CAPÍTULO 3
Esa misma noche, más tarde, la madre de Vasili se reunió con él en su sala. Su expresión no era la que él había llegado a asociar con sus sermones. En realidad, se la veía tan complacida y feliz que el hijo se preguntó si estaría equivocado en cuanto al motivo de su llamada.
Por larga experiencia, sabía que por una buena noticia habría ido a visitarlo personalmente, y a él no se le habría pasado por la cabeza dejarla esperando en la puerta, como a su mensajero. Después de todo, la amaba y hacía lo posible por complacerla, dentro de lo razonable.
Sólo para las regañinas y los sermones exigía verlo en su propio territorio, que era ese: la casa en la que él había crecido. Poco importaba que hubiera abandonado el hogar de la familia unos doce años atrás: primero, para estar cerca de Stefan y acompañarlo en cualquier salida inesperada; más tarde, para ocupar su propia casa, después de hacer una gran gira por Europa. La madre estaba convencida de que esa mansión, especialmente la sala, acentuaba de algún modo su autoridad. Y desgraciadamente, así era.
Todavía era temprano; encontró a la condesa antes de que saliera hacia la fiesta de esa noche, cualquiera que fuese. Era exactamente lo que deseaba, para poder terminar pronto con el asunto y disfrutar del resto de la velada. Rezó pidiendo que el compromiso de su madre fuera importante; así, por no llegar tarde, abreviaría la conversación. Ni sus ropas ni las joyas que llevaba le proporcionaron pista alguna, pues ella nunca asistía a una reunión social sin ataviarse con gran estilo.
María Petroff era una mujer bonita, quizá más bonita en la madurez de lo que lo había sido en su juventud, pues nunca se la tuvo por una gran belleza. El mentón saliente y la nariz patricia, que no resultaban exactamente femeninos, la dotaban de un estrecho parecido con su hermano Sandor, el difunto rey; su constitución se había aproximado siempre a la robustez, que ahora pasaba por silueta matronil.
Siempre le causaba extrañeza, además de un encendido orgullo, haber tenido un hijo como Vasili. Claro que el muchacho se parecía a su padre. De los Barony sólo tenía los ojos, esos ojos de un castaño tan claro que una emoción fuerte los tornaba dorados.
En el joven rey Stefan, con su pelo negro azabache y su tez oscura, eran ojos demoníacos; en Vasili, por lo dorado de su pelo y su piel, resultaban simplemente bellos, complemento de la fina estructura ósea que lo hacía tan apuesto.
–Qué aspecto tan lamentable traes–fue lo primero que dijo la madre.
Puesto que él no se había molestado en volver a su casa para cambiarse, la camisa y la chaqueta estaban comprensiblemente arrugadas. También su pelo era un desastre, después de tantas manos como habían probado su suavidad. Pero el desaliño daba a Vasili un aire audaz, que a las mujeres les parecía increíblemente sensual.
De cualquier modo, ese comentario lo puso nervioso al instante, pues ella lo había dicho sonriendo. Decididamente, algo andaba muy mal. Entornando los ojos con suspicacia, inquirió:
–¿Con qué te estás refocilando, madre?
Ella se echó a reír.
–¡Qué palabra tan desagradable! Y eso es algo que nunca hago, por cierto.–Hubo otra sonrisa–.¿Por qué no preparas un par de copas?
Él le devolvió la sonrisa, decidido a seguirle la corriente.
–Excelente idea–dijo. Pero mientras se acercaba al aparador, donde siempre había una variedad de licores a mano para los visitantes, agregó por lo bajo–: Obviamente, me hará falta algo fuerte.
–Sírveme un poco de ese buen vodka ruso que compro sólo para ti–pidió ella, cuando él estaba a punto de llenar su propia copa con eso.
La petición le detuvo la mano y le arrugó la frente.
–¡Si el vodka no te gusta!–le recordó.
–Cierto–reconoció ella, encogiéndose de hombros–. Pero esta noche parece... adecuado.
