Tu me perteneces Capitulo 18

CAPÍTULO 18


El bochorno de Alexandra duró dos días. Debería haber aceptado la palabra de Vasili, pero no, tuvo que detenerse en la granja que él había mencionado para descubrir que sus únicos habitantes eran una pareja de ancianos y sus dos nietos varones.
Si él se había refocilado, no podía ser con aquella anciana, a menos que estuviera muy desesperado. Y al parecer no lo estaba, pues al volver Alexandra lo encontró riendo. Desde entonces no dejaba de sonreír o, cuando menos, esa era la impresión que daba. En ese encuentro él había sido, definitivamente, el vencedor.
Además se había anotado otro punto la noche anterior, cuando se detuvieron en una posada. Le había hecho subir una bañera a su habitación, con un mensaje que no se podía pasar por alto: ‘Úsela o tendré el placer de ayudarla.’ Y cuando ella bajó a cenar, algo después, el insufrible petimetre tuvo la osadía de olfatearla.
Por eso, en cuanto se presentó la oportunidad de saldar cuentas, Alexandra se precipitó sobre ella, sin sospechar lo efectiva que sería.
La ciudad a la que llegaron pocos días después tenía un hotel pequeño, pero elegante; como de costumbre, Vasili ya estaba familiarizado con él, puesto que estaban desandando la ruta que él había seguido para llegar a casa de los Rubliov. En un primer momento, a Alexandra la preocupó ver que había muchas mujeres entre el personal del hotel, pues sería imposible vigilar a todas; por lo tanto decidió vigilar en cambio a Vasili.
Pero luego descubrió que, durante su estancia anterior, él había pasado una sola noche en el hotel, aunque el resto de su grupo se hospedó allí mucho tiempo más. Esa era la ciudad en que se habían detenido durante toda una semana, pero no porque hubiera un enfermo entre sus acompañantes; eso era una mentira de Vasili. La había obligado a preparar su equipaje para abandonar su casa en menos de veinticuatro horas. ¿Por qué?
La dama, una joven condesa viuda, se llamaba Claudia Shevchenko; con ella había pasado Vasili toda la semana, en su cama o no lejos de ella. Vivía en la misma calle del hotel y Vasili la había conocido apenas al llegar, pues ella estaba en el establecimiento, comiendo con unos amigos.
Fue bastante fácil averiguarlo todo, pues los dos habían provocado un verdadero escándalo. Después de todo, la ciudad era pequeña y todos conocían a la condesa, supuestamente virtuosa; por lo menos, lo había sido antes de conocer a cierto cardiniano, sumamente apuesto, que habría podido seducir a un ángel si lo hubiera intentado. Al menos, eso se contaba.
Durante la noche en que todos se hospedaron allí, a Alexandra la sorprendió que Vasili no tratara de abandonar el hotel ni por un momento; según el informe que le presentó Timofee a la mañana siguiente, en cuanto ella se levantó, su prometido se había ido a la cama sin moverse de allí. Mucho menos sorprendente fue descubrir, cuando todos se reunieron ante el hotel para la partida, que él estaba ausente.
Aparentemente, Lazar había sido designado para darle la noticia, pues le informó con suma incomodidad:
–Vasili ya ha partido.
–¿Ah, sí? ¿Cuándo?
–Hace diez minutos.
Con toda seguridad, Lazar debía de tener varias excusas preparadas para explicar esa alteración de la rutina, por si ella se molestaba en preguntar. No fue así. Lo que hizo fue mirar a Konrad, para ver si confirmaba el tiempo transcurrido desde la partida de Vasili. Ante su gesto afirmativo, ella se limitó a sonreír y montó a caballo para salir de la ciudad.
Decidió dar a Vasili veinte minutos, ni uno más. Si transcurrido ese tiempo él no había aparecido, volvería para buscarlo, pues no creía ni por un instante que estuviera en la ruta, adelantado al resto del grupo, tal como era su costumbre.
En ese mismo instante Vasili estaba llamando a la puerta de la pelirroja que tan bien lo había recibido durante su primera estancia en esa ciudad. Y seguía teniendo suerte, pues fue ella en persona quien abrió la puerta... sólo para cerrársela bruscamente en la cara.
–¡Vete!–La oyó gritar histéricamente, al otro lado de aquella maciza barrera, ahora cerrada con llave–. ¡Me gustan mis orejas tal como son!
