Tu me perteneces Capitulo 14

CAPÍTULO 14


No era fácil abandonar veinticinco años de educación refinada. A veces una podía permitirse un poco de mugre, si el trabajo era sucio. Otras veces era preciso mantenerse impecablemente limpia. Alexandra conocía muy bien las diferencias, pero combinarlas requería de su parte una concentración constante. En ese aspecto, sus amigos no la estaban ayudando.
Timofee parecía a punto de estallar en carcajadas en cualquier momento. Stenka la provocaba imitando sus actos. Konrad no podía evitar los gestos de reprobación, pero afortunadamente no estaba a la vista de Vasili.
De algún modo, Alexandra se las arregló muy bien; sólo una vez cometió el error de tomar la servilleta, al terminar aquella grosera comida, pero se contuvo a tiempo. Lo que hizo fue lamerse los dedos, para luego limpiarse las manos pegajosas en la ropa, aunque interiormente estaba horrorizada. Pero fue un toque adecuado. Y hasta era posible que al día siguiente se pusiera la misma ropa, quizá varias veces más.
En realidad, no era mala idea en absoluto. Al terminar la semana estaría pestilente. Si el atildadísimo conde de Cardinia quería hablar con ella, tendría que acercarse por el lado del viento. Quizá lo convenciera de que los baños le parecían insalubres, por lo que sólo se daba uno al mes.
Si de convencer se trataba, estaba segura de haber hecho un trabajo estupendo con esa comida. Sin necesidad de volverse a mirar, percibió de inmediato el momento en que Vasili comenzó a observarla. Había sido una sensación perturbadora sentir esos ojos dorados sobre ella. Pero tenía que disgustarlo, darle asco. Ella, sin duda, se habría asqueado ante un espectáculo semejante.
Quizás exageró un poco cuando, al abandonar el salón con sus amigos, pasó junto a la mesa de Vasili ignorándolo deliberadamente. La cortesía común exigía cuando menos un breve saludo, que ella le había negado durante toda la tarde. Al fin y al cabo, estaban comprometidos. Pero, por el momento, la cortesía figuraba en la lista de cosas que se había prohibido. Y, para que su plan resultara, sería preciso mantener una escrupulosa coherencia.
Sin embargo, al verlo aparecer ante su puerta, un rato después, se preguntó si esa última grosería no lo habría provocado. No esperaba esa repentina visita, ciertamente. Ya estaba preparada para acostarse, y vestía uno de sus sencillos camisones de algodón blanco. Nina le había cepillado la cabellera, aunque seguía rezongando por lo bajo por el baño preparado que Alexandra se negaba a aprovechar. En ese momento estaba sacudiendo el polvo de sus ropas y rezongando un poco más, pues había recibido órdenes de dejar las manchas de grasa tal como estaban. Ni siquiera oyó llamar a la puerta; de cualquier modo, Alexandra no esperaba que ella atendiera.
Abrió personalmente, después de ponerse, por la fuerza del hábito, la bata de terciopelo azul oscuro que tenía preparada. Pudorosa por naturaleza, al ver a su visitante agradeció habérsela puesto. Hasta la ciñó un poco más contra el cuello, sosteniéndola allí con ambas manos, como defendiéndose por reflejo contra la potente virilidad que exudaba su prometido.
Al principio él no dijo nada. Se limitaba a recorrerla lentamente con los ojos (que parecían más claros de lo que ella recordaba), para posarlos finalmente en la cabellera, que flotaba sobre sus hombros en ondas refulgentes. Esos pocos instantes de silencio la pusieron nerviosa. La inquietó aún más notar que a él le costaba apartar la vista de ella para inspeccionar la habitación. Al ver a Nina, dijo: –Tu ama y yo necesitamos algunos minutos de intimidad.
Nina respondió a ese tono autoritario con un rápido gesto de asentimiento y se encaminó de inmediato hacia la puerta. Alexandra se erizó ante la presunción de su prometido y la deserción de su amiga. Lo último que deseaba era quedar a solas con él, sobre todo tras las sombrías predicciones de los Razin. Por eso su voz sonó algo áspera al decir: –No tienes por qué retirarte, Nina.
Nadie le prestó la menor atención. Vasili entró en el cuarto, esperó a que la joven saliera y cerró tras ella. Alexandra estuvo a punto de gritar a su amiga que no se alejara mucho, pero le pareció demasiado cobarde. Además, a cualquier preocupación se impuso el mero fastidio, que era inconfundible en su tono de voz:
–¿No podía esperar a mañana, Petroff?
