CAPÍTULO 5
Dos meses después, la muchacha que despertaba la compasión de Tanya seguía en la feliz ignorancia; ignoraba que tenía un prometido y que su llegada era inminente.
Anna estaba con Constantin cuando Bohdan trajo la noticia de que el cardiniano estaba a pocas horas de viaje. El barón había apostado a varios hombres a lo largo de las rutas que conducían a su propiedad, justamente para que la llegada no lo tomara por sorpresa. Además, pese a las súplicas de Anna, quería esperar al último minuto para informar a su hija de las inminentes nupcias.
–No se ha dado ninguna prisa en venir–se quejó–. Hace más de un mes que recibí carta de la condesa, informándome que su hijo venía hacia aquí. Él debería haber llegado muy poco después.
–¿Y que sugiere eso?–inquirió Anna. La respuesta fue sólo un ceño sombrío–. Exactamente: sugiere que él no quiere casarse.
Constantin estaba muy nervioso, no sólo porque el conde Petroff estaba ya muy cerca, sino porque aún debía informar a Alexandra de su compromiso.
Su compañera adivinó esos pensamientos.
–¿Y cuándo vas a decírselo a tu hija? ¿Estás esperando a tenerlo aquí?
–¿No crees que eso sería mejor? ¿Permitir que lo conozca sin saber quién es?
–¿Estás loco? Será él quien mencione el compromiso, y ella se le reirá en la cara. Sería un comienzo estupendo, ¿verdad?
El ceño del barón se oscureció un poco más. Desde que Anna estaba enterada de su decisión, no había hecho sino importunarlo. En una reacción perversa, cuánto más le inflamaba los remordimientos, más se empecinaba él. Por fin, al ver que no mandaba llamar a Alexandra, Anna lanzó un suspiro de exasperación.
–Dale al menos el tiempo de cambiarse. ¿O quieres que lo reciba en pantalones de montar?
Tenía razón; eso no era en absoluto conveniente y a él no se le había ocurrido. Alexandra necesitaría al menos una hora para quitarse el hedor de los establos y ponerse bonita. Por otra parte, no había modo de calcular el tiempo que se perdería en la riña previa. Ni siquiera le pasaba por la mente que el asunto pudiera discutirse sin reñir; conocía a su hija demasiado bien.
Inmediatamente salió del comedor, donde Anna y él habían compartido un desayuno tardío. Después de enviar a un sirviente a los establos, se retiró a su estudio para esperarla allí.
Anna asomó la cabeza por la puerta. Pese a las diferencias que mantenían sobre el tema, le dedicó una sonrisa afectuosa.
–Buena suerte, querido.
Parte de la tensión lo abandonó. Pensándolo bien, era un hombre afortunado: tenía tres hijas saludables, una caterva de nietos...y a Anna.
–Ahora que vamos a quedarnos solos en esta casa–propuso–, ¿querrás casarte conmigo?
La sonrisa se ensanchó un poquito más:
–No.
Constantin rió entre dientes mientras ella se alejaba. Un día de esos le daría la sorpresa de acceder. Mientras tanto, no era nada penoso ser amante en vez de marido.
Pocos minutos después entró Alexandra, con su energía habitual.
–No me vas a entretener mucho ¿verdad? Tengo que ejercitar a Príncipe Mimcha.–Se refería a uno de sus propios potros, sus ‘bebés’, como llamaba a la descendencia de los reproductores que le pertenecían.
–Por hoy, podrías dejar que lo ejercitara alguno de los Razin.
Ella elevó una ceja finamente arqueada.
–¿Tanto vamos a tardar?
–Posiblemente.
Alex se quitó el sombrero y, después de guardarlo en el bolsillo del abrigo, se dejó caer en la silla puesta frente al escritorio.
–Muy bien–dijo, con un suspiro–, ¿qué he hecho ahora?
–Te diré lo que podrías hacer. Podrías demostrarme que sabes sentarte como una señorita, en vez de...
–¿Tan mal están las cosas que necesitas perder tiempo?
Su fingida expresión de sorpresa hizo que el padre frunciera el entrecejo. Alexandra siempre sabía dar a entender que le estaban haciendo perder el tiempo. El padre decidió copiar su estilo e ir directamente al grano. –No has hecho nada, Alexandra. Pero lo que vas a hacer es casarte, posiblemente dentro de pocos días. Tu prometido llegará en menos de dos horas. Te agradecería que lo recibieras con tus mejores...
–No hace falta que digas más, papá. No sé que has prometido a ese hombre para que se case conmigo, pero puedes dárselo enseguida para que vuelva por donde ha venido. Mi posición no ha cambiado desde la última vez que tocamos el tema.
