumplir con su palabra le estaba costando horrores, pues esa dulce hechicera había decidido aprovechar la oportunidad para excitarlo un poco.
La noche en que se conocieron, en una taberna de Mississippi, ella había bailado la provocativa danza del harén, o al menos su propia versión, ante un salón lleno de ávidas ratas del río. Él creyó poder comprarla por unas pocas monedas y así lo intentó. Por entonces no sabía (tampoco ella) que era la princesa perdida a quien debía buscar y llevar a la patria, la esposa que le había sido prometida desde el día en que naciera.
Una vez, poco después del casamiento, Tanya había bailado sólo para él. Como el atuendo que usaba para la danza, sensual, pero no muy atrevido, había quedado en Norteamérica, vistió en cambio una de sus negligés de seda. La respuesta de Stefan fue tan inesperada, tan fogoso su deseo, que el acto de amor la dejó bastante magullada, aunque también increíblemente satisfecha.
Esa vez Tanya no se quejó. Por el contrario, había reído de placer al comprobar que podía enloquecerlo hasta ese punto. Las amantes de Stefan solían quejarse cada vez que él les dejaba el más leve moretón, pero la pasión de Tanya era siempre igual a la suya. Y el solo hecho de que ella hubiera diseñado un nuevo atuendo para bailar, ideado para incentivar lo salvaje en una hombre tan proclive a la lujuria como Stefan, demostraba que le gustaba provocarlo.
La promesa que le había exigido esta noche no tenía nada que ver con sus propias preferencias; se debía a su nuevo estado, confirmado recientemente. Para deleite de todo el reino, la soberana estaba ya gestando al heredero real, por lo que aceptaba como palabra del Evangelio todo lo que los médicos de la corte decían. Y eso significaba que Stefan no podía seguir perdiendo el control; por eso estaba obligado a hacer promesas que apenas podía cumplir.
–Ya verás cuando te haga pagar todo esto.–Trató de parecer indiferente, pero en sus sensaciones no había indiferencia alguna.
Tanya levantó la cabeza, dejándole entrever una gran sonrisa tras el tenue tejido del velo, cuyo color era casi igual al de sus claros ojos verdes.
–¿Cómo?
–Conozco a un mercader que vende finos cordones de seda.
–¿Serías capaz de atarme para hacerme esto?–Había en su tono un obvio interés, que sólo estaba allí porque confiaba implícitamente en él.
–Lo estoy pensando–replicó él, medio gruñón, medio gemebundo.
La sonrisa de Tanya fue decididamente pícara.
–Avísame cuando te decidas.
Volvió a bajar la cabeza y retrocedió, para poder deslizar la lengua por el centro del torso de Stefan, rumbo al ombligo. Él aspiró bruscamente y levantó las caderas en un movimiento involuntario, con el que estuvo a punto de hacerla caer.
–Tanya...no puedo...resistir más–jadeó.
Ella se compadeció instantáneamente.
–Pues no tienes por qué hacerlo–dijo con dulzura.
Se incorporó, apartando los velos dobles que le ocultaban la parte inferior de la cara y la cabellera negra.. La pieza superior de su conjunto desafiaba cualquier descripción en cuanto a transparencia y secretos. Él habría querido arrancárselo, besarla a través de él. Pero su promesa le impedía hacerlo. Estaba completamente a su merced. Por suerte, eso no lo afligía en absoluto.
Con una sonrisa que le prometía el éxtasis cercano, Tanya le buscó el cordón de los pantalones. Pero sus dedos quedaron inmóviles al oír un escándalo ante la puerta: primero voces acaloradas; luego, ruido de forcejeos y, por fin, un golpe sordo.
–¿Qué diantres...?–Comenzó Stefan.
Su pregunta inconclusa tuvo respuesta con la tempestuosa entrada de su primo. Tanya lanzó un grito estrangulado y se dejó caer del diván para agazaparse en el suelo; escondida allí, arrebató la bata que había arrojado al pie del mueble, antes de bailar, y se la puso con violencia, fulminando con la vista al intruso por encima del vientre de Stefan.
Vasili no vio nada, pues aún no había localizado a la pareja. La alcoba real era tan grande que aún venía cruzándola y diciendo, sin dirigirse a ningún sitio en especial:
–Lamento molestarte a esta hora, Stefan, pero tengo un problema. Estoy tan furioso que temo asesinar a alguien si no encuentro una solución.
–No habrás comenzado con mi guardia, ¿verdad?
Vasili se volvió hacia esa voz opaca.
–¿Qué? No, por supuesto. No he hecho más que dejarle inconsciente. Ese condenado imbécil me negaba el paso.
–Tal vez porque yo había dado órdenes de que no se me molestara. Y tenía mis motivos.
Tanya se reunió con su esposo en la chaise longue; inmediatamente el la rodeó con un brazo para acercarla más. La semidesnudez de ambos dejó bien claro cuáles eran esos motivos.
