CAPÍTULO 16
Pasó toda una semana sin que hubiera nuevos incidentes, posiblemente porque Vasili y Alexandra hacían todo lo posible por no dirigirse la palabra. Ambos habrían preferido no verse siquiera, pero resultaba imposible, aunque Vasili se esforzara todos los días por adelantarse un buen trecho al grupo.
Dos veces acamparon a cielo abierto. Aunque Alexandra esperaba que el remilgado presumido armara un escándalo, no lo hubo. Si hubiera podido conocer los verdaderos sentimientos de Vasili, habría descubierto que ella estuvo muy cerca de provocar uno. Pero el conde había llegado a reconocer la primordial importancia que ella daba a sus caballos; la sabía empecinada en lo relativo a la seguridad de esos animales. Y, a decir verdad, a él tampoco le gustaba viajar en la oscuridad. De oponerse lo habría hecho sólo por llevarle la contraria, lo cual no era imposible, en su actual estado de ánimo.
No estaba satisfecho con lo que iba logrando. Lazar tenía razón, no podía dejar todo su destino en manos de su madre. Estaba convencido de que ella prohibiría ese casamiento en cuanto viera lo poco aristocrática que era Alexandra, pese a ese título de baronesa. Pero existía la leve posibilidad de que creyera poder corregir esos defectos. Y, aunque a Vasili le pareciera una empresa imposible, sabía que su madre no tomaría en cuenta su opinión.
Ignorar a Alexandra pareció, en un principio, la solución ideal a su dilema. De las mujeres que había tratado hasta entonces, ninguna habría tolerado semejante falta de atención sin vengarse con grandes escenas emocionales. Pero Alexandra no era como todas. Parecía alegrarse de que Vasili la evitara, lo cual era un verdadero fastidio para él. Quizá debiera haberla seducido primero e ignorarla después. Esa maldita mujer ¿no podía siquiera reaccionar como Dios manda? ¿Tenía que ser diferente en todo sentido?
Aun en las raras ocasiones en que intercambiaban algunas palabras, el desprecio que él desbordaba parecía no afectarla. Vasili comenzaba a sospechar que esa mofa la divertía. No había nada que él pudiera detectar: jamás veía la menor inclinación en sus labios, la más pequeña arruga en aquellos bonitos ojos azules. Antes bien, lo sospechoso era lo inexpresivo de su mirada.
En resumidas cuentas, en lo referido a su prometida se encontraba fuera de su elemento. Estaba demasiado habituado a tratar con las mujeres de una sola manera: con experimentado encanto y seducción, cosa que no podía aplicar a Alexandra, puesto que deseaba parecerle despreciable.
Besarla había sido un error, igual que amenazar con otro beso, aunque sólo fuera en un intento por disuadirla de esas ‘escenas públicas’. Y ese error tenía consecuencias graves, pues habría preferido no saber el perfecto ajuste de ese cuerpo con el propio, no haber descubierto su sabor a ambrosía, su pelo como seda hilada, su piel de terciopelo caliente, e ignorar la presión de esos magníficos pechos contra él.
También había sido una equivocación, aún más grave, no explorar a fondo esos pechos cuando tuvo la oportunidad, porque ahora soñaba con acariciarlos, lamerlos, morderlos. Soñaba con oírla gemir de placer bajo su peso. Y no tenía por qué soñar con ella.
–No sé si tratan de ahorrarte el bochorno de otra escena protagonizada por Alexandra–comentó Lazar, como al desgaire–y si la ayudan en la tarea de alejar a las muchachas de ti.
Esa noche, a petición de Vasili, ocupaban un reservado del comedor, pero un costado estaba abierto al salón principal, donde comía el resto del grupo. Vasili echó un vistazo para ver lo que causaba el comentario de Lazar. Los gemelos cosacos, Stenka y Timofee, rivalizaban por la auxiliar de cocina. Y la cocinera en persona, al otro lado del comedor, escuchaba los susurros de Konrad, el hermano mayor.
Aquella era una pequeña posada, donde no había camareras que atendieran las mesas, y las dos únicas mujeres empleadas estaban ya comprometidas. Lo mismo había ocurrido durante toda la semana. Las mujeres disponibles eran monopolizadas por los cosacos. Vasili, en sus lúgubres cavilaciones, no había prestado mucha atención.
–No sé qué hacen–gruñó–, pero puedes estar seguro de que no es en beneficio mío.
–¿Por qué no te adelantas mañana hasta la próxima ciudad, para librarte de eso?–Sugirió Lazar–. Si quieres, iré contigo.
–Excelente idea, pero si me aparto del grupo, no confío en que ella aparezca en la próxima ciudad.
No iba a permitir que acampara a cielo abierto sin su protección. Después de todo, era responsable de ella, por poco que le gustara. Vasili agregó, disgustado: –El otro peligro es que aparezca y arrase con la ciudad, hasta descubrir con quién me acosté para cortarle las orejas.
Lazar estalló en una carcajada. Vasili frunció el entrecejo, porque no le encontraba la gracia.
–En realidad–dijo su amigo–, me han dicho que es mucho más diestra con el látigo que con el cuchillo.
–¿Quién te lo ha dicho?
–Uno de sus mozos de cuadra. Cuentan algo sobre un joven teniente que maltrató a uno de sus caballos.
Vasili lanzó un gemido.
–Con que su propensión a la violencia es real.
–Sólo cuando defiende lo que le pertenece.–Lazar volvió a reír–. Y ella piensa que tú le perteneces, amigo mío.
Vasili recibió el comentario con el silencio que merecía, pero un rato después preguntó:
–Y tú, ¿has tenido mejor suerte, Lazar?