Por un brevísimo instante él creyó haber oído mal. Pero luego cerró lentamente los puños, con la cara invadida por el ardor, y un grave gruñido retumbó en su pecho.
Alcanzó a Alexandra mucho antes de que transcurrieran los veinte minutos calculados. Al oír un galope tras ella, la muchacha hizo girar a Orgullo del Sultán para enfrentarlo. Faltó muy poco para que chocaran.
–Por allí–ordenó él, amenazante–. ¡Ahora mismo, o ya sabrá lo que es bueno!
Señalaba un árbol solitario, que estaba a unos cuatrocientos metros; sin volverse a ver si ella lo seguía, cabalgó directamente hacia allí. Al verlo tan furioso, Alexandra consideró la posibilidad de quedarse donde estaba, pero no, tenía demasiadas esperanzas de que ese fuera el final tan buscado. Sus amigos no eran tan optimistas. Ella tuvo que ordenarles que no se apartaran de las carretas.
Montada en Orgullo del Sultán, alcanzó a Vasili en un abrir y cerrar de ojos. Él ya había desmontado y se estaba paseando debajo del árbol. Sin darle tiempo a desmontar, la arrancó de su caballo y de inmediato la soltó para reanudar sus paseos.
Alexandra nunca lo había visto así; no imaginaba que un presumido como él fuera capaz de semejante furia. Pero no cabían dudas de que estaba furioso. Parecía más prudente poner alguna distancia entre ellos; lo que quisiera decirle podía esperar. En cuanto ella se movió, Vasili cubrió la distancia en un segundo y se irguió ante ella. Sus ojos parecían arder en un fuego interior.
–No voy a seguir tolerando esto–dijo, casi a gritos–. No quiero más amenazas de usted, Alexandra. Me acostaré con quien se me antoje y cuando se me antoje. Y si usted me ahuyenta a una sola más, me acostaré en cambio con usted.
Eso no era lo que ella deseaba escuchar, pero tampoco resultaba tan malo. Por lo tanto, se cruzó de brazos para replicar, con toda calma.
–No, nada de eso. Mientras usted me pertenezca va a serme fiel. No sé por qué me obliga a repetirlo tanto. Y no se acostará conmigo hasta después de la boda. Si quiere seguir con todas sus mujeres, Vasili, ya sabe lo que debe hacer.
–¿Acaso piensa usted que voy a obedecer?–Esta vez gritaba de verdad.
Ella sabía que su propia calma, ante tanta furia, era como un insulto, pero la mantuvo.
–Nadie lo obliga a obedecer, Petroff. Pero si no lo hace, tendrá que aceptar las consecuencias.
Eso lo impulsó a pasearse otra vez. Se lo veía fascinante: tan volátil, casi imprevisible. Alexandra debería haberse asustado, pero no fue así. Estaba un poco nerviosa, nada más... hasta que se le ocurrió una idea: que si estaban manteniendo esa discusión era porque Vasili había ido a reunirse con aquella mujer. Y se habría acostado con ella, a no ser por el pequeño mensaje que Alex le había hecho llegar. El cardiniano era culpable de intento. Lo que sintió entonces no tiene descripción posible.
De pronto él interpeló: –¿Cómo diablos supo usted lo de... lo de...?
–¿Lo de Claudia?–colaboró ella.
–Claudia, sí, o como se llame.
El hecho de que él ignorara hasta el nombre de la mujer debería haberla apaciguado, aunque no hizo sino aumentar su disgusto. Obviamente, aquel hombre tenía tantas mujeres que no podía llevar la cuenta. Ya lo suponía, pero fue horrible recibir la prueba.
Decidida a no dejarle ver lo alterada que estaba, se encogió de hombros antes de responder:
–Es asombrosa la cantidad de información que se consigue con unas pocas monedas puestas en los bolsillos adecuados.
–¿Y usted ha ido a visitarla? ¿Cuándo, si no salió de la posada?
Al parecer, tampoco los espías de Vasili habían podido dormir mucho la noche anterior.
–No me molesté en hacerlo personalmente–respondió ella, tratando de asumir un tono indiferente–. Envié mi mensaje con otra persona. Por lo visto, fue correctamente transmitido.
–Oh, no lo dudo–se mofó él–. Sus hombres son muy concienzudos.
–Eso se llama lealtad.
–¿Insinúa que yo no la conozco?
Ella le dedicó una sonrisita apretada.