Vasili se limitó a disculparse diciendo:
–Lo siento, pero esto no podía esperar, Stefan. Es peor que una pesadilla, tan demencial que no vas a creerlo. Yo mismo no estoy convencido.
–¿No te parece que está borracho?–Susurró Tanya al oído de Stefan.
–Chist–dijo él. Y agregó, dirigiéndose a Vasili–: Supongo que has hablado con tu madre.
–Oh, sí, pero si hubiera tenido la más leve advertencia de lo que iba a revelarme (regodeándose a mares, se podría decir), ya iría camino a la frontera para desaparecer definitivamente. ¿Lo sabías tú? Pobre de ti, Stefan, si estabas enterado y no me advertiste...
–Me conoces demasiado para creer eso.
Era cierto. Por tercera vez, Vasili dijo: –Lo siento. Mi raciocinio se ha ido al demonio. Y allí se irá también mi vida, si no sucede algo drástico que cambie lo que me ha caído encima.
–Sería conveniente que me dijeras de qué estamos hablando.
Por un momento Vasili quedó desconcertado.
–¿No te lo he dicho?–Pero antes de que Stefan pudiera responder, continuó–: Acabo de enterarme de que, hace quince años mi padre firmó un pacto matrimonial en mi nombre. ¡Un pacto matrimonial! Ni siquiera mi madre estaba enterada. En todos estos años sólo lo han sabido la muchacha y su padre. Y justo ahora, porque la muchacha parece estar ya dispuesta a casarse, se molestan en escribirnos para comunicarlo.
–¿Quién es ella?
–¿Eso es todo lo que vas a decir?–Protestó Vasili, casi gritando en su agitación–. ¡A quién diablos le importa, si no tengo ningún deseo de casarme con ella!
–Sabías que, tarde o temprano, tendrías que casarte–observó Stefan, en tono razonable.
–Pero no hasta dentro de diez años, por lo menos. Y eso no viene al caso. De pronto me encuentro con una prometida que nunca he visto. Y no me recuerdes que tú te enfrentaste a una circunstancia igualmente horrorosa, porque tú creciste sabiendo que tenías una prometida, mientras que yo siempre supuse que la elección correría por mi cuenta.
–Considerando lo estupendo que ha resultado mi compromiso, no esperes mucha solidaridad de mí, primo.
–¡Cómo que no!–Le espetó Vasili–. Hazme el favor de recordar lo que sentías antes de conocer a tu encantadora esposa.
Después de estrechar a la mencionada esposa contra sí, para asegurarle que ya no sentía lo mismo, Stefan reconoció: –En eso tienes razón.
–Además, los príncipes herederos rara vez pueden elegir a sus esposas–continuó Vasili, acalorado–.Pero yo no soy más que el primo de un rey. A nadie le interesa con quién vaya a casarme. Y si de algo estoy bien seguro es que nunca habría elegido a una rusa.
–¿Es rusa?–Se extrañó Stefan.
–Rusa y baronesa, sí. Ya sabes lo promiscuas que son esas condenadas. Esta ha de tener ya diez o doce amantes. Y no me sorprendería en absoluto que, si me reclaman con tanta urgencia para que la despose, es porque está en la dulce espera.
–Pues bien, reza por que así sea y exige que el casamiento sea aquí–sugirió Stefan–. Si está embarazada, por entonces será ya evidente y tendrás una base legitima para romper el compromiso.
El alivio de Vasili duró tan poco que no llegó a completar la sonrisa esbozada.
–No puedo depender de eso. Si no es así, me encontraré entre la espada y la pared. Preferiría no tener que pisar Rusia. Y por eso estoy aquí. Tú ya has tenido que enfrentarte a este dilema, Stefan. ¿Qué ideas se te ocurrieron para zafarte del compromiso?
–¿Pretendes que te responda ahora?
Vasili miró a Tanya por primera vez.
–¿Molestaría a Su Majestad...?
–En absoluto.
Él le echó una mirada agria, que Tanya ignoró. Se preguntaba qué haría el primo si ella se echaba a reír. Ganas no le faltaban, por cierto; no simpatizaba en absoluto con él por su problema. Pero a Stefan no le gustaría que se divirtiera a costa de su pariente, de modo que se limitó a escuchar, mientras ellos analizaban unas pocas opciones. Por fin llegaron a la conclusión de que, en realidad, no había salida. Y ante los ojos de ella, Vasili se fue alterando más y más.
A sus ojos, Stefan era de una hermosura excepcional, pero no como la de Vasili. Nadie tenía la apostura hipnótica de Vasili. Sin embargo, ella nunca lo había visto tan desesperado ni tan colérico; tampoco habría creído que sus ojos pudieran refulgir tanto como los de Stefan. Se estaba paseando como un león en la jaula, dorado y furioso.
Resultaba fascinante ver a ese metro ochenta de gracia viril revelar súbitamente el lado volátil, casi salvaje, de un temperamento por lo demás estoico. De esos cuatro hombres, que se habían criado juntos y mantenían tan íntima amistad, sólo Vasili era capaz de atacar verbalmente y con mortífera exactitud, antes que con la fuerza bruta. Pero obviamente era tan capaz de ejercer la violencia como los otros.