Como de costumbre, su compañero siguió sin dificultad el rumbo de sus pensamientos.
–Por mi vinculación contigo me han rechazado ya dos veces–admitió, puesto que aún estaban hablando de mujeres–. Pero no vayas a creer que me quejo. Es mucho más divertido ver cómo te arrancas los cabellos.
–Ya me había dado cuenta–replicó Vasili, seco–. Tu solidaridad de amigo es tan ofensiva que me alegra el corazón.
Lazar sonrió sin arrepentimiento.
–Por lo menos uno de nosotros comienza a disfrutar de este viaje.
Vasili aguardó un rato antes de preguntar.
–Y mi némesis, ¿se está divirtiendo?
–¿Por qué no miras tú mismo?
–Porque me revuelve el estómago verla comer–mintió Vasili.
La verdad era que ver a Alexandra lamerse los dedos, después de haber comido con las manos, le resultaba tan erótico que no podía verla sin excitarse.
–Si quieres saber la verdad, está concentrada en esos músicos que entraron hace un rato.
Vasili buscó a los músicos, instalados en un rincón. Sólo pudo aflojar el cuerpo al comprobar que los tres estaban entrados en años y no tenían nada que pudiera interesar a una joven, aparte del entretenimiento.
De pronto encorvó los hombros; lo que acababa de hacer le parecía increíble. ¿Qué diablos le importaba si alguien atraía a Alexandra?
Para demostrar que no le importaba, se volvió hacia Lazar, proponiendo:
–¿Por qué no la seduces?
–¿Por qué, qué?
–¡Baja la voz, caramba!–Se quejó Vasili–. Hablo en serio.
–No es cierto–aseguró Lazar, enfático.
–¿Cómo que no, si eso me daría fundamentos legítimos para devolverla a su padre? No sé cómo no se me ocurrió antes.
–Aquí no se trata de una de esas mujeres para una sola noche, que no te molesta compartir. Estamos hablando de tu prometida, Vasili, de la mujer que tu padre eligió y que tu madre aprueba, por lo menos mientras no la conozca. Estamos hablando de tu futura esposa.
–Detalle que estoy tratando de cambiar con la pequeña colaboración de un amigo.
–¡Qué sucio! Ahora vas a decirme que harías lo mismo por mí.
–Bien sabes que sí.
Y Lazar lo sabía. También sabía que Vasili no tenía un pelo de celoso, al menos en lo concerniente a las mujeres. No era eso lo que le molestaba, sino el hecho de que Alexandra no fuera como cualquier otra mujer, aunque su amigo estuviera decidido a no hacer distinciones.
–No serviría de nada, si ella puede escogerte a ti. Ni siquiera me mira. Y cuando me mira, no me ve. Es la primera vez que una mujer me ignora tan completamente.
–Al menos podrías intentarlo.
Lazar hizo una mueca dolorida, pero asintió.
–¿Y cuándo esperas que realice ese milagro? ¿Esta noche?
La pregunta pareció sobresaltar a Vasili, que arrugó el entrecejo.
–No, no debes echar a perder tus posibilidades actuando con precipitación. Antes tómate algún tiempo para estudiar la estrategia. Consúltalo con la almohada.
Puesto que Lazar no tenía ninguna prisa por recibir el rechazo, respondió:
–Con mucho gusto.
Los músicos estaban tocando una animada canción tradicional. Tres de los comensales abandonaron la mesa para iniciar una de esas danzas rusas, que la costumbre reservaba a los hombres.
Los gemelos cosacos los miraban con desdén. Alexandra debía de estar provocándolos, porque de pronto se levantaron para unirse al baile. Vasili se vio obligado a admitir que eran mucho más exuberantes, además de expertos. Él también conocía esa danza, aunque llevaba años sin intentarla. Requería muslos fuertes, un excelente equilibrio al proyectar los pies y... No, era imposible. Alexandra no se atrevería a... Pero sí, se atrevió. Allí estaba, bailando con los hombres, sin que a ellos pareciera molestarles. Varios de su empleados se unieron al espectáculo. Los gritos comenzaban a ser ensordecedores.
Lazar, junto a él, dijo: –¡Qué me aspen! ¡Esa mujer nunca deja de dar sorpresas!
Vasili no escuchó. Estaba absorto en aquellos pantalones abolsados, que se tensaban cada vez que ella se agachaba y adelantaba el pie, y el rebotar de sus pechos con cada salto, y su rostro, refulgente de entusiasmo. Tenía que acercarse más. Para eso no era necesario bailar, pero lo hizo.
Ya avanzada la noche, en la cama que ambos compartían por escasez de habitaciones (problema que encontraban con frecuencia, por lo numeroso del grupo), Lazar seguí riendo para sus adentros por la inesperada participación de Vasili en el baile. Lo había hecho muy buen; la misma Alexandra no pudo dejar de impresionarse. Era, probablemente, la primera vez que ambos actuaban de común acuerdo y sin cambiar una palabra. Lástima que, al terminar, los dos parecieran azorados.
Vasili tampoco dormía, pero no estaba pensando precisamente en la danza. De pronto carraspeó para decir: –Olvídate de lo que mencioné.
Una vez más, Lazar supo exactamente a qué se refería su amigo: en este caso, a la seducción de su prometida.
–Ya está olvidado–le aseguró, con gran alivio.
Vasili no dejó el tema así.
–No me digas que realmente pensabas hacerlo.
–Sólo te seguí la corriente.
–Bien.
Lazar se las arregló para no soltar la carcajada, pero no fue nada fácil, desde luego.
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