Los ojos de conde volvieron a ella. ¿Podía ser que estuvieran aún más rutilantes? Imposible.
–No, no puedo esperar, si tengo intenciones de dormir siquiera un poco–respondió él, dando el paso que acortaría la distancia entre ellos, obligándola a levantar la cabeza para seguir mirándolo a los ojos–. Y usted quiere que yo duerma un poco, ¿verdad, Alexandra?
Su voz sonaba demasiado ominosa.
–¿Acaso supone que me importa si usted duerme o no?
–Debería importarle.–El tono de voz se tornó aún más suave–. Verá usted: he descubierto que, en ese sentido, soy bastante perverso y egoísta. Si mis necesidades quedan insatisfechas, ¿por qué permitir que usted satisfaga las suyas?
Alexandra no pudo dejar de preguntar, aunque detestaba hacerlo: –¿Estamos hablando de dormir?
–¿Qué le parece?–Vasili  alargó la mano hacia uno de los mechones de pelo que descansaban sobre ese hombro y la frotó entre los dedos, pensando para sus adentros: ‘¡A eso se parecía!’ Rayos de luna hilados, era la imagen que tenía en la mente.
No estaba seguro de lo que estaba haciendo. Era por enfado por lo que había llegado hasta allí, pero ahora ese enfado se dirigía más hacia sí mismo. Y tampoco era la única emoción a la que debía enfrentarse. ¡Esa condenada cena! No la olvidaría jamás, y su propio paso de la furia a la satisfacción, para acabar nuevamente furioso, no contra ella, sino contra sí mismo.
Había hecho mal en continuar observando a Alexandra y los horribles modales con que comía. Debería haberse llevado a la cama su satisfacción y su alivio, además de la criada, aunque ya no le resultaba atractiva. Pero no supo abandonar el salón a tiempo. Y así presenció la actitud muy sensual con que Alexandra se lamía los dedos, con lo que sus sentidos cobraron inmediatamente una vida vibrante.
Si en ese momento había gruñido, ahora volvió a hacerlo, pero para sus adentros, porque aún no dominaba su deseo. Era intolerable desearla otra vez, si lo despreciaba todo de ella: sus modales, su moral, su evidentes tendencias a la crueldad.
Recordando esas tendencias crueles y la bochornosa escena padecida, comentó con poca amabilidad:
–¡Qué pequeña salvaje ha resultado ser, preciosa!
Alexandra debería haberse sentido complacida y hasta regocijarse por ese desprecio. No tenía ningún motivo para ruborizarse como lo estaba haciendo. Y la cosa empeoró al agregar Vasili, con deliberada sorna: –¿Suele poner esa misma pasión en el lecho?
Ella replicó, muy tiesa.
–¿Acaso espera que responda a eso, señor?
–Tal vez espero averiguarlo personalmente.
Si antes se había ruborizado, ahora habría jurado que estaba despidiendo vapor.
–Nunca hubiera imaginado que usted tendría tanta prisa por sellar nuestro destino.
Él enarcó una ceja, con una mirada que provocaba por su misma arrogancia.
–¿De qué modo viene eso al caso?
–Está dispuesto a este casamiento, que ya no nos permitiría cambiar de idea.
Él se le rió en la cara, diciendo: –No sea absurda, Alex. ¿Qué importa un amante más cuando ya tiene usted tantos?
Por su expresión era evidente que no lo decía sólo por ofenderla. En verdad estaba convencido... y eso provocó en Alexandra una sensación horriblemente contradictoria. En verdad se alegraba de que ese hombre pudiera creer semejante cosa de ella, porque serviría a sus propios fines. ¿Por qué, pues, se sentía insultada?
Trató desesperadamente de cambiar el tema, escogiendo una sola palabra entre las que él acababa de pronunciar.
–Sólo a mis amigos les permito llamarme así.
Él sonrió con aire de condescendencia, como si estuviera a punto de explicar algo a un bobo.
–Pero yo soy más que un amigo. Pronto seré su esposo, señorita, con todos los derechos que eso implica. Tal vez quiera usted una demostración de algunos de esos derechos.
–La única demostración que voy a permitirle es cómo salir de un cuarto a toda prisa. Y puede comenzar ahora mismo.