–Lo ha dicho usted, no yo.
Eso también lo erizó, aunque se mostró meramente indignado:
–Sabrá usted que mi lealtad es irreprochable, pero está reservada sólo a unos pocos selectos.
Aun conociendo la respuesta, Alexandra quiso confirmación: –¿Entre los cuales no figuro?
–Lo ha dicho usted, no yo–le disparó él a su vez, con una sonrisa desagradable.
Ella no pudo seguir dominando la voz.
–¿Ni siquiera si nos casáramos?
–Confiemos que recobre el buen tino antes de que eso suceda–gruñó él.
–¡Esperemos que lo recobre usted, Petroff!
Una vez más estaban casi nariz contra nariz: ella, fulminándolo con la mirada; él, muy ceñudo. El pecho de la joven estaba agitado. Él lo notó, y esa vez no había olores desagradables que lo distrajeran.
La pasión es una emoción versátil, que cambia de rumbo con facilidad. De pronto Vasili se dijo que iba a morir si no la besaba. Y de pronto Alexandra no pudo apartar los ojos de aquella boca sensual.
En ese momento, como si ella  lo hubiera ordenado con la fuerza de su voluntad, sintió el sabor de él, ferozmente ardoroso, salvaje. Era mejor que sus recuerdos. Vasili la estrujó contra él, pero eso también era mejor que sus recuerdos.
Alexandra le hundió los dedos en los músculos del brazo, pero no para empujarlo. Una mano le buscó el trasero para levantarla, ciñéndola a su calor. Se estaba fundiendo, disolviendo, deseaba insensatamente algo que estaba apenas fuera de su alcance y de su entendimiento.
Vasili la arqueó hacía atrás casi hasta quebrarla, inclinándose sobre ella como si quisiera llevarla hasta el suelo sólo con la fuerza de sus labios. Su enorme deseo de hacerle el amor le hacía olvidar todas las reglas de seducción que había aplicado hasta entonces. Esa no era una seducción en la que él dominaba cada movimiento, cada matiz, para llegar al fin buscado. No tenía dominio alguno; estaba preso en las garras de la emoción pura, con los sentidos colmados por el sabor y el perfume de esa mujer, intoxicado por su contacto, que lo empujaba más allá de lo que él consideraba racional.
Y de pronto se encontraron en tierra, sin que ninguno de los dos supiera cómo. Vasili se veía impulsado hacia un asolo objetivo; Alexandra estaba consumida sólo por las sensaciones que clamaban dentro de ella: el mero placer originado en su contacto, el peso que ahora la cubría, la mano que le trepaba por el muslo, hasta...
Su gemido se perdió en la hondura del beso. La mano de Vasili cubría ahora ese ardor que la llevaba tan cerca del abismo... y él lo sabía y nunca había sentido tan profunda satisfacción al experimentar la respuesta dócil de una mujer.
Iba a poseerla allí mismo, en el suelo, y ella se lo habría permitido. Así lo comprendieron ambos, horrorizados, algunos segundos después, cuando Orgullo del Sultán les dio unos hocicazos, haciendo que se levantaran trabajosamente.
Alexandra estaba mortificada por lo que Vasili le había hecho sentir otra vez. En esta oportunidad, su reacción fue darle una fuerte bofetada. Debería haberlo pensado mejor, porque él, a su vez, reaccionó abofeteándola, aunque sólo con la fuerza suficiente para impresionarla.
–Bueno, eso no ha servido de nada–comentó ella, seca.
Vasili aún estaba temblando; no deseaba otra cosa que encerrarla otra vez entre sus brazos. ¿Cómo se atrevía a plantarse allí, tan indiferente ante lo que acababa de ocurrir entre ellos? En cuanto a la bofetada, había hecho mal en asestársela cuando él estaba tan... irreconocible.
–Gríteme todo lo que quiera, preciosa, pero la próxima vez que quiera agredir físicamente, tenga la seguridad de que no le pagaré con la misma moneda.
–¿Ah, no?
Él meneó lentamente la cabeza.
–No. Lo que haré será llevarla a los matorrales para hacerle el amor.
Ella debía de estar loca, porque no cambió de tema.
–¿Y por qué no lo ha hecho esta vez?
–Porque me gusta avisar de antemano... puesto que usted no podrá elegir.
–¿Lo haría aunque yo me resistiera?
La sonrisa de Vasili fue glacial.
