CAPÍTULO 8
–Pasa y siéntate, Vasili. Puedo tutearte, ¿verdad?
Sin esperar respuesta, Constantin volvió a sentarse detrás del escritorio. Su estudio era tal como cabía esperar en un hombre de su edad: tranquilo y carente de oropeles. Se parecía al estudio de Simeón, antes de que su esposa, al quedar viuda, lo convirtiera en cuarto de costura.
–Aunque nunca nos hemos visto, tengo la sensación de conocerte desde siempre–estaba explicando el barón–. Claro que tu padre no hablaba sino de ti. ¡Estaba tan orgulloso! Quería exhibirte, ¿sabes?, Llevarte consigo en sus viajes y sus cacerías. Pero le parecía más importante que estudiaras, sobre todo porque compartías los preceptores del príncipe heredero. De eso también estaba orgulloso, puesto que él nunca tuvo esas ventajas; hasta su casamiento con tu madre no había tenido ningún vínculo con la familia real. Sin embargo, tenía intenciones de traerte a Rusia cuando cumplieras los dieciocho años. Recuerdo que una vez...
Constantin siguió con sus recuerdos durante más de una hora. Vasili no tuvo necesidad de hacer muchos comentarios: se limitaba a escuchar y lo hacía con avidez, pues le estaban contando cosas de su padre que él ignoraba. Mucho antes de que el barón callara, comenzó a desaparecer el resentimiento que Vasili había albergado contra él durante la mayor parte de su vida. Ya se había borrado por completo cuando Constantin concluyó diciendo:
–Todavía lo echo de menos, ¿sabes?
Era ridículo, pero Vasili se sentía demasiado cerca de las lágrimas. No lloraba desde su infancia, y ahora el impulso estaba a punto de ahogarlo. El también echaba de menos a su padre, pero sólo ahora comprendía cuánto. Una vez superado el enfado por su prematura muerte, la pena había sido grande, sobre todo por no haber tenido oportunidad de mantener con Simeón la amistad que Stefan estableció con Sandor, su propio padre, al llegar a la edad adulta.
Pero la entrevista con el barón no se estaba desarrollando como Vasili esperaba. En realidad, nada era lo que él había esperado, mucho menos el primer encuentro con su prometida.
Al comentar que ella no era lo que el visitante esperaba, la muchacha se había quedado demasiado corta. Vasili había previsto ver a una aristócrata frívola y mimada, a la que podría intimidar con facilidad. Ahora no se imaginaba intimidando a la audaz amazona que acababa de conocer. Ella expresaba su opinión sin pararse a pensar en el decoro. Vestía como un campesino varón. Y montaba a horcajadas, como si hubiera nacido en una silla de montar. No parecía tener un pelo de tímida. ¿Y por qué diablos no quería casarse con él?
Vasili no estaba seguro de lo que opinaba sobre eso, sin embargo, no sentía el alivio que Lazar suponía. Había sido rechazado. ¡Rechazado! Nunca antes había pasado por esa experiencia. Bueno, eso no era del todo cierto.
Tanya también lo había rechazado sin más ni más cuando se le dijo que él era el rey con quien debía casarse. ‘No me casaría con vuestro rey ni por todo el dinero del mundo’, fue su modo de expresarlo. Tampoco creyó que fuera la princesa Tatiana Janacek, prometida desde su nacimiento al actual Rey de Cardinia. De cualquier modo, poco habría importado que lo creyera, puesto que experimentó por Vasili el mismo desdén que él le demostraba.
En aquel entonces él no se había sentido rechazado. Tampoco experimentó lo que ahora lo irritaba tanto, fuera lo que fuese. Y su incapacidad de identificar con exactitud lo que tanto lo alteraba no hacía sino aumentar su irritación. No obstante, puso mucho cuidado en ocultar sus sentimientos al barón.
En un principio, su intención había sido presentar a Constantin Rubliov la imagen de un yerno totalmente indeseable. Basándose en su experiencia con las mujeres, esperaba que su prometida le aceptara de buena gana, con lo cual sería, de los dos Rubliov, la más difícil de disuadir con respecto al casamiento; el padre, en cambio, se indignaría con facilidad. Tras oír al barón hablar con tan sincero aprecio de su padre, comprendió que no podía hacerlo, por lo menos de la manera que tenía planeada.
Ya había dicho su primera mentira al atribuir su tardanza a una enfermedad en su grupo, cuando en realidad había estado malgastando deliberadamente su tiempo; se entretuvo en cada población días enteros y, en cierta ocasión, toda una semana, a causa de una bonita pelirroja; su intención era permitir que el frío invierno inminente estorbara el viaje. Si no tenía más remedio que volver a Cardinia llevando consigo a Alexandra Rubliov, el clima sería un nuevo incentivo para que ella quisiera echarse atrás. Naturalmente, él le daría muchos otros motivos para poner fin a aquel ridículo compromiso, pero estaba dispuesto a aprovechar todo lo que sirviera a su causa, incluido el clima.
Y ahora debía desechar el resto de su campaña, al menos en lo relativo al barón. No podía deshonrar a su padre ante los ojos de aquel hombre comportándose como un hijo detestable.
Pero tampoco estaba obligado a ser perfecto. Quizá pudiera desilusionarlo fingiendo carecer de ciertas cualidades o aptitudes que el hombre esperaba encontrar en él. Bastaría con descubrir cuáles eran.
–Con respecto a su hija, señor...
–Sí. Cuando te encontraste con ella, os vi desde la sala.
Constantin no pudo alegrarse más al presenciar la reacción de Alexandra ante el joven conde. Fue tan estupenda que ahora apenas podía contener su alivio.
–Siento mucho que te recibiera con esa facha–continuó–. Es que pasa la mayor parte del día trabajando con los caballos. Por eso viste ropas más prácticas que...
–¿Trabajando? ¿Con los caballos?–La sincera sorpresa no dio tiempo a Vasili para evaluar si convenía aprobar o reprobar eso. Su tono lo expresó todo y puso a Constantin a la defensiva.
–Al fin y al cabo, esta finca se dedica a la cría de caballos–explicó–. De mis tres hijas, Alexandra fue la única que demostró interesarse por los animales. Creo que cometí un error al fomentárselo, pero cuando caí en la cuenta ya era tarde para echarme atrás.
Para Vasili fue un alivio comprobar que había adoptado el tono correcto, al menos para sus propósitos. Era obvio que la muchacha practicaba su rara ocupación con autorización del padre, y Vasili no se apartaba de lo correcto al expresar su desaprobación. La rápida defensa del varón revelaba que, probablemente, esperaba esa actitud reprobatoria.
Para no dejar dudas de que estaba algo escandalizado, Vasili inquirió: –¿Y usted permite esto, señor?
‘¡Como si pudiera impedirlo!’, Pensó Constantin, aunque se contuvo para no decirlo. Prefería que Vasili no descubriera, hasta después de la boda, lo empecinada y caprichosa que podía ser su prometida.
–No le veo nada de malo. Además, ella es muy hábil con los animales–replicó–. Los cura, los adiestra, los aparea...
–¿Cómo dice?
A las mejillas de Constantin subió el color; tuvo que ponerse otra vez a la defensiva.
–Mira, hijo: Alexandra no es una niña de ciudad, mimada e ignorante, de las que nunca se ensucian las manos. Se educó aquí, en el campo...
Constantin se interrumpió, pues la expresión de Vasili era elocuente. Parecía decir en voz alta: ‘Bueno, eso lo explica todo.’ Y en el más seco de los tonos.
El suspiro del barón tuvo la misma elocuencia; era el de un padre que ya ha agotado sus recursos.
–Reconozco que sería preciso canalizar las actividades de mi hija en una nueva dirección. Y, como ocurre con todas las recién casadas, eso se lograría perfectamente si tuviera un esposos e hijos.
Vasili gimió para sus adentros, preguntándose si su actitud no era justamente la que esperaba el barón.
–Comprenderá usted que vivo en la capital–dijo, cauteloso–, cerca del palacio. Ella tendrá que asistir a fiestas y reuniones de la corte, con lo que su vida será muy diferente de la que está habituada a llevar.
–Y el cambio le hará bien, aunque te lo advierto: no renunciará a sus cabalgatas diarias.
La dificultad era tan nimia que Vasili dijo, indiferente:
–Casi todas las damas de la nobleza montan a caballo por placer.
–¿Qué me dices de las carreras?
–Absurdo. Ninguna dama participa en... ¿Ella participa en carreras?
–De vez en cuando.
–No habrá más de eso–manifestó Vasili, muy tieso.
–Estupendo.
El joven se encorvó un poco en la silla. Supuestamente, estaba mencionando todas las cosas que no debían complacer al barón, pero resultaba ser la solución ideal para los problemas que el hombre parecía tener con aquella hija tan antinatural. Buscando un desesperado cambio de actitud, dijo: –Claro que poseo varias fincas en el campo, no muy lejos de la capital. Supongo que allí se le podría permitir que practicara su... afición.
Constantin sonrió.
–Alexandra quedará encantada cuando lo sepa.
Vasili se dio por vencido, rechinando los dientes. Su última esperanza, al menos con el barón, era que lo del compromiso resultara ser una mentira. Se trataba de una levísima esperanza, pero él ya estaba nuevamente desesperado.
–Me gustaría ver una copia del contrato, señor. Al parecer, la copia de mi padre, se extravió, pues nunca la encontramos.
–Por supuesto.
Vasili enrojeció un poco al ver que el contrato había estado todo este tiempo sobre el escritorio, entre ambos. Constantin se lo acercó, como si estuviera esperando que él lo pidiera. No hizo falta mucho tiempo para echar un vistazo al breve documento e identificar la firma de su padre. Con eso se acababan las leves esperanzas.
–¿Puedo preguntar por qué esperó tanto tiempo para escribir, señor?–Inquirió al devolver el contrato–. Su hija ha dejado bastante atrás la edad en que se casa la mayoría de las muchachas.
–Puro egoísmo de mi parte. Quería conservarla conmigo un poco más–dijo Constantin–. Y ella estaba satisfecha con la vida que llevaba aquí.
–No lo dudo. ¿Sabe usted que ella no quiere casarse conmigo?
–¿Te dijo eso?
–En efecto.
Constantin reflexionó frenéticamente por un momento. Luego hizo un gesto indiferente con la mano.
–Nerviosismo, miedo a los cambios. Es muy común entre las novias... y los novios.
–Por lo habitual, uno guarda sus sentimientos para sí–replicó Vasili, casi gruñendo.
Constantin rió entre dientes.
–Ah, veo que has descubierto la tendencia de mi hija a la franqueza. Admito que a veces puede ser desconcertante, pero también reconforta. Puedes estar seguro de que Alexandra irá siempre al grano sin hacerte perder tiempo. No debes tomar tan a pecho sus comentarios. No es que te rechace como marido, sino que no desea casarse con nadie. Como te he dicho, le habría gustado continuar como hasta ahora... indefinidamente. Pero se casará contigo, sí. Me ha dado su palabra.
No era eso lo que Vasili esperaba oír.
–Con el debido respeto, señor, ¿no vacilará usted en forzar a su hija casándola con un hombre al que no quiere?
–Que no quiere, ¡vamos, vamos!–Constantin sonrió de una manera tan sabedora que Vasili estuvo a punto de enrojecer–. Bien he visto lo que ocurrió cuando te echo la primera mirada. Te aseguro que, hasta ahora, ningún hombre la había dejado sin habla.–‘Ni siquiera ese maldito inglés’, agregó para sus adentros.
Y ahora sí, Vasili estaba enrojeciendo... inexplicablemente, porque estaba habituado a dejar sin habla a las mujeres.
–Ella aduce que la tomé por sorpresa.
–No lo dudo.
–Y fue mutuo.
–No lo dudo, hijo. Mi hija menor es realmente única–comentó Constantin, con una buena dosis de orgullo paternal–. Y tampoco dudo de que un hombre de tu edad y tu experiencia sabrá ganar su afecto sin dificultades... y calmar sus miedos.
Era lo que Vasili no pensaba hacer. Pero con el barón no estaba logrando nada. El hombre lo aceptaba de todo corazón y era capaz de utilizar cualquier excusa para no rechazarlo. Vasili comprendió que debía concentrar sus esfuerzos en Alexandra. Y no tenía tiempo que perder.
–En lo que a su hija concierne, señor–aseguró–, haré todos los esfuerzos necesarios.–No era exactamente una mentira, sino una aseveración abierta a distintas interpretaciones. Para dar la entrevista por terminada, se puso de pie–Debido a mi demora en el viaje, temo que será preciso partir muy pronto, preferiblemente mañana, antes de que mal tiempo torne el trayecto muy peligroso.
Había logrado tomar al anciano por sorpresa.
–Es que aún no hemos concluido los preparativos para la boda.
Vasili fingió una expresión de remordimiento.
–Lo siento, barón, pero he olvidado mencionar que mi primo insiste en celebrar la boda en su palacio de Cardinia. Fue sugerencia de la reina, y a Stefan le encanta satisfacer todos sus deseos.
Constantin no tuvo nada que decir al respecto. Sólo pensaba en el dilema que presentaba ese inesperado detalle.
–No hemos tomado ningún recaudo para viajar en estos días.
–Puede usted esperar a la próxima primavera y llevarla entonces a Cardinia–sugirió Vasili deprisa.
Demasiado deprisa, según notó Constantin. Y por eso replicó: –No, no es necesario que yo presencie su boda. Con este contrato matrimonial es como si ya estuvierais casados. Esperaré a que nazca vuestro primer hijo para visitaros.
¡Por Dios, ese hombre ya lo tenía casado y a punto de ser padre! Vasili objetó, horrorizado:
–¿No será una desilusión para ella?
¿Furiosa como estaba con su padre? Constantin apenas pudo contener el resoplido.
–En absoluto. En todo caso, la alegrará escapar de mi autoridad.
‘Para quedar en cambio bajo la mía’, reflexionó Vasili. La idea le resultó intrigante... hasta que las consecuencias se alzaron ante él. Horrendas. Ya no era posible seducir a esa muchacha; de hecho, estaba absolutamente prohibido. Pero sería más fácil inducirla a romper el compromiso si podía mostrarse absolutamente aborrecible lejos de la mirada del padre. Eso, en el caso de que ella no rompiera el compromiso antes de la partida.
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