Sonreía otra vez. Vasili le llevó una pequeña cantidad de ese potente licor, pero volvió en busca de la botella, para llevarla consigo al sillón, frente al sofá donde su madre se había instalado. Bebió dos copas enteras antes de sentirse lo bastante fortalecido como para sugerir:
–Bueno, madre, veamos: ¿qué es lo que te alegra de un modo tan repugnante?
–Esta misma semana tendrás que partir hacia Rusia.
–¿Es eso lo que tanto te complace?
Ella asintió; su sonrisa se había vuelto decididamente gozosa.
–Sin duda, porque irás por tu novia.
Vasili quedó petrificado; lo único que pudo responder a esa alarmante declaración fue:
–Yo no soy Stefan, madre. Él tuvo que ir por su prometida. Yo, gracias a Dios, no la tengo.
–Ahora, sí.
Se levantó de un salto para erguirse ante ella, viva imagen del macho erizado. No recordaba que su madre lo hubiera enfadado nunca hasta ese extremo. Él no aceptaba intromisiones en su vida. Ella lo sabía y siempre lo había respetado. Los sermones, la preocupación y la insistencia eran una cosa, aunque esto... ¿Cómo diablos se le ocurría que él iba a permitírselo?
–No sé que has hecho, madre, pero tendrás que deshacerlo. Y si eso te causa un bochorno, tendrás que soportarlo por tu cuenta. No quiero oír una palabra más sobre el asunto.
Lo increíble era que ella seguía sonriendo. No lo mantuvo en suspenso por mucho tiempo en cuanto al porqué.
–Puede que debas oír una o dos palabras más al respecto, queridísimo.
–Madre... –interpuso él, en tono de advertencia.
–Como no he hecho nada, no tengo nada que deshacer.
–Eso es absurdo. Está claro que tú...
–No, yo no. Si tienes una prometida esperándote, es puramente obra de tu padre.
Suministrada esa pieza del acertijo, Vasili empezó a relajarse. Su madre no solía permitirse las bromas pesadas, pero siempre hay una primera vez.
–¿Y cómo se supone que arregló este casamiento? ¿Desde la tumba?
Ella aspiró bruscamente.
–Eso es de mal gusto, Vasili.
–También tu broma–replicó él.
–¿Broma? ¿Cómo se te ocurre que yo pueda bromear sobre algo así?
–Pero hace catorce años que...
–Sé exactamente cuánto tiempo hace que murió tu padre.–El tono de María era cortante; seguía muy disgustada con él–. Pero según la carta que he recibido, tu pacto matrimonial se firmó hace quince años. Debió de ocurrir la última vez que tu padre estuvo en Rusia.
–¿Pretendes hacerme creer que él hizo algo así sin decírtelo... y sin decírmelo a mí?
–Ignoro por qué no lo mencionó nunca, pero es muy evidente que arregló ese matrimonio. Sólo puedo suponer que creía tener tiempo de sobra para informarnos. Después de todo, por entonces eras muy niño.
–No era un bebé de pecho. Tenía dieciséis años–le espetó él.
La madre continuó, como si nadie la hubiera interrumpido.
–Pero el pobre murió al año siguiente.
Vasili ya estaba echando chispas por los ojos. Aquello parecía demasiado grave como para limitarse al simple enojo.
–Es mentira–afirmó con énfasis–. Él no tenía ningún motivo para hacer semejante cosa.
María sonrió otra vez, dándole a entender que la respuesta no le gustaría.
–Existe uno. Tu prometida es hija del barón Rubliov, gran amigo de tu padre. No habrás olvidado lo mucho que Simeón hablaba del barón y la elevada opinión que tenía de él. Todos los años viajaba a Rusia para pasar varios meses con él.
