Capitulo 2
Stefan Barony, el monarca reinante de Cardinia, tuvo que echarse a reír. En el campamento gitano había encontrado exactamente lo que esperaba: a su primo, tendido bajo un árbol, con una encantadora joven aferrada a él. En realidad, lo encontraba con tres mujeres, cosa que no esperaba, pero que tampoco le sorprendió. Vasili tenía a una metida bajo cada brazo y a una tercera sentada tras él, ofreciéndole el amplio busto como almohadón para su dorada cabeza.
Stefan Barony, el monarca reinante de Cardinia, tuvo que echarse a reír. En el campamento gitano había encontrado exactamente lo que esperaba: a su primo, tendido bajo un árbol, con una encantadora joven aferrada a él. En realidad, lo encontraba con tres mujeres, cosa que no esperaba, pero que tampoco le sorprendió. Vasili tenía a una metida bajo cada brazo y a una tercera sentada tras él, ofreciéndole el amplio busto como almohadón para su dorada cabeza.
Era por la noche cuando el campamento estaba más bullicioso: niños desnudos luchando a los pies de las madres que bailaban, canciones y cuentos ante cada fogata, conejos y aves de corral robados cocinándose en calderos humeantes. Esa tribu, en particular, se especializaba en el tráfico de caballos. Otras bandas ofrecían servicios de reparación o de herrería; las había dedicadas estrictamente al entretenimiento, con sus cárpatos adiestradores de osos, encantadores de serpientes, buenos músicos y bailarines. Sin embargo, la mayor parte de las tribus que pasaban por Cardinia eran criadoras de ganado; viajaban con grandes hatos de búfalos o vacas comunes. Pero todas ofrecían a sus mujeres a cambio de dinero y tenían ancianas capaces de curar, con sus hierbas, lo que hubiera vencido a los médicos de la ciudad. Todas tenían también, por supuesto, vendedores de hechizos y adivinos de la suerte.
–¿No te dije que lo encontraríamos aquí?–Dijo Lazar a la derecha de Stefan–. Aún anhela lo salvaje.
A la izquierda de Stefan, Serge resopló antes de expresar su opinión: –Lo que anhela es mujeres en abundancia, cosa que los gitanos nunca dejan de proveer.
Stefan no pudo discutir eso, puesto que él también había pasado largos ratos en campamentos gitanos... antes, cuando era sólo el príncipe heredero de Cardinia, con pocas responsabilidades. Ahora ya no era digno que, como rey, siguiera retozando con las muchachas gitanas y bailando a la luz de las fogatas. Tampoco deseaba hacerlo; en la actualidad sólo le apetecía retozar con su reina. Pero el espectáculo del campamento le devolvía gratos recuerdos.
–Supongo que vosotros dos querréis quedaros aquí, con Vasili–dijo Stefan a sus amigos, en tono humorístico. Pese a sus comentarios despectivos, ambos tenían recuerdos igualmente gratos de los campamentos gitanos.
–¿No vamos a llevárnoslo a la ciudad?–Preguntó Lazar.
–Mi tía sólo pidió que localizara a Vasili, no que se lo llevara. Mientras él se presente en algún momento de esta noche, ella quedará conforme.
Serge lucía ahora una enorme sonrisa.
–Menos mal que el viejo Max ya no permite que tu protección esté a cargo de nosotros tres; de lo contrario nos veríamos obligados a escoltarte a ti hasta la ciudad.
El viejo Max era Maximilian Daneff, primer ministro de Cardinia y un segundo padre para Stefan. Y Max tomaba sus deberes muy en serio, por lo cual insistía en que Stefan no abandonara el palacio sin llevar a toda una brigada de soldados.
Esos soldados esperaban en las afueras del campamento gitano, para no provocar alarma. Pero bastaba la presencia de Stefan para causar conmoción, pues los gitanos lo reconocían. Aunque él no era todavía rey durante el último paso de la tribu por el país, sus miembros solían averiguar, en cuanto llegaban, cualquier cambio que se hubiera producido en el gobierno u si aún serían bien recibidos. Esos datos eran importantes para la buena salud de los gitanos.
El bulubasha, ya avisado, esperaba cautelosamente frente a su tienda, con un grupo de ancianos. Pero Stefan no quería que lo entretuvieran con el lento rito de los saludos y honores, que podía durar varias horas; su Tanya, que lo esperaba en el palacio, lo había tentado con el anuncio de que tal vez esa noche bailara para él.
Se volvió hacía Serge, diciendo:
–Di al jefe que esta no es una visita oficial, sino sólo un recado de familia.
Después de saludar al bulubasha con un respetuoso ademán de cabeza, que tranquilizó al hombre, se encaminó hacia su primo.
Bastó ese gesto para que en todo el campamento se reanudaran los cantos y las danzas. Doce o trece mujeres, jóvenes y viejas, convergieron inmediatamente hacia Stefan. Eran capaces de luchar a muerte por la oportunidad de prestarle algún servicio, cualquiera que fuese, pues su generosidad era tan célebre y tan prodigiosa que, después de beneficiarse con ella, una familia de diez personas podía vivir durante un año sin trabajar ni robar.
Stefan notó apenas que Lazar, para librarlo de molestias, estaba arrojando puñados de monedas a las mujeres, ahuyentándolas con gestos de la mano. Contemplaba con fascinación el valiente esfuerzo de su primo Vasili por repartir sus atenciones entre las tres jóvenes. Estuvo a punto de echarse francamente a reír, pues hasta donde él podía apreciarlo, el hombre se las arreglaba bastante bien: besaba primero a una muchacha ansiosa, luego a otra y, mientras tanto, dejaba vagar las manos entre las tres. Pero las mujeres no competían entre sí, como cabía esperar; probablemente ya tenían la seguridad de que antes del alba, Vasili se ocuparía de cada una por separado, si no de las tres al mismo tiempo, como parecía por el momento.
Probablemente cada una de ellas tenía esposo en el campamento, pero el visitante no corría peligro de recibir una puñalada en la espalda antes de irse. Entregar el cuerpo a los hombres a cambio de dinero era una práctica aceptada entre aquellas mujeres... siempre que no lo hicieran con gitanos. Bastaría a que una de ellas mirara a otro de su raza con ojos provocativos para que su esposo, con toda probabilidad, la matara. Los gitanos vivían y morían según sus peculiares normas, puestas en práctica por el bulubasha de cada tribu.
Vasili estaba tan dedicado a hacerles el amor que no había notado siquiera el súbito silencio anterior ni la reanudación del bullicio. Tampoco oyó los caballos de sus amigos cuando se aproximaron, de modo que Stefan y Lazar se detuvieron a un par de metros, a disfrutar durante un rato de su actuación. El rey seguía fascinado, pues hasta entonces nunca había visto a su primo crear su magia sensual, al menos en ese grado. En sus tiempos de soltero, cuando los cuatro disfrutaban juntos de sus placeres, él también estaba muy ocupado con alguna muchacha.
Pero Vasili estaba muy avanzado en su empresa (las ropas iban volando rápidamente) y parecía haber olvidado que, generalmente, hacía ese tipo de cosas en sitios un poco más íntimos. O tal vez había llegado a un punto en el que eso ya no importaba.
Sólo una de las mujeres había notado que tenían público, pero eso no pareció molestarle, pues estaba muy atareada en acariciar el amplio torso masculino, desnudado por una de sus compañeras. Claro que Vasili tendía a provocar ese efecto en las señoras: hacía que olvidaran la moral, el pudor y las restricciones de toda la vida. Dondequiera que iba, hiciera lo que hiciese, las mujeres pedían a gritos que alguien las presentara y, una vez presentadas, pedían a gritos compartir su lecho. Otros tenían que esforzarse largamente en la seducción; a Vasili le bastaba entrar en una habitación y mover un dedo. En realidad, ni siquiera eso, pues su mera presencia atraía a las mujeres.
El cebo había sido siempre su hermosa apostura, pero como hasta sus amigos se beneficiaban con el efecto que causaba en las mujeres, no podían resentirse con él por esa buena suerte ni por su excepcional figura. Y aunque en esos momentos pudiera pensarse otra cosa, Vasili no dedicaba su vida a buscar gratificaciones sexuales....por lo menos, no la mayor parte.
Era muy versado en las artes militares, al igual que sus tres amigos, y desde la coronación de Stefan, había cumplido muchas tareas oficiales. La que tomaba más en serio era la de formar parte de la guardia real, custodia personal de Stefan. Vasili no habría estado esa noche en el campamento si hubiera sabido que el monarca iba a salir del palacio. Tampoco Stefan habría salido, a no ser por la necesidad de buscar a su primo, pero eso no tenía importancia: antes de salir en busca de sus propias satisfacciones, Vasili siempre se aseguraba de que su presencia no sería precisa.
En ese momento había allí tres muchachas, en distintas etapas de necesidad, a punto de ser satisfechas. En aras de la paz futura (Lazar no resistiría la tentación de provocar a Vasili por su brusca falta de pudor, por lo cual acabarían trenzándose a golpes para terminar muertos de risa), Stefan carraspeó.