No había levantado la voz; ni siquiera parecía fastidiada. Claro que aún no había captado en toda su importancia lo que él acababa de decir. Constantin no solía mentirle; ni siquiera recordaba haberlo hecho alguna vez. Y la perspectiva de hacerlo ahora le enrojeció las mejillas. Por suerte, ella lo interpretó como uno de tantos arrebatos coléricos.
–Esto no tiene nada que ver con nuestra última discusión sobre el matrimonio–le dijo–. Se trata de una pacto matrimonial que Simeón Petroff y yo firmamos hace quince años, antes de su muerte. Es un contrato ineludible, Alexandra. Te compromete a casarte con el hijo de Simeón, el conde Vasili Petroff.
Ella se puso de pie para inclinarse hacia el escritorio, tan enrojecida como su padre. No cabían dudas de que su rubor era de cólera.
–¡Dime que es mentira!–Al verlo sacudir la cabeza, vacilante, emitió un chillido de ira–. ¡Estás mintiendo, lo sé! No vas a decirme que he estado comprometida durante quince años sin que me lo hayas mencionado nunca. Eso no tiene ninguna lógica. Me habrías arrojado ese pacto a la cara en cuanto te dije que pensaba esperar la proposición de Christopher. Si estuviera prometida a otro no me habrías permitido esperar siete años. ¿Y qué me dices de todos esos hombres, los que me presentaste con la esperanza de que alguno me interesara?
–Si te calmas por un momento, puedo explicártelo.
Ella no tomó asiento ni se calmó, pero contuvo la lengua; no le resultó fácil, con las ganas que tenía de gritar. Constantin lo sabía, pero había tenido tiempo de sobra para buscar explicaciones razonables a ese supuesto silencio de tantos años.
–No voy a negar que deseaba verte casada con el hijo de Simeón, tanto como lo deseaba él. Como bien sabes, fue mi mejor amigo. Y por entonces tú eras muy joven, muy... obediente. No tenía modo de saber que, con el tiempo, te convertirías en una mujer terca, discutidora y obstinada...
–Entiendo, papá–lo interrumpió ella, casi bramando.
Él dejó escapar un gruñido antes de continuar:
–Cuando te presenté en sociedad, comprendí que no aceptarías un esposo impuesto. Por eso, pensando más en tu felicidad que en mi honor, decidí darte tiempo para que escogieras por tu cuenta. Tenía la esperanza de que el conde Petroff, faltando al honor, se casara con otra, rompiendo así el pacto.
–¿Y si hubiera sido yo la que se casara con otro?
El tenía la respuesta preparada.
–En primer lugar, debes saber que el joven Vasili nunca me escribió; eso me hizo pensar que, tal vez, Simeón no había informado del compromiso a su familia antes de morir. Existía esa leve posibilidad y yo empecé a contar con ella, sobre todo cuando te mostraste tan interesada por ese inglés.
–¿Qué contabas con ella? ¡Si despreciabas a Christopher!
–Pero si con él hubieras sido feliz...
–Eso no importa–lo interrumpió ella, impaciente–. Si la familia de tu amigo nunca ha sabido...
–No he dicho eso–intervino Constantin–, sino que tal vez no lo supiera. De cualquier modo, si hubieras aceptado a otro, yo habría tenido que escribir a Vasili Petroff para comunicárselo. Y estaba dispuesto a suplicarle que renunciara a sus derechos sobre ti.
Al ensayar mentalmente esa conversación, Constantin había decidido que la palabra ‘suplicar’ era brillante, ideal para insinuar que él estaba por completo de su parte, antes de que su oposición al matrimonio se tornara irrazonable. Pero la expresión de la muchacha reveló que no servía de nada.
–Bien, ¿y cuándo te escribió?–quiso saber.
Era la pregunta que él temía y que habría preferido no responder. Ahora toda la ira de Alexandra caería directamente sobre su cabeza, pues era imposible mentir: ella sabría la verdad por el conde Petroff.
–No fue él quien escribió.
–¡Lo hiciste tú!
–No me dejaste alternativa–objetó él, a la defensiva–. Tienes veinticinco años y sigues sin marido. Si hubieras hecho el menor esfuerzo por solucionar eso...
–¡No necesito marido!
–¡Todas las mujeres necesitan marido!
–¿Por orden de quién?
–Dios, en su infinita sabiduría...
–¡Quieres decir: Constantin Rubliov en la suya!
Habían vuelto a la disputa de siempre, terreno que resultaba mucho más familiar.
–Necesitas un esposo que te dé hijos.
–¡No quiero tener hijos!
La mentira era tan evidente que él se vio obligado a señalarla, aunque reduciendo la voz a un susurro.
–Bien sabes que eso no es verdad, Alex.