Vasili lo recordaba, sí; también recordaba haberse resentido por el tiempo que su padre pasaba lejos del hogar. Más adelante, al visitar a Rusia y la corte imperial en la gran gira que hizo con sus amigos, descubrió por sí mismo lo que tanto atraía a su padre: Las mujeres rusas, al menos las aristócratas, eran increíblemente audaces en su promiscuidad. No esperaban siquiera a estar casadas para tomar amantes; al parecer, la virginidad no era allí tan apreciada como en el resto del mundo.
–Por mi parte, bien puedo imaginar a tu padre firmando el contrato de compromiso–prosiguió la condesa–. Al fin y al cabo, nadie en Cardinia le era tan querido como Constantin Rubliov. Le habría encantado unir ambas familias.
Esa palabra, ‘compromiso’, hizo que Vasili comenzara a ver todo rojo, además de provocarle pánico.
–¿Y Rubliov ha esperado quince años para hacérnoslo saber?
María se encogió de hombros.
–Por el tono de su carta, no creía decirnos nada que no supiéramos de antemano.
–Pero ¿por qué ha esperado quince años? ¿Estaba aguardando a que su hija creciera? ¿Acaso acaba de salir ella de la escuela?
–El barón no menciona su edad, pero no parece que sea tan joven, pues el padre dice que ella no tenía prisa en casarse y que por eso no había escrito hasta ahora. También dice que esperaba noticias tuyas y como no escribías...
–Déjame ver esa maldita carta.
La condesa no tuvo que salir del salón para ir a buscarla. Obviamente, esperaba esa exigencia, pues sacó la carta del un bolsillo de su falda. Vasili la abrió con brusquedad para estudiar la fina escritura francesa. Había concebido la esperanza de que estuviera escrita en ruso, idioma que su madre podía haber interpretado mal: aunque los dos lo hablaban con fluidez, no sabían leerlo ni escribirlo muy bien. Pero en la corte de Cardinia todo el mundo leía y escribía el francés; además, la carta no dejaba nada a la interpretación; pese a su diplomacia, exigía que Vasili cumpliera con el contrato que lo comprometía a casarse con una tal Alexandra Rubliov.
Arrugó la carta en la mano y la arrojó al otro lado del salón. La bola rebotó en un jarrón lleno de flores y rodó por el suelo. Él sintió el impulso de triturarla contra la alfombra con el tacón de la bota, pero optó por tomar la botella de vodka y llevársela a los labios, sin importarle que su madre considerara esa manera de beber el colmo de la grosería. Como para probarlo, ella chasqueó la lengua varias veces. Eso no impidió que su hijo tragara la mitad del vodka antes de dedicar una burlona reverencia a su gesto de reproche.
Con aire indiferente, como si no estuviera hirviendo por dentro, Vasili dijo:
–Responde a esa carta, madre. Puedes decirle que ya estoy casado. O que he muerto. Poco me importa lo que le digas, mientras le hagas entender que no puedo casarme con su hija.
Ella irguió la espalda. Sus labios se fruncieron para la batalla.
–Por supuesto que puedes.
–Pero no voy a hacerlo.
Antes de que él pudiera acercarse la botella a los labios, ella aseveró: –Vas a hacerlo.
–¡No!–Lo dijo en un grito, para sorpresa de ambos. Nunca levantaba la voz ante su madre, por muy irritado que estuviera. Pero en ese momento experimentaba una furia que le alborotaba las entrañas, y eso brotaba de la sensación de estar encerrado en una trampa.
Con más suavidad, aunque no con menos énfasis, añadió: –Cuando esté dispuesto a casarme lo haré, aunque será cuando yo decida y con quien yo elija.
Hubiera querido que ese fuera el fin de la discusión. Debería haberlo sido. Incluso fue hacia la puerta, llevándose la botella de vodka. No llegó muy lejos antes de que las palabras de su madre se le clavaran en la espalda, como astillas de vidrio, lacerantes y arrancando sangre.
–Ni siquiera tú, por descarado y bribón que seas, puedes deshonrar el nombre de tu padre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario