CAPÍTULO 21
–Prudente decisión, conde Petroff. Y ahora dígame: mi buen amigo Stefan ¿se reunirá también con nosotros?
Vasili reconoció aquella voz grave. El hombre se llamaba Pavel y no tenía desde luego, ninguna amistad con Stefan. Era tan alto como Vasili, pero más musculoso, de facciones huesudas y tez oscura; mantenía una perpetua actitud de beligerancia. Cuando el cardiniano se volvió para verificar la identidad de quien hablaba, vio que Pavel no estaba solo; diez o doce hombres se alineaban detrás de él, algunos con armas de fuego que le apuntaban directamente.
–Es un placer volver a verlo, Pavel–dijo, en tono tan seco que sólo un idiota le hubiera creído–. Y no, Stefan no me acompaña en este viaje.
–Qué desilusión–se quejó Pavel, y en efecto, parecía desencantado–. Hace un momento, al reconocerlo a usted, tuve grandes esperanzas de librar otro combate. Pero tal vez usted quiera reemplazar a su primo, ¿eh?
Aquello no era una sorpresa. El bandido no había cambiado de actitud.
–Tal vez–fue todo lo que dijo–. Pero antes me gustaría aprovechar su famosa hospitalidad. Supongo que su aldea no está lejos.
–En absoluto, puesto que oímos los disparos y salimos a investigar.
Eso era culpa de Alexandra. Si ella se hubiera detenido al encontrar sus caballos, él habría podido reconocer la aldea, para regresar luego con todo el grupo, en posición de poder y no de prisioneros.
Cuanto menos Latzko, el jefe de aquellos bandidos montañeses, era un hombre con el que podía tratar. Su principio fundamental era la codicia; para él, todo tenía su precio.
–¿Le molestaría retirar ese cuchillo de mi espalda, Pavel? A Latzko no le gusta la mercancía dañada.
–No se preocupe por Latzko. Ha viajado a Austria, para asistir a la boda de esa zorra. Su problema soy yo, aristócrata. Soy yo quien manda en ausencia de Latzko.
Era justo lo que Vasili necesitaba. No podría entenderse con el jefe razonable,, sino con un loco. ‘La zorra’ debía de ser Arina, la hija de Latzko. Pavel se había enamorado de ella varios años atrás, pero fue Stefan quien se la llevó; ese era uno de los motivos por los que el montañés lo odiaba tanto. Había otra causa, Stefan lo había derrotado dos veces en combate. Y por eso Pavel detestaba a todos los aristócratas.
–Lo felicito por el ascenso, Pavel, pero ¿podríamos continuar con este diálogo en la aldea, preferiblemente junto a una buena fogata? Me estoy congelando.
Pavel se echó a reír, imitado por la mitad de sus hombres, por lo menos. Pero al fin apartó el puñal de la espalda de su prisionero. Hubo un par de órdenes y Vasili fue desarmado. Entonces Pavel reparó en Alexandra.
–¿Otra mujer?–Se acercó hasta quedar junto a la muchacha, pero le bastó una mirada. Luego se volvió hacia Vasili para regodearse un poco–. El trabajo de hoy ha resultado mucho más provechoso de lo que yo esperaba. ¿Esta valdrá tanto como la anterior?
Se refería a Tanya, que había sido capturada el año anterior; por recuperarla Stefan tuvo que pagar quinientos rublos. Vasili ya tendría que pagar una fortuna por los caballos de Alexandra, cuyo valor era obvio. El de ella no lo era; convendría descartarlo inmediatamente no sólo para que el precio no ascendiera, sino también porque Pavel era un cerdo vengativo. Iba a hacerlo con más delicadeza, pero ella lo estaba fulminando con los ojos; eso no hizo sino inflamar el enfado que ya sentía.
Imprimiendo a su voz un tono de fastidio, sugirió:
–Quédesela. Me hará un favor.
Aunque Alexandra estaba a cierta distancia, su exclamación ahogada llegó hasta Pavel. Obviamente, el conde no se interesaba por ella. Así como estaba, envuelta en su atuendo cosaco, no parecía muy tentadora. Pero ese gruñido de indignación hizo que la observara mejor, levantándole la barbilla.
No debería haber sucedido nada, porque la prisionera tenía las manos atadas a la espalda y estaba rodeada de montañeses, pero ella le asestó un fuerte puntapié.
Pavel lanzó un aullido. Algunos de sus hombres se echaron a reír, sumando un insulto al dolor. Después de brincar un rato sobre una sola pierna, masajeándose el tobillo dolorido (resultaba increíble que pudiera hacerlo sin resbalar) se volvió hacia ella con una expresión decididamente asesina.
Vasili se estaba acercando, pero no llegaría a tiempo de impedir que el puño levantado del bandido hiciera contacto con la cara de Alexandra. Para detenerlo tuvo que arrojarse contra él y derribarlo.
Cuando dejaron de deslizarse por la nieve, Pavel levantó hacia él una mirada incrédula. Vasili sentía exactamente lo mismo: el frío debía de haberle entumecido el cerebro también; de otro modo no habría cometido tamaña estupidez. Si nadie le había disparado era porque los hombres de Pavel tampoco podían creerlo y permanecían inmovilizados por la sorpresa.
Eso le dio tiempo para ayudar al bandido a levantarse y sacudirle un poco la nieve.
–Disculpe–dijo–, pero el único que le pega soy yo. Rarezas mías.
Debería haber hablado en cardiniano, idioma que Pavel dominaba bastante bien, pues Alexandra eligió ese momento para demostrar que no había perdido la voz.
–Se arrepentirá de esto, Petroff.
Él ordenó, sin mirarla:
–Hasta ahora has mantenido la boca cerrada, mozuela. Sigue así.
Pavel estaba entre ambos, echando chispas, pero de pronto su humor cambió. Casi sonriente, miró a Vasili.
–Esa moz... como la haya llamado, va a costarle muy cara, cardiniano.
Vasili suspiró.
–Ya lo suponía.
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