CAPÍTULO 12
El primer día de marcha fue largo, excesivamente largo. El potro llegado con los cardinianos resultó ser de Vasili, un animal muy nervioso, que se negaba a mantener el paso tranquilo de las carretas, al menos durante la mañana. Vasili se veía constantemente obligado a adelantarse un trecho para volver a reunirse con la caravana, aunque Alexandra estaba segura que, a veces, lo hacía sólo para demostrar su propia impaciencia por ese avance tan lento.
Sus dos potros se comportaban mucho mejor. Aunque ellos también ansiaban un poco de ejercicio violento, si se les negaba no armaban ningún alboroto. Aun cuando Vasili se detuvo junto a ella, en las primeras horas de la tarde, para informarle de que no se detendrían a almorzar ni a descansar, Orgullo del Sultán ignoró por completo al corpulento ruano, mientras que el conde tuvo que luchar con su montura para impedir que lanzara mordiscos al blanco.
En cuanto a la decisión de no parar, Vasili la había expresado con aire jactancioso. Alexandra la recibió con una buena dosis de diversión, que logró reservar para sí. Se le había dicho que necesitarían ese tiempo adicional para llegar a la primera casa de postas, donde deberían encontrarse al atardecer. En realidad, aun sin detenerse para almorzar, sólo arribaron ya avanzada la noche.
No era difícil adivinar que Vasili creía estar cobrándose la demora causada por las carretas, pero ella estaba preparada para esa contingencia. Toda su gente iba provista de vituallas que no requirian cocción, pero el grupo de Vasili no las había recibido. Así, con la panza vacía, no podría utilizar la triquiñuela más que durante uno o dos días.
Por lo que a Alexandra concernía, había ganado el primer combate sin levantar una mano y se sentía muy satisfecha; era una suerte porque necesitaba sensaciones positivas para contrarrestar la angustia de la partida. El último saludo a su padre había sido demasiado breve, pero lo tenía grabado en la memoria.
Se había detenido por un instante frente al porche donde él estaba, pero sólo por darle una última oportunidad de impedir su partida. Ni siquiera abandonó la ruta. Cuando se hizo evidente que él no pronunciaría las palabras esperadas, se limitó a decir: ‘Adiós, papá’, en voz tan baja que difícilmente fueran oídas. Y eso fue todo; no hubo abrazos, besos ni súplicas para que él cambiara de idea.
El padre quedó herido por esa falta de perdón. Ella lo leyó en su cara al partir, y el pecho se le encogió de tal modo que temió ahogarse. Su propio dolor le prohibió ablandarse y despedirse de él como habría querido.
Y ese mismo dolor la decidía a no verlo nunca más. Quería que el conde pusiera fin a ese maldito compromiso para que el honor de los Rubliov quedara satisfecho, pero no pensaba volver al hogar. Partiría hacia Inglaterra, como debería haberlo hecho tres años antes.
Cuando por fin llegaron a la casa de postas, Alexandra estaba cansada. Era ya muy tarde, tal como Vasili había anunciado. Aunque satisfecha por el modo en que se habían desarrollado las cosas, ella no estaba dispuesta a retomar al día siguiente ese paso tan esforzado.
Las carretas estaban allí para retrasar el viaje, no para que todo el mundo se viera obligado a cabalgar durante demasiado tiempo a fin de recuperar el tiempo perdido. Además, no le gustaba que sus animales viajaran en la oscuridad, donde los hoyos invisibles en el camino podían provocar lesiones. Si no lograban llegar a la siguiente posada o aldea antes de oscurecer, pasarían la noche siguiente acampados junto al camino, con o sin el permiso o la presencia de su prometido.
Entró en la posada sin aguardarlo. Se había hospedado allí una vez, durante un viaje al oeste para comprar cierta yegua, de modo que conocía al propietario. Ella misma se ocupó de preparar las habitaciones necesarias. Compartiría una con Nina; que los hombres se repartieran las cuatro restantes como mejor les pareciera.
Puesto que era Vasili quien pagaría la factura, le habría gustado ocupar más cuartos, pero no los había disponibles. De cualquier modo, con doce personas en el grupo, había muchas más bocas que alimentar de las que él había previsto. Alexandra se encargó también de ordenar comida para todos; en eso no se excedió, porque no le gustaba desperdiciar los alimentos. Aun así, ¡qué bonito sería si Vasili se quedaba sin dinero antes de llegar a su casa!
Esperó a los otros en el salón, donde Nina fue la primera en reunírse. La doncella viajaba en una de las carretas, pues no se sentía cómoda si debía pasar varias horas a caballo. Por lo tanto, durante toda la jornada no habían tenido la oportunidad de conversar. Para Alexandra no fue una sorpresa enterarse de la idea prioritaria en la mente de su amiga:
–¿Por qué no me dijiste que en tu vida habías visto hombre tan hermoso?–acusó Nina, al sentarse a su lado ante la mesa.
Alexandra elevó una ceja.
–¿Cómo sabes que no los he visto mejores?
–Porque no puede existir nadie tan bello como él–replicó su amiga, con absoluta convicción.
Alexandra ya había llegado a la misma conclusión, así que no se molestó en discutir.
–¿Y eso cambia en algo las cosas?
–Para mí las cambiaría.
Alexandra suspiró.
–Ese hombre es hermoso en demasía, Nina. Por si no te has dado cuenta de lo que eso significa, será un placer explicártelo. Ya ha hecho que lo mires con buenos ojos, cuando hace unas horas estabas de mi parte. Y también ha hecho que una, dos o tres criadas durmieran anoche con él, aun sabiendo que es mi prometido.
Nina ahogó una exclamación.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque esta mañana sorprendí a las tres manoseándolo.
–Eso no significa que durmieran con él–señaló Nina, de inmediato.
–No, pero demuestra que es irresistible, al menos para la mayoría de las mujeres. También demuestra que, aun sabiéndolo casado, las mujeres continuarán persiguiéndolo. Y yo, ¿tendré que vivir soportando eso? No puedo.
Nina aún no estaba convencida.
–Que lo persigan no significa que lo alcancen.
–Sí significa que él se encontrará con la tentación a cada paso–observó Alexandra–. Y no tengo intención de convertirme, por culpa de un hombre, en una arpía celosa.
Nina sonrió.
–Estás diciendo que podrías enamorarte de él, si lo intentaras.
–No estoy diciendo nada de eso. Y calla, que vienen tus hermanos.
Stenka ocupó la silla vecina a la de Alexandra y, como su hermana, omitió los saludos para ir directamente a su propia queja.
–Habría sido más sencillo y menos agotador darle una paliza y decirle que se fuera, Alex.
Timofee llegó a tiempo para oír el final de ese comentario.
–¿Vamos a darle una paliza a ese cardiniano?–Preguntó mientras tomaba asiento–. Deberíamos haberlo hecho esta mañana, antes de que se me llenaran las asentaderas de ampollas.
Y Konrad, el último en llegar, interpretó a su modo las últimas palabras:
–¿Te han salido ampollas en las asentaderas, Alex?¿A ti? ¡Pero si debes de tener el trasero más duro que...!
–Basta–interrumpió Alexandra. Y respondió a los diversos comentarios mirándolos sucesivamente, mientras decía–: No, no y no. Ya os he explicado mi plan y reconocisteis que es bueno. Probaremos con eso antes de estudiar cualquier otra opción. Pero no habrá paliza.
–Qué lástima–suspiró Stenka.
Ella le clavó una mirada severa.
–Quedaos tranquilos, que lo de hoy no va a repetirse. Él trata de que cumplamos sus horarios. Aunque es más fácil para nosotros que para él, no quiero arriesgar a mis bebés a la espera de que él renuncie. A propósito, ¿están bien alojados por esta noche?
–Se está construyendo un corral aparte para las yeguas. Aquí no hay comodidades para tantos caballos–respondió Timofee–. Por esta noche servirá.
Pasaron a discutir algunos otros asuntos relativos al viaje, pero los interrumpió la llegada de Vasili con su amigo, Lazar Dimitrieff. Durante el viaje este último se había acercado a Alexandra para presentarse. Para ella no fue una sorpresa descubrir que había comprado a su padre un caballo blanco, de temperamento dócil, e iba montado en él.
En otras circunstancias habría analizado con él los méritos del animal, extendiéndose con placer sobre el tema, pero había decidido no trabar amistad con nadie que perteneciera al grupo de Vasili. Eso incluía al conde Dimitrieff, lo cual era una pena, porque parecía bastante agradable y, obviamente, ambos compartían el amor por los caballos. Pero él no tardó en abandonar cualquier intento de entablar conversación, viendo que Alexandra lo ignoraba. Apenas se había dignado dirigirle unas pocas palabras cuando preguntó, refiriéndose a Nina:
–¿Quién es esa pequeña querube?