No sirvió de nada. Lo intentó de nuevo, pero tampoco sirvió. Por lo tanto, Lazar comentó en voz bastante alta:
–Lástima que a los gitanos no se les ocurrió vender entradas. A estas horas serían ricos.
Serge, que ya los había alcanzado, agregó: –No parece que Vasili se opusiera. Y este espectáculo supera ampliamente al que estrenaron en el Grand la semana pasada.
Vasili giró sobre sí y les clavó una mirada fulminante. Su gemido no se debió al bochorno, sino al hecho de verse interrumpido.
–¿Cómo diablos me habéis encontrado?
–Por Fátima; le dijiste que vendrías aquí–explicó Stefan.
Luego agregó, echando un vistazo a las mujeres, que seguían enroscadas a Vasili, sin hacer nada por disimular sus diversos grados de desnudez–: ¿A ella no le molesta?
–Fátima no es mi dueña, así como yo no soy su dueño. Le di la libertad. ¿Qué más puedo hacer?
–Buscarle marido.
–Cada vez que se lo sugiero, llora.
Parecía tan disgustado, que sus tres amigos se echaron a reír, nada solidarios. Aquella concubina había sido un regalo del gran visir turco; era una criatura adorable y sensual, adiestrada en todos los aspectos del placer masculino. Aunque Vasili le hubiera dado la libertad, parecía difícil que ofreciera con mucha frecuencia buscarle un esposo.
A él no lo importunó esa muestra de humor. Lo que sí lo importunaba muchísimo, en su actual estado físico (que no aminoraba con el efecto de varios pechos desnudos apretados contra él), era la brusca aparición de los tres.
–¿Qué haces aquí, Stefan? ¿Y por qué no me informaron de que esta noche pensabas salir del palacio?
Stefan le dedicó una gran sonrisa.
–Si te hubieras molestado en atender al mensajero de tu madre, en vez de hacerle decir durante tres días que no estabas en tu casa, lo cual no era cierto, ella no habría tenido necesidad de venir a mí, exigiendo saber dónde te había enviado. A propósito: ¿cómo te las arreglaste para evitarla en el palacio?
Vasili se pasó una mano agitada por la dorada melena.
–No fue fácil. Le dijiste que no me habías enviado a ninguna parte, ¿verdad?
–No. Me limité a prometerle que te localizaría de inmediato para que fueras a verla. ¿Por qué la esquivas, primo?
–Porque cada vez que me hace llegar una convocatoria oficial, como esta última, casi con certeza va a decirme algo que no me gustará. Es para importunarme para que me case (como han pasado tres meses de la última vez, ya debe de ser hora) o para regañarme por mi última aventura.
–¿Qué aventura?–Preguntó Stefan, curioso.
–La que haya descubierto, cualquiera que sea.
Puesto que Vasili no tenía una sola amante en la ciudad, sino tres (sin incluir a Fátima, que estaba instalada en su propia casa, ni a las otras mujeres que se le arrojaban a los pies sin cesar), cabía preguntarse cómo lograba repartirse entre las gitanas. Le gustaba la variedad como a cualquier hombre que no estuviera enamorado, como era el caso de Stefan, pero ya tenía más variedad de la que se podía pedir.
–¿Por qué no me mandas a alguna parte?–Sugirió Vasili, de pronto.
Stefan se echó a reír.
–Porque tía María me arrancó la promesa de que te llevaría personalmente, en caso de necesidad. Esta vez tendrás que dejarte importunar o regañar, amigo mío. La próxima vez, avísame de antemano para que te envíe a Austria o a Francia durante algunos meses. Aunque no sé de qué te servirá eso, si de cualquier modo tendrás que enfrentarte a ella a tu regreso. ¿No se te ha ocurrido hacer lo que ella pide?
–¿Casarme, quieres decir?–Vasili dejó escapar un resoplido–. No seas ridículo. No podría conformarme con una sola mujer.
–¿Y quién te lo exige?
Stefan recibió una mirada agria.
–Tu reina, probablemente. Por si no te has dado cuenta, tiene ciertas ideas anticuadas sobre la fidelidad. Por Dios, si me casara Tanya sería capaz de emitir una orden real, prohibiendo el acceso a mi lecho a toda mujer que no fuera mi condesa.
Antes de que hubiera terminado, Serge y Lazar estaban ya riendo. Stefan, menos divertido, preguntó a su primo: –¿Tanya te ha dicho algo?
–Sólo que debía dedicar tanto tiempo a buscar la mujer adecuada como el que dedico a tratar con todas las que no debo. Por algún motivo, se le ha metido en la cabeza que no soy feliz. ¿Te imaginas? ¡No podría ser más dichoso!
–Está enamorada–comentó Lazar–. Las mujeres enamoradas quieren que todo el mundo se enamore.
–Ha de ser por eso, o porque mi madre se le ha quejado de mí, como lo hace con quien quiera escucharla –dijo Vasili–. Es una verdadera maldición, esto de ser hijo único y tener una madre preocupada por la perpetuidad del linaje.
–Prueba a cambiarla por un padre real preocupado por lo mismo –sugirió Stefan, seco.
Todos se echaron a reír, pero el asunto no había tenido ninguna comicidad el año anterior, cuando Stefan fue enviado a Norteamérica en busca de su prometida, la princesa. Ese casamiento lo ponía furioso y le daba miedo. Por suerte, quedó embelesado por la heredera real; más suerte aún que ella también llegara a amarlo.
–Ya tengo la solución –dijo Vasili, bruscamente–. ¿Por qué no ordenas a mi madre que vuelva a casarse, Stefan? Así dejará de pensar en tener nietos para dedicarse a otra cosa.
Stefan sacudió la cabeza, aunque sonriendo.
–Quiero demasiado a mi tía como para ordenarle algo que no quiere hacer, como bien sabes. Ahora dime, ¿qué haces solo aquí? Generalmente, para este tipo de entretenimientos arrastras contigo a Lazar y a Serge.
Por fin Vasili sonrió.
–En realidad no había planeado este tipo de entretenimiento. Vine a comprar un caballo nuevo. Dinicu envió a su hijo a decirme que tenía un buen potro para vender.
Ante eso Lazar se animó, pues sentía por los caballos una pasión tan marcada como la de Vasili.
–¿Lo has comprado?
–No era tan bueno, después de todo.
–Ah...–Lazar hizo un gesto de entendimiento–. ¿Y ahora estás aprovechando el viaje?
–Ciertamente. Si quieres participar, serás bien recibido. Tú también, Serge. Pero tú no, Stefan.
–¡Como si me interesara! –El monarca sonrió.
–No quiero correr ningún riesgo –le aseguró Vasili–. Ahora que la reina se ha dignado a perdonarme, prefiero seguir en buenas migas con ella.
Stefan enarcó una ceja, provocándolo.
–¿Estás seguro de que te ha perdonado? Sigue diciendo que eres un presumido, ¿sabes?
–Si–replicó Vasili, bastante satisfecho de sí mismo–. Pero ahora lo dice con cariño; tampoco le agrega el ‘estúpido’ con que lo acompañaba antes.
Stefan rió entre dientes. Su esposa no era amiga de medir sus palabras; el hecho de ser reina de Cardinia y gozar de una atención casi constante no servía, por cierto, para sofrenar su lengua. Pero la corte comenzaba a habituarse a sus costumbres americanizadas y su total falta de diplomacia.
Al pensar en su esposa recordó que ella lo estaba esperando... y con una especie de promesa a cumplir.
–Nos estamos olvidando de tu madre.
–Eso quisiera yo–gruñó Vasili. Y agregó, ciñendo con los brazos a las dos gitanas más próximas–: Ten un poco de corazón, primo. Dile que no me encontraste.
–No voy a llegar tan lejos, pero te daré dos horas para presentarte en tu antiguo hogar, Lazar y Serge se encargarán de que no llegues un solo minuto tarde. Mientras tanto, disfrutad, amigos míos.
Lazar y Serge ya estaban desmontando, llenos de expectativa. Pero cuando Stefan se apartó de ellos para salir solo del campamento Vasili se levantó de un brinco, gritándole que esperara. Tiró de su camisa para sacarla de bajo una torneada cadera, entre las fuertes protestas de las mujeres. Lazar, comprendiendo que Vasili iba a anteponer la obligación al placer, como siempre, también protestó:
–No seas ridículo, hombre. Hay veinte soldados esperándolo.
–Eso no basta–fue cuanto Vasili dijo, mientras se cubría los hombros con la chaqueta.
Serge puso los ojos en blanco. De nada serviría señalar que Stefan se sentiría insultado, pues Vasili no lo creía capaz de cuidarse solo durante el breve trayecto hasta el palacio. Claro que también lo divertiría descubrir que su primo había abandonado a tres muchachas tan bien dispuestas cuando no era necesario.
Serge lanzó un suspiro, dispuesto a montar otra vez, pero Vasili lo detuvo.
–Sólo necesita a uno de nosotros. Vosotros dos, quedaos a divertiros. Las damas ya están preparadas.
–Sí, pero del precalentamiento te encargaste tú.
–Me debéis el favor. De cualquier modo, pensar en los sermones de mi madre me ha quitado el ánimo. Si insistís en acompañarme os obligaré a soportarlos conmigo.
–En ese caso, hasta mañana.
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