–En efecto.
–Y sabe cómo se llama eso, ¿verdad?–apuntó ella, con mordaz desprecio.
–Puesto que se lo he advertido de antemano, yo diría que se llama invitación.
Sin duda era la frustración sexual la que lo impulsaba a esa amenaza. Y a ella no se le ocurrió ninguna manera de recobrar la ventaja. De cualquier modo, no había peligro de que volviera a abofetearlo. De algún modo lograría contenerse. Eran los besos los que debía impedir, esos besos que él le daba por pura frustración y que la hacían sucumbir tan completamente.
Tendría que ceder o arriesgarse a que esa frustración empeorara, llevándolo a pensar otra vez en sus derechos. ¡Por Dios, si hasta podía intentar seducirla, si llegaba a la desesperación! Y Alexandra recordaba aún esa sonrisa especial que le había visto dedicar a la moza de la taberna. Era mejor no averiguar si ella sería capaz de resistir ante una sonrisa como esa.
Pero detestaba ceder. Lo hizo de muy mala gana, espetándole:
–¡Vaya, pues! ¡Vuelva a esa última ciudad y busque una meretriz! Pase todo el día con ella, que los demás lo esperaremos en la próxima población.
Eso podía ser lo que Vasili deseaba, pero no pensaba ir a desfogarse con el permiso de la señorita.
–No, no lo creo–replicó, pensativo mientras bajaba deliberadamente los ojos hasta el busto de Alexandra–. Prefiero esperar a que usted me abofetee de nuevo.
Ella apretó los dientes, tratando de no ruborizarse, pero el color le subió a las mejillas. Si de algo tenía deseos era de abofetearlo. Nunca había conocido a nadie que lo mereciera tanto.
Lo que hizo fue provocarlo, arrojando la cautela a los vientos: –Sabia decisión, Petroff. No se beneficiará con ella, por supuesto, pero aún así es sabia... pues yo habría podido cambiar de idea en cuanto usted se alejara. Imagine qué bochorno, verme entrar cuando estuviera con su meretriz... probablemente en un momento crucial.
–¿Nunca le han dicho que es usted una verdadera bruja, preciosa?–preguntó Vasili, con voz engañosamente laxa. A sus ojos había vuelto el fulgor.
Ella inyectó en su tono una dulzura igualmente falsa.
–Hago lo que puedo.
Luego se volvió bruscamente hacia su caballo. Vasili alargó una mano para detenerla, aunque ella no lo vio. Lo que habría podido pasar no ocurrió, pues algo los distrajo a ambos.
Alexandra fue la primera en comprender por qué Orgullo del Sultán Los había hociqueado momentos antes: quería llamarle la atención, porque el potro de Vasili se le acercaba demasiado y le arrojaba mordiscos a los cuartos traseros. Y luego vio algo aún peor, aunque fuera de esperar.
Los hermanos Razin la habían seguido. Y al parecer, los guardias de Vasili fueron tras ellos para impedirles que intervinieran, pues todos ellos estaban a medio camino entre el camino y el árbol, revolcándose por el suelo, liados a golpes.
Vasili jurando por lo bajo, echó a Alexandra una mirada violenta.
–¡Mire lo que ha hecho!–bramó, acusador.
–¿Yo? ¿Pretendía que mis cosacos se estuvieran cruzados de brazos, viendo cómo usted me golpeaba?
–Yo no la he golpeado.
–¿Cómo llama usted a lo que ha hecho?–inquirió ella, mientras montaba.
–Ha sido una palmada en la mejilla para llamarle la atención–replicó él, montando también–. Si la hubiera golpeado estaría tendida de espaldas... lo cual no es mala idea, ahora que lo pienso.
Esa fue la gota que desbordó el vaso.
–Dé gracias a Dios por que Bojik no me ha seguido. De lo contrario, sus hombres tendrían que dedicar el resto de la mañana a sepultarlo, en vez de atenderse los chichones. ¡Y haga el favor de dominar ese maldito caballo!–Tuvo que gritarle, pues ya estaban en marcha para detener la pelea y ella se había adelantado con facilidad–. Si vuelve a morder al mío, dejaré que Orgullo del Sultán se cobre... y espero que, cuando lo haga, usted vaya montado.
–¿Alex?
–¿Qué?
–Cualquier acto violento suyo o instigado por usted será interpretado como bofetada.
Ella cerró la boca.

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