CAPÍTULO 17
A la mañana siguiente los saludó la nieve. Los copos no duraron mucho ni se adhirieron a la tierra, pero la temperatura descendió considerablemente con respecto al día anterior. Y aún no estaban cerca de las montañas, donde el frío sería mucho más intenso.
A Alexandra le encantaba ese clima, pero con tantas cosas en la mente no podía disfrutarlo. Su plan no estaba dando resultados con la celeridad que ella esperaba. En realidad, no parecía servir de nada.
Vasili no había hecho un solo comentario sobre sus repugnantes modales en la mesa. Una noche en que los gemelos se enredaron a golpes, en vez de actuar como siempre, interrumpiendo la pelea con una palabra, ella se fingió fascinada y los acicateó. Pero Vasili no pareció reparar en esa conducta sanguinaria. Tampoco había notado que ella empezaba a apestar, aunque Nina se quejaba con frecuencia. Ni siquiera fue posible escandalizarlo bailando una danza estrictamente masculina; ella prefería no pensar en lo mucho que se había divertido, pese a la participación de Vasili; mejor dicho, más aún con su participación.
El sólo había mencionado una cosa, la rara manera que ella tenía de obligarlo a serle fiel. Pero no estaba convencida de que bastara eso para hacerle romper el compromiso. No se había enfadado lo suficiente la primera vez, y eso demostraba que hacía falta mucho más para disgustarlo hasta el punto de cortar el vínculo. No por eso dejaría Alex de impedir sus pecadillos sexuales, en público y en privado. Hacerlo en privado no era tan satisfactorio como los escándalos, pero él ponía cuidado en no cortejar a otras mujeres delante de ella. ¿Acaso el bochorno le resultaba peor que la frustración sexual?
Si de eso se trataba, quizás hacía falta otra escena. Esta vez podría ser una simple demostración de mal genio, sin ninguna relación con él, para demostrarle que no le bastaría la mejor de las conductas para impedir que ella le hiciera pasar vergüenza. La idea tenía ciertos méritos, sin duda; cuando la discutió con los Razin, ellos estuvieron de acuerdo en que nada se perdía con intentarlo.
Timofee se ofreció como destinatario de su enfado, pero Stenka también quería ese privilegio. Alexandra les aseguró que sería un placer calentarles las orejas a ambos. En cuanto al motivo, no sería necesario. Si Vasili preguntaba, ella se limitaría a decirle que no era asunto suyo.
Habría preferido armar la ‘escena’ en una población, para tener más público; como oscureció antes de que llegaran a la siguiente, terminaron acampando otra vez. Ella estaba demasiado ansiosa por ver la reacción de Vasili como para postergar la demostración. De cualquier modo tenía que esperar, pues él se había adelantado al grupo, como de costumbre, y tardaría un rato en comprender que no iban a alcanzarlo.
Pero Vasili sólo volvió una hora después de oscurecer; Alexandra tuvo tiempo de sospechar que había encontrado a alguna mujer bien dispuesta. Por eso, cuando él entró en el campamento y la encontró maldiciendo a los gemelos a todo pulmón, estaba realmente tan enfadada como parecía.
Lamentablemente, su vocabulario de palabrotas era bastante limitado. Como no había tenido en cuenta esa dificultad, Alexandra tuvo que hacer una pausa en su diatriba para susurrar a los gemelos:
–Se me han acabado los insultos. Rápido, sugeridme algunos otros.
Timofee estaba demasiