Tu me perteneces Capitulo 19

CAPÍTULO 19


–Y lo peor–confesó Vasili a Lazar, mientras ambos cabalgaban a la cabeza del grupo–es que no tenía ningún deseo de acostarme con ella. Sólo quería demostrar que podía hacerlo, para mí mismo y para mi pequeña salvaje.
Lazar asintió con la cabeza, sin asombrarse en absoluto. Claro que comprendía a Vasili como nadie, pues conocía todas sus rarezas y debilidades, todos sus defectos y sus virtudes.
Vasili había conocido a Claudia Shevchenko poco después de cruzar los Cárpatos, cuando aún ardía de resentimiento por verse obligado a hacer ese viaje. Si permaneció toda una semana junto a la mujer, no fue porque no pudiera resistir su encanto, sino para demostrar que el compromiso no iba a cambiar su permisivo estilo de vida.
Como la mayoría de los hombres, Vasili gustaba de dos tipos de mujeres: las que en verdad le atraían y las que estaban disponibles, simplemente. De las últimas tenía en abundancia, gracias a su hermosura. En su mayoría, eran mujeres que se le ofrecían sin necesidad de invitación. Y Vasili las aceptaba a casi todas porque, después de todo, estaba habituado a permitirse muchos placeres.
La condesa Shevchenko figuraba en ese último grupo. Era bastante bonita, pero decididamente flaca, mientras que Vasili prefería la silueta más plena y voluptuosa, como la de Alexandra.
–Bueno, toda esa locura sirvió para algo útil–sugirió Lazar–: ahora estás seguro de que la baronesa sabe usar el látigo.
Por ese recordatorio recibió una mirada fulminante. Cualquier otra reacción lo habría desencantado. Habían pasado cinco días desde ese inolvidable incidente, y él no dejaba de mencionarlo, por lo menos una vez al día, sólo para irritar a Vasili.
Uno de los cosacos de Alexandra se había roto un dedo de la mano en ‘la pelea’, como la denominaban todos desde entonces. ¡Cristo, qué hilarante había sido aquello! No el dedo roto, sino el combate en sí, y Lazar se había sentado a disfrutar del espectáculo. La intervención de Alexandra, al descubrir la lesión del cosaco, no hizo sino mejorarlo.
Había corrido hacia el hombre de Cardinia blandiendo el látigo y Vasili fue el único bastante audaz (o enfadado) como para acercársele para arrancarle aquella maldita arma de las manos. Desde entonces la mujer arrojaba miradas asesinas, tanto a Vasili como a su guardia.
Después de esa demostración quedó en claro que Alexandra amaba a los Razin como si fueran de su familia, los trataba como a hermanos, como a hermanos los defendía y como a hermanos los insultaba. Lazar no lograbas comprender cómo había podido Vasili imaginar que eran sus amantes. Claro que su amigo no parecía el mismo desde que conociera a aquella ‘pequeña salvaje’.
¿Se habría dado cuenta de que su voz comenzaba a adquirir un tono posesivo cuando mencionaba a Alexandra? ¿O la frecuencia con que miraba por encima del hombro, durante la jornada, sólo para verla? También había dejado de cabalgar a solas. Cuando llegaron a las montañas abandonó por completo esa costumbre, pero con justificación, pues se sabía que los Cárpatos no eran un territorio acogedor para los viajeros, sobre todo para quienes llevaran algo de valor. Una vez habían podido cruzar esas montañas sin ningún incidente; pretender hacerlo dos veces era demasiado pedir, sobre todo con dos carretas desbordantes y toda una tropilla de preciosos purasangres.
Comenzaron a tomar precauciones y a apostar mayor número de guardias por la noche. Pero eso era todo lo que podían hacer, a menos que contrataran a más hombreas en una aldea montañesa, a lo que Vasili se negaba, pues existía luna posibilidad sobre dos de contratar a los mismos ladrones.
Algunas cosas habían cambiado, sí, pero aun sumado el peligro de cruzar las montañas, Vasili no abandonaba su campaña personal. Si acaso, parecía aumentar sus esfuerzos para insultar y ridiculizar a Alexandra, provocando su mal genio a cada oportunidad. Probablemente esto se debía a que sólo quedaba una semana de viaje, si el clima ayudaba, pero ¿quién habría pensado que llegarían hasta allí?
En realidad, Lazar se divertía mucho con todo eso, aunque probablemente fuera el único en disfrutarlo. Durante un tiempo se aburrió, mientras Vasili y Alexandra hacían lo posible por evitarse. Pero ahora se enredaban por lo menos una vez al día, y ninguno de los dos decía las palabras mágicas que pondrían fin al compromiso. Sus respectivas actitudes daban un nuevo significado a la palabra ‘tozudez’.
El frío era glacial, pese a las periódicas apariciones del sol, pero aún no habían tenido tormentas de nieve; Vasili estaba esperanzado en que, ante la primera, Alexandra volvería corriendo a su casa. Y ese era otro motivo para su desesperación, si bien Cardinia tenía sus inviernos rigurosos, como todos los países de la zona, en esa época del año Vasili no solía alejarse mucho de las chimeneas bien encendidas. Si alguien iba a sufrir con el frío extremado de las nevadas, antes que Alexandra sería él mismo.
Para ser justos, era preciso reconocer que, tanto él como Lazar, habían supuesto que la prometida era una damisela de sensibilidad normal. No tenían modo de saber que era una hija de la naturaleza, más habituada al aire libre que a los interiores, al parecer en cualquier estación del año. En caso de ventiscas, se quejaría tan poco como por verse obligada a pasar tanto tiempo en la silla de montar.

Cuando por fin llegaron al paso de la montaña, para iniciar el descenso, apenas empezaba la tarde, y el sol había brillado durante casi toda la subida. Puesto que ya habían dejado atrás la mitad del peligro, cuando menos, todos empezaron a relajarse, pese a las lúgubres nubes que el viento acercó a la cara occidental de la montaña.
Menos de una hora después llegó la nieve, poniendo fin a la racha de buena suerte. A los treinta minutos nevaba de tal modo que ya no podían ver el sendero hacia adelante. No les quedó más remedio que acampar.
Mientras se armaban las tiendas, Alex se esforzaba frenéticamente por construir algo que parara el viento y sirviera de abrigo a los caballos, su principal motivo de preocupación. Para eso utilizó las carretas, todo lo que contenían y la mitad, por lo menos, de las mantas que llevaban para una emergencia. Mientras tanto no dejaba de maldecir a Vasili por lo bajo, culpándolo por haber malgastado una semana con la condesa Shevchenko, gracias a lo cual ahora se encontraban aislados en la cumbre de una montaña, lejos de cualquier refugio decente.
Sin embargo, quedó estupefacta (y hasta creyó estar cegada por la nieve) cuando vio que Vasili le estaba prestando su ayuda, en vez de ocuparse de su propia comodidad. Siguió maldiciéndolo, por supuesto, pero ya no encontró es eso el placer de siempre, sino algo sospechosamente parecido a los remordimientos.
Conque aquel hombre era capaz de algún acto generoso. Eso no restaba mucho de sus malas cualidades, pero la estaba ayudando a proteger sus caballos, sus bebés. Al menos, tendría que darle las gracias... cuando tuviera tiempo.
La tormenta continuó desatando su furia durante toda la tarde. Alexandra seguía preocupada por sus caballos. Estaban tan habituados al frío como ella, aunque, por lo general, después de haberlo soportado, tenían un establo caldeado al que volver. Esta situación era diferente. En su necesidad de reconfortarlos y tranquilizarse, no podía pasar más de una hora en su tienda sin ir a verlos.
Ya lo había hecho dos veces. A la tercera vio que alguien se le había adelantado y lo oyó decir: –Oh, Dios mío.
Sólo entonces notó que era Vasili, envuelto en un largo manto de pieles. Pensó que estaría rezongando por el mal tiempo, pero al llegar a su lado vio que el refugio, levantado con tanto esfuerzo, estaba medio vacío.
–¿Qué ha hecho usted?–susurró, espantada, culpándolo automáticamente.
–Ojalá pudiera atribuirme esto, pero no he sido yo.–Su tono de sorna también fue automático, pero ante la expresión horrorizada de Alexandra quisiera haberlo retirado–. Maldita sea... me temía que ocurriera esto. No se puede pasar con caballos tan valiosos por esta zona, infestada de bandidos, sin perder algunos.
–¿Algunos? ¡Si han desaparecido todos los blancos!–Exclamó ella. Y luego–: Oh, Dios, es culpa mía. Retiré a los guardias. No pensé que pudiera haber peligro en medio de una tormenta.
–¿Por qué no, si esta nevada les ofrece un perfecto encubrimiento y los montañeses están habituados a ellas?
Bien habría podido decir que nunca había oído semejante estupidez. Ella captó el mensaje. Y estaba de acuerdo. No había pensado en los bandidos, sino sólo en la tormenta, y prefirió que los hombres no montaran guardia durante la peor parte.
No había excusa, de modo que no se molestó en dar explicaciones. De cualquier modo, ya había apartado a Vasili de su mente. Pasando bajo la cuerda puesta para retener a los animales, fue hacia la parte trasera del improvisado corral.. Allí la soga estaba cortada.
Los caballos restantes no se habían molestado en salir, pues preferían no apartarse del poco abrigo de que disponían. Y habiendo tantos allí, incluido el potro ruano, el objetivo del robo habían sido sus raros animales blancos.
El rastro era ancho, pero apenas discernible, pues se estaba llenando rápidamente de nieve ante sus propios ojos. En cuestión de minutos habría desaparecido. No había tiempo para llamar a los hombres. De cualquier modo, el aullido del viento no dejaría oír sus gritos. Era preciso seguir el rastro para descubrir adónde se habían llevado a los caballos. Luego volvería para...
–¿A dónde va, mujer?
Ella estaba a punto de montar en uno de los animales (se les había dejado la silla puesta, para que les sirviera de abrigo), pero Vasili la bajó bruscamente a tierra para que respondiera a su estúpida pregunta.
–No tengo tiempo, Petroff.
–Yo recuperaré los caballos.
–¿Cómo?
–Comprándolos otra vez. Mi primo y yo hemos tenido otros enfrentamientos con estos bandidos montañeses... o con otros parecidos, Siempre están dispuestos a hacer negocios.
–No sea ridículo–replicó ella–. No quiero quedar en deuda con usted. Seré yo quien los recupere. Y no costará más que unas pocas vidas, las de ellos.
–Bien puede ser que se trate de toda una aldea de bandidos, Alex, no de unos pocos.
–Voy a recuperar mis caballos, que están bajo mi responsabilidad. Y mientras discutimos, el rastro desaparece. Si quiere ayudar, reúna a los otros y sígame. Pero yo me voy ahora.
Tuvo que empujarlo un poco para que la soltara. La enfureció comprobar que su empellón sólo dio resultado porque él perdió el equilibrio en la nieve pisoteada. Su autoritarismo era intolerable, pero no tenía tiempo para decírselo.
Vasili no llegó a caer, pero cuando acabó de recobrar el equilibrio Alexandra ya desaparecía en la blancura arremolinada más allá. Llamó a gritos a los otros, pero sólo durante el tiempo que tardó en montar a su potro para correr tras ella.
Parecía difícil que alguien lo hubiera oído. Tampoco importaba. Cuando alcanzara a esa loca le retorcería el cuello. Y para eso no necesitaba la ayuda de nadie.

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