CAPÍTULO 13
La comida estaba servida, pero Vasili no la probaba. Lazar, que compartía su mesa, no tuvo ninguna dificultad en hacer honores a aquellos platos sencillos, pero sustanciosos. Vasili, en cambio, estaba haciendo los honores a la botella de vodka.
Se había pasado el día furioso por no haber podido conseguir que Alexandra dejara esas malditas carretas, pero lo que sentía ahora era mucho más explosivo. Su furia había aumentado al llegar la comida, pues la muchacha se la sirvió casi sin mirarlo y huyó deprisa, aterrorizada por la posibilidad de llamarle la atención. La otra criada (aún no recordaba su nombre) había desaparecido por completo, y él ya no esperaba verla. Su miedo era evidente. En ese momento, a Vasili le habría gustado ver la misma expresión en la cara de su prometida.
Lo que había presenciado, junto con todos los concurrentes, era realmente increíble. ¡Qué bárbara conducta, qué crueldad! Esa mujer ¿no podía presentarle sus quejas a él? ¿No podía hacer sus amenazas en privado, como cualquier persona civilizada? No, tenía que demostrar ante todo el mundo lo salvaje que era. Y su padre la había elegido para él.
Vasili y Lazar eran amigos desde hacía tanto tiempo que el último le adivinó los pensamientos sin necesidad de preguntar. Pero no pudo mostrarse solidario; en realidad, aquello lo divertía. Gracias a su increíble hermosura, Vasili nunca había tenido dificultades con las mujeres, al menos dificultades de ese tipo. Le sentaría muy bien soportar del bello sexo lo mismo que debían soportar los otros hombres.
–Será mejor que te olvides de eso–le dijo, con tono neutro.
Los ojos dorados, que estaban echando llamas, se alzaron al encuentro de los azules de su amigo.
–¿Olvidar que pasaré otra noche en una cama desierta, cuando tanto deseaba compartirla con esa muchacha tan bien dispuesta? ¿U olvidar que mi prometida es un escándalo viviente?
Lazar estuvo a punto de ahogarse en el intento de dominar la carcajada que le provocaba ese último comentario.
–De ambas cosas–logró sugerir–. Durante todo el viaje hasta aquí tuviste la cama llena a reventar. No vas a morirte por practicar un poco de abstinencia en el trayecto de regreso.
Vasili no estaba tan seguro, considerando lo que sentía desde la noche anterior, pero respondió.
–No, desde luego, pero pasas por alto el hecho de que mi flirteo era más para consumo de Alexandra que para mí. Lo que buscaba era enfurecerla al punto de que rompiera el compromiso, no darle la oportunidad de exhibir esa inesperada propensión a la violencia.
–O a las amenazas vacías.
–Ojalá pudiera creer eso, Lazar. Es lo que pensé cuando ella me advirtió lo que haría si yo trataba de entretenerme con otra mujer. Pero ha hecho exactamente lo que anunció: provocar una bochornosa escena pública. ¿Te imaginas si hiciera algo así en la corte de Stefan?
Lazar sonrió.
–A Stefan podría resultarle divertido. A Tanya, sin duda sí.
–Y mi madre sufriría un colapso. Tengo que deshacerme de esa pequeña salvaje antes de que lleguemos a Cardinia. Pero ¿cómo voy a hacerlo, dime, si ella me ha quitado efectivamente uno de los mejores métodos para lograrlo?
–Tienes otros métodos–le recordó Lazar–. Que no puedes poner en práctica, desde luego, si te sientas en el otro extremo del salón.
–Si estuviera junto a ella ya la habría acogotado–replicó Vasili–. No me faltan ganas.
No estaba exagerando. Experimentaba tal impulso de retorcer aquel bonito cuello que no quería siquiera mirarla. Pero en ese momento la miró. Entonces quedó estupefacto, al punto de olvidar su enfado.
Alexandra tenía una pata de pollo en una mano y la agitaba mientras conversaba con sus compañeros. En la otra mano sostenía una hoja de col hervida, bastante grande, que se metió entera en la boca, empujándola con los dedos. Y bebía el vino directamente de la botella. En cuanto al pan, lo pasaba directamente por la mantequilla en vez de untarlo con el cuchillo. En los cinco minutos que Vasili pasó observándola, completamente asombrado, ni una sola vez la vio tomar uno de los cubiertos que permanecían junto al plato, intactos.
En ese momento se le ocurrió, con regocijante alivio, que la solución a su dilema estaba en la misma Alexandra. Eso no se le habría ocurrido si no acabara de mencionar el soponcio que sufriría su madre, si tuviera que presenciar una escena como la anterior. Pero aquello, esto otro, sabía el cielo qué más, bastarían para asquear a su madre hasta tal punto que la boda sería imposible. Ella la prohibiría sin rodeos.