–Nina Razin, mi doncella.
–¿Parienta de esos cosacos?
–Hermana, la única mujer.
Esa respuesta provocó un gran suspiro en el cardiniano.
–¡Y yo que tenía esperanzas de disfrutar del viaje!
Ella quisiera haber reído ante esa expresión desolada, pero se limitó a advertirle:
–No se acerque a Nina, conde... a menos que ella lo desee.
Y no hubo más.
Ahora se preguntaba si el joven habría informado a Vasili de su brusquedad. Era lo que ella deseaba. Petroff debía saber que el desprecio de su prometida no estaba reservado sólo a él, que sus amigos y sus familiares no tendrían inmunidad.
Al entrar, Vasili apenas le echó una mirada. En la mesa de Alexandra quedaba un asiento libre, que él no ocuparía, con toda seguridad. No importaba; mientras no dejara de observar sus modales, que serían atroces durante toda la comida, podía sentarse donde quisiera.
El conde se detuvo a cambiar unas palabras con el propietario. Probablemente estaba enterándose de que ella se había ocupado de todo sin esperarlo. Ojalá se fastidiara; a los hombres les gusta creer que están al mando.
Lo observó atentamente, sin ver muestra alguna de que lo perturbara lo que oía. De pronto se oyó un chillido al otro lado del salón, emitido por una de las dos camareras, que acababa de verlo. La muchacha parecía conocerlo bien, pues a su grito de placer siguió una carrera hacia él.
Alexandra enarcó las cejas, que se juntaron bruscamente al ver la sonrisa que Vasili dedicaba a la muchacha, una sonrisa tan bella que la dejó sin aliento, aunque ni siquiera le estaba dedicada. La chica no era especialmente bonita, pero por el modo en que él la miraba se habría dicho que jamás había visto criatura más encantadora.
Cuando la tuvo frente a sí, se inclinó para susurrarle algo al oído. Ella se echó a reír y le apoyó una mano en el pecho, en un gesto íntimo, mientras le respondía. Después de recibir una leve palmada en el trasero, se alejó a reanudar su trabajo, aunque volviéndose más de una vez para echarle una mirada mohína por encima del hombro. Cualquier tonto habría adivinado que acababan de citarse para más tarde.
Alexandra abandonó su mesa y alcanzó a la muchacha en el momento en que estaba a punto de entrar en la cocina. Sin previo aviso (había cruzado el salón sin saber ella misma lo que iba a hacer) asió a la criada por el pelo y la hizo girar. La bandeja que ella llevaba salió disparada de sus dedos. Ahora todo el mundo miraba en esa dirección.
–El hombre con quien estás pensando en acostarte es mi prometido–dijo Alexandra, con voz bastante desenvuelta, pese a lo volátil del tema–. Si vuelves a acercarte a él, te cortaré las orejas y te las haré comer. ¿Te parece que él vale la pena de perderlas?
–Yo, baronesa–chilló la chica, con los ojos dilatados y la tez muy pálida.
Alexandra frunció el ceño.
–¿Me conoces?
–S... Sí, baronesa.
–Entonces sabes que no hablo por hablar.
–¡Sí!
–Bien, esperemos que no sea necesario volver a tocar el tema.
Alexandra volvió a su mesa, pasando junto a Vasili sin echarle una sola mirada. Estaba algo sorprendida, no por haber hablado así, sino por haber podido provocar una escena como esa sin experimentar el menor bochorno... Demostrar a su prometido que ella estaba muy por debajo de su estrato social iba a resultar mucho más fácil de lo previsto.
–¿Está sorprendido?–Susurró a Stenka, al retomar su asiento.
–No lo sé–respondió él con franqueza, chispeantes los ojos–. No he podido apartar los ojos de ti y de ese espléndido despliegue de celos.
–No seas absurdo–replicó ella, irritada–. Sólo lo he hecho por escandalizarlo.
Eso le valió un resoplido y un tono de burla:
–Te conozco, Alex, y sé lo posesiva que eres. Yo estaba presente cuando atacaste a latigazos a ese teniente del ejército, por haber maltratado al caballo que le prestaste. Cuando Konrad hacía llorar a Nina con sus provocaciones, tú lo atacabas con ambos puños. Y sacaste ampollas en las orejas a mi padre la última vez que me dio unos azotes. ¿Quieres que prosiga?
Entonces fue ella quien frunció el entrecejo.
–Tú y tu familia son otra cosa. Y también mis animales.
–Somos tuyos, y lo que es tuyo te pertenece. Todo el que te conoce lo sabe, Alex. Y mientras uno u otro de vosotros no rompa ese compromiso, el cardiniano también es tuyo. ¿Dónde está la diferencia?–La diferencia está en que no lo quiero–Luego miró al resto de sus amigos–. ¿Alguno de vosotros a observado la reacción de ese hombre?
–Yo–admitió Konrad, con una sonrisa parcial en los labios–. Y no era sorpresa lo que experimentaba. Antes bien, enfado.
Alexandra aún no quiso volverse a mirar por sí misma, pero se recostó en la silla, bastante satisfecha.
–Con eso me basta. Yo se lo había advertido. Ahora sabrá que no eran amenazas vacuas.
–Creo que se ha dado cuenta–intervino Timofee, riendo por lo bajo–. Va a ser interesante ver qué hace a su vez.
–¿Y qué puede hacer?–Contraatacó ella, sin preocuparse–. Todavía no estamos casados.
Los tres hombres se limitaron a mirarla. Nina hizo lo opuesto y desvió la cara. Alexandra comenzaba a revolverse en el asiento.
–¿Qué pasa?–Inquirió.
–Un pacto matrimonial no es como los compromisos habituales, Alex–explicó Konrad–. Se aproxima mucho a un verdadero matrimonio. Ha habido un juramento. Tú misma diste tu palabra de casarte con él, y tu padre debe de haberlo puesto al tanto. Eso da a tu prometido cierta autoridad en lo que a ti concierne. ¿No lo sabías?
–¿Qué clase de autoridad?
Konrad no se preocupó en medir sus palabras.
–La misma que tendría un esposo.
–Tonterías. Ya le dije que él no podía darme órdenes y no trató de demostrar lo contrario.–Alex omitió mencionar que él había asegurado que, en realidad, podía.
–Cuando lo dijiste aún estabas en casa, bajo el mando de tu padre. Ahora no.
A ella no le gustó el cariz que tomaba aquello.
–Poco importa dónde estuviera–insistió–.Puede rabiar y quejarse todo lo que quiera. A estas alturas tengo mucha experiencia en tratar con hombres furiosos.
–Con un padre furioso, sí, pero no con un prometido furioso–señaló Konrad–. Lamento decirlo, Alex, pero no es lo mismo.
–Bueno, está bien, caramba–gruñó ella–. ¿Adónde queréis llegar?
–¿Qué pasará si él comienza a plantearte algunas amenazas y las respalda?
Ante eso Alexandra entornó los ojos, pero su voz sonó demasiado seca.
–¿Estás sugiriendo, por casualidad, que ese hombre podría tratar de golpearme?
–En realidad... sí.
–¿Y vosotros os quedaríais cruzados de brazos? ¿Bojik no le saltaría a la garganta si él intentara algo así?
–Bojik no puede estar todo el día pegado a tus talones–le replicó Konrad–. Pasará casi todas las noches en el establo, como ahora, porque las posadas, en su mayoría, no lo aceptarán dentro. Y tampoco nosotros podemos acompañarte constantemente. Si él cardiniano te hiciera algo, quizá pudiéramos obligarlo a arrepentirse, pero las cosas ya estarían hechas. Por otra parte, siendo primo de un rey, aunque su título no sea muy impresionante, tiene más rango que cualquiera de nuestros príncipes, con lo poderosos que son. No le costaría mucho hacernos arrojar al calabozo. Podría hacernos fusilar qué diablos, sin que le pasara nada. Ese es el tipo de autoridad que puede ejercer.
Por entonces Alexandra estaba hirviendo.
–¿Qué sentido tiene todo esto?
Finalmente, puesto que ya le había amargado el humor, Konrad le dedicó una gran sonrisa.
–No lo enfurezcas demasiado, Alex. Fíjate un límite y no lo sobrepases, aun cuando debas ceder a sus exigencias de vez en cuando... y reza por que ignore la autoridad que tiene ahora sobre ti.
Alexandra estaba casi segura de que ya no podía confiar en eso. Pero si se había mostrado ingenua al pensar que sus amigos podrían protegerla, ellos olvidaban que también sabía protegerse sola. ¡Ceder ella! Antes usaría el látigo.
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