En un principio, a Tanya le habían dicho que él era su prometido. Stefan quería que ella los acompañara a Cardinia sin resistencia alguna y pensó que, como cualquier otra mujer, preferiría a Vasili. Pero el primo la insultó desde un principio, tomándola por una meretriz de taberna, y ella lo despreció por eso. Además, el que la atrajo desde la primera noche no fue ese Adonis dorado, apuesto en exceso, sino Stefan, pese a sus cicatrices y a sus ‘ojos demoníacos’.
–¿Qué vas a hacer?–Preguntó Stefan, por fin.
–No lo sé.
–Sí que lo sabes–objetó el monarca, suavemente.
–Sí, lo sé.–Vasili suspiró–. Pero no habrá boda, si puedo evitarlo. Uno de ellos, sea la chica o el padre, pedirá que anulemos este ridículo contrato, aunque sea preciso mostrarme a ellos como realmente soy.
–¿Cómo realmente es?–Tanya estuvo a punto de atragantarse–. O sea: como puede usted ser cuando quiere que la gente lo deteste.
Puesto que ella hablaba por experiencia propia, fue preciso reconocer que estaba en lo cierto.
–Como usted prefiera, Majestad.
A Tanya le tocó entonces clavarle una mirada agria. Stefan contuvo una risita para decir:
–Vete a tu casa, Vasili. Tras una buena noche de sueño, la situación te parecerá menos desastrosa. Después de todo, aunque no tengas más remedio que casarte con la muchacha, nadie te obliga a...
–¡Cómo que no!–Intervino Tanya, indignada.
–¿No te dije que ella haría de la fidelidad una orden real?–Gruñó Vasili.
Y salió a grandes pasos.
Tanya aguardó apenas a que la puerta se hubiera cerrado para exclamar: –Oh, Dios, esto me encanta. Por fin alguien arrancará las plumas a ese pavo real.
–¿No habías perdonado a Vasili por tratarte como lo hizo durante el viaje a Cardinia?
–Le he perdonado–confirmó ella–. Comprendo que sólo trataba de impedir que me enamorara de él. Pero debió haber visto de inmediato que eso no iba a pasar, en vez de comportarse como un villano durante todo el trayecto. De cualquier modo, sigue siendo un presumido. No sabes cuánto deseo que alguna mujer le baje el copete. Pero debería ser alguien que le interesara. El problema de Vasili es que las mujeres nunca se le niegan. En vez de esperar a conocerlo mejor, se enamoran instantáneamente de su cara. Y ya ves lo que resulta: un arrogante insufrible. No pasa un día sin que alguna trate de seducirlo.
Stefan se echó a reír al ver su expresión de disgusto.
–Te sorprenderías, Tanya mía, si supieras lo mucho que a él le fastidia esa circunstancia.
Ella soltó un bufido.
–Oh, no lo dudo. Lo fastidia tanto como a mí estar embarazada.
Puesto que estaba en la gloria con su embarazo y todo el mundo lo sabía, era evidente que no aceptaba el comentario de su marido.
–¡Pero si es verdad!–Insistió él, con la risa chispeando en sus ojos color jerez–. Después de todo, la capacidad de una hombre tiene sus límites.
Tanya no halló modo de contener el sarcasmo.
–¡Eso lo explica todo! A Vasili lo fastidia no poder satisfacer a todas las mujeres que lo buscan. No imaginas cuánto lo siento por él. Probablemente soy la única que lo aborreció abiertamente. Claro que eso no cuenta, porque en mi caso era lo que él buscaba. De cualquier modo, pienso sinceramente que le haría muchísimo bien encontrarse con una mujer que lo ignorara. Por desgracia, dudo de que ocurra jamás.
–¡Menos mal que lo has perdonado!
Ella suspiró.
–Lo siento, Stefan. Supongo que aún me cuesta separar al Vasili que conocí del que ahora trato. Sé que, por lo general, es encantador. Y que a veces puede mostrarse sumamente dulce. Además, lo sé fieramente leal a ti y por eso lo amo. Pero la arrogancia, la condescendencia, ese desprecio burlón... todo eso no ha surgido de la nada. Tiene todos esos rasgos, aunque no en la abundancia que yo creía en un principio, lo reconozco.
–Que es arrogante, lo acepto. Pero nada más–objetó él, con lealtad.
Ella iba a discutir, pero Stefan se lo impidió enarcando una ceja. Después de todo, además de ser único primo, Vasili le era más querido que un hermano.
–Oh, muy bien–concedió ella–. Pero si espera que la rusa se niegue a casarse con él, está soñando. Y ti lo sabes. Ella se enamorará en cuanto lo vea, y de nada servirá que él se comporte de un modo repugnante. Aunque le destroce el corazón, la chica seguirá decidida a ser su esposa.–Tanya suspiró–. Compadezco a esa pobre muchacha, de veras.
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