Ella estaba al borde de las lagrimas, pero por furia; al menos, prefirió atribuir sus confusas emociones a la ira y no al hecho de seguir sin hijos, a una edad en que el matrimonio ya parecía ridículo. En ocasiones como esa odiaba al hombre al que había jurado esperar. Si bien Christopher seguía escribiéndole con frecuencia, en los tres años transcurridos desde su partida no había mencionado una sola vez el casamiento que ella ansiaba.
Había llegado casi al punto en que ya no esperaba nada de Christopher, aunque su padre no lo supiera. Obviamente, había hecho mal en no decírselo. Pero ahora la actitud paterna la llevaba a cambiar de opinión. De cualquier modo, aunque no estuviera enamorada de otro, no aceptaría por esposo a un perfecto desconocido. Los pactos matrimoniales eran arcaicos. El hecho de que su padre hubiera firmado uno en su nombre no era simplemente intolerable, sino escandaloso.
Trató de moderar su tono, pero lo consiguió a duras penas.
–Cuando llegue ese hombre, suplícale todo lo que quieras, pero deshazte de él. Puedes regalarle a ‘Orgullo del Sultán’, para compensarlo por las molestias del viaje.
Eso logró impresionarlo.
–¿Te desprenderías de tu mejor semental?
–¿Comienzas a entender que no quiero casarme con un extraño?–Contraatacó ella, aunque las palabras se le atascaban en la garganta. Había criado a Orgullo del Sultán desde que era un potrillo, y lo amaba con pasión.
–Cuando lo conozcas dejará de ser un extraño, Alexandra. Por Dios, mujer, el hijo de Simeón es primo del rey Stefan de Cardinia. ¿No te das cuenta de que es un excelente partido?
–¿Se supone que eso debe importarme?
Constantin se puso de pie para mirarla de frente por encima del escritorio.
–Sí, y a mí me importa, desde luego. Además, estás ignorando deliberadamente el hecho de que un pacto matrimonial es tan sagrado como el casamiento mismo. Este fue firmado de buena fe, con las mejores intenciones; Simeón y yo hicimos un juramento. Y después de tantos años, hija mía, Vasili Petroff sigue soltero. Tú también estás soltera. A conciencia, ya no podemos seguir demorando las nupcias.
–¡Por lo menos, podrías pedirle que anulara ese maldito contrato!–exclamó ella.
–Dale al menos una oportunidad. Viene para casarse contigo, honrando la palabra de su padre. ¿Qué menos puedes hacer tú?
–¡Honrar!–Balbuceó ella–. ¿Vas a convertir esto en una cuestión de honor?
Constantin vaciló. Esperaba que ella se encolerizara, pero ahora parecía a punto de llorar. Y él no soportaba verla llorar. ‘La culpa es de ese maldito inglés’, pensó, furioso. Seguía ilusionada en casarse con él. ¡Qué lealtad tan mal aplicada! Pero a los padres correspondía proteger a las hijas de su propia estupidez. Sin embargo, si no había posibilidades de que Petroff pudiera hacerla feliz, estaba dispuesto a poner fin al compromiso, aunque para eso tuviera que confesar la verdad. Claro que no lo haría sin haberlo comprobado.
–Ya es una cuestión de honor. Di mi palabra cuando firmé ese contrato de compromiso.
Ella cerró los puños y los descargó contra el escritorio. Luego le volvió la espalda. Para mayor seguridad, tumbó de un puntapié la silla que había desocupado.
–No hay necesidad de destruirme el estudio–dijo su padre, tieso.
–Tú me estás destruyendo la vida–replicó ella, con amargura.
–¿Qué vida? Sólo te interesan los caballos. Pasas casi todo tu tiempo en los establos. Muchas veces me pregunto si no has olvidado que eres una mujer.
Ese comentario desató las lágrimas que ella se esforzaba por contener. Pero juró que su padre no las vería. La había traicionado. Poco importaba que lo hubiera hecho quince años antes...con la mejor de las intenciones. Y lo que él desdeñaba, esa supuesta falta de femineidad, era lo que le permitía salir victorioso. ¿Qué mujer se preocupaba por cuestiones de honor? Pero ella sí, y su padre lo sabía.
–Muy bien. No me negaré a casarme con tu precioso cardiniano.–Iba ya camino a la puerta cuando agregó, sólo para sus adentros: ‘Pero te prometo que él se negará a casarse conmigo’.
–Entonces ¿vas a ponerte presentable? Por lo menos cámbiate de ropa.
–Oh, no. Si él quiere casarse conmigo, que me vea tal como soy, no como me muestro muy raras veces.
Constantin, roja la cara, le ordenó a gritos que volviera, pero ella salió de la casa dando un portazo. El padre se dejó caer en la silla, preguntándose si en verdad había ganado. Le preocupaba el hecho de que ella no hubiera discutido tanto. Cuando Alexandra cedía con facilidad, era preciso desconfiar.
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