A manera de respuesta, Vasili la tomó por los hombros para atraerla lentamente hacia sí. Ese movimiento inesperado hizo que ella apartara las manos del cuello para apoyarlas contra el dorso de él, a fin de empujarlo. Su esfuerzo fue inútil: él no cedió.
Pero la bata de Alex se abrió. Dado el excesivo recato de su camisón, no habría debido importar, pero sus pechos eran grandes y ya no estaban los brazos para ocultarlos. Los ojos de Vasili descendieron inmediatamente hacia esa pareja en libertad.
La acercó un poco más. Los brazos de la muchacha comenzaban a flexionarse.
–¡Qué diablos está haciendo, Petroff!–Acusó, agradeciendo que el pánico no se trasluciera en su voz.
Él lo percibió, aunque no quiso prestarle atención.
–Quiero descubrir su sabor.
–¡No!
La negativa no llegó demasiado tarde, pero fue ignorada. Aquellos fuertes brazos la estrecharon hasta tal punto que ella se vio pegada a su cuerpo, sintiéndolo de una forma que nunca habría sospechado. Y esos labios cálidos aniquilaron cualquier otra protesta que ella quisiera hacer, al menos por el momento. La sorpresa se hizo cargo del resto.
No había tenido en cuenta que ese pudiera ser uno de los peligros del viaje. ¿Cómo sospecharlo, si sabía exactamente lo que Vasili pensaba de ese casamiento? Allí estaba, envolviéndola con sus brazos, besándola. La sorpresa mayor fue descubrir, de inmediato, que Christopher no le había enseñado todo lo relativo a los besos, como pensaba ingenuamente.
Los besos de Christopher la habían emocionado porque lo amaba pero en verdad, comparado con este hombre, el inglés no sabía nada. Este le consumía los sentidos, dominándolos uno a uno, y no sólo con la boca, sino con el cuerpo entero. La mano puesta contra su espalda le impedía retroceder, apartándose del lento frote de su torso, que le causaba una sensación extraña, como si le estuvieran sobando los pechos. La otra mano, directamente en la curva de su trasero, hacía algo aun peor: la levantó hasta que el duro bulto masculino quedó instalado directamente entre sus piernas. Era un ataque contra todos los frentes sensuales, que la abrumaba con sensaciones recién descubiertas. Y mientras tanto esa lengua efectuaba una profunda y erótica incursión en su boca, para completar la destrucción de su voluntad.
Vasili no estaba menos atrapado en la tormenta por él creada. Lo que había comenzado para obligarla a retirar su amenaza de escenas bochornosas se convirtió en algo completamente distinto. En cuanto sintió el peso de aquellos pechos lozanos contra él, empezó a verla simplemente como una mujer deseable. Y Vasili nunca de privaba de las mujeres deseables, sobre todo si tenía una cama cerca y una puerta bien cerrada...
La puerta se abrió bruscamente, estrellándose contra la pared. Vasili y Alexandra se separaron con la misma brusquedad: ella, algo aturdida; él, mostrando el ceño a la intrusa.
–Perdón–se disculpó Nina. Pero el motivo de ese alboroto fue evidente cuando ambos notaron que apenas podía dominar al enorme galgo, decidido a cargar contra Alexandra para un saludo–. Estaba poniendo nerviosos a todos los caballos con sus gimoteos–dijo para explicar la presencia de Bojik.
Era una flagrante mentira, por la que Alexandra le perdonó su deserción anterior... hasta que la muchacha agregó, con toda inocencia:
–No se quedará tranquilo mientras no duerma contigo, Alex.
Los tres se ruborizaron al momento, pensando en alguien que no era Bojik. Para peor, cada uno sabía que los otros estaban pensando lo mismo.
Alexandra hincó una rodilla para llamar a su mascota; el modo en que escapó de las manos de Nina demostró el escaso dominio que esta tenía sobre el perro. La dueña escondió la mejilla ardiente contra el cuello de Bojik, diciendo en tono glacial:
–Buenas noches, Petroff. Y en adelante, si desea hablar conmigo, hágalo en público y a una hora decente.
–No cuente con eso... Alex.
Una vez que la puerta se hubo cerrado ruidosamente, Nina comentó, en tono apagado: –Menos mal que no le has visto la cara cuando ha dicho eso.
Alexandra levantó la vista, pero aún inspeccionó rápidamente la habitación, para asegurarse de que el hombre se había ido, antes de preguntar:
–¿Por qué?
–Porque, a juzgar por su expresión, hablaba muy en serio.

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