–Por Dios, Lazar, tal vez baste con que la lleve a casa, a cenar con mi madre. Mírala. Come como un verdadero cerdo.
–Ya lo había notado, pero preferí no mencionarlo–replicó Lazar, en tono humorístico–. Veo que no te horroriza demasiado.
–¿Estás bromeando? ¡Me encanta! No tendré que romper el compromiso y ella tampoco. Si mi madre pasas un solo día con esta mujer, y yo me encargaré de eso, me prohibirá casarme con ella. Y no habrá más que decir.
–¿Puedes confiar en eso? Recuerda que el mayor deseo de María es verte casado.
Vasili frunció el entrecejo ante ese deprimente recordatorio.
–Tienes razón. Procederé como estaba planeado, pero me alegra decir que ha desaparecido la urgencia. Ya no dudo de que esto se arreglará solo.
–¿Tenías alguna duda?
–Estaba casi aterrorizado, a decir verdad–confesó Vasili, exagerando un poco.
Lazar resopló.
–No sé por qué. Si es preciso que tomes esposa, al menos esta es agradable a la vista y está llena de sorpresas, cosa que no viene mal. En cuanto a los buenos modales, podrías enseñárselos. Y desborda salud hasta tal punto que podría proporcionarte unos cuantos herederos.
–Supongo que, si yo estuviera buscando esposa, todo lo que has dicho tendría validez. Pero olvidas un par de hechos importantes: la actitud de Alexandra me irrita, no le tengo ningún afecto y sé de diez o doce mujeres más adecuadas que ella... y que no me rechazarían.
Lazar no pudo contener una risa sofocada.
–Eso todavía te duele, ¿no?
–No seas absurdo–replicó Vasili–. Su renuencia me tomó por sorpresa, nada más. En realidad, es una suerte. No me gustaba hacerla sufrir hasta que se enfureciera al punto de romper el compromiso.
Lazar asintió, como si en verdad lo creyera.
–Ahora te ganarás su eterna gratitud al mostrarte completamente inaceptable, brindándole la excusa necesaria para romperlo. No me sorprendería que volviera a su casa riendo a todo pulmón.
Ese comentario hizo que Vasili se pusiera ceñudo. El mismo no se dio cuenta y dijo:
–Soy yo el que está muy agradecido por descubrirla tan provinciana. El padre dijo que era inigualable, pero no especificó en qué sentido. Esos tres cosacos, ¿serán sus amantes?
La pregunta era tan inesperada que Lazar se atragantó con la comida. Tosió y carraspeó durante un minuto entero antes de poder clavar en su amigo una mirada fulminante.
–A ti te parece normal complacer a tres mujeres al mismo tiempo–dijo con rencor–, pero eso no significa que tu prometida piense lo mismo.
Vasili no había querido decir eso, y la interpretación de Lazar le pareció divertida.
–Oh, no sé. Cierta vez, la condesa Eva se midió con cuatro. Al menos, eso dicen.
Lazar parpadeó.
–¿Cuatro? ¿Cómo?
–Vaya uno a saber. Pero no era eso lo que quería decir. Hace falta cierto grado de sofisticación para pensar en ese tipo de entretenimientos, sofisticación de la que ella carece a todas luces. Me preguntaba si serían amantes individualmente, por separado... ¿Cómo explicarlo? Uno a la vez.
Lazar volvía a echar chispas.
–Guarda el sarcasmo para la damisela, ¿quieres? Si lo usas conmigo terminarás con la nariz aplastada.
Vasili tenía por costumbre provocar a sus amigos sin medir las consecuencias, de modo que ignoró la amenaza de Lazar, como siempre. Tampoco le interesaba seguir acicateando a su compañero, como lo hubiera hecho en otro momento, pues lo apasionaba el tema que acababa de introducir.
–Volvamos a mi pregunta–propuso–. Esos tres cosacos son más feos que el demonio, pero ya sabemos que, en caso de necesidad, el aspecto personal carece de toda importancia. Y eso sería un motivo más para que ella no quiera casarse, si tuviera sementales propios a sus órdenes.
–¿Me permites señalar que ‘si’ indica suposición?
–Te lo permito, pero no lo creo... y tú tampoco.
Lazar se encogió de hombros. Después de haber recorrido San Petersburgo se inclinaba a aceptar la idea. En realidad, aquellos tres gigantes no le parecían tan feos, pero eso no venía al caso.
–¿Y qué importa que ella se acueste con uno o con todos ellos?
–Nada en absoluto. Pero si continúa dejándome sin diversiones (y no dudo que esa es su intención) ¡por mi fe que yo tampoco voy a permitir las suyas durante este viaje!
–Supongo que es lo justo.–Lazar volvió a sonreír, recuperado el buen humor–. ¿Vas a amenazarlos como ella a la criada?
–Si es preciso–gruñó Vasili.
Como sabía que su amigo no hacía sino provocarlo, gruñó de nuevo y no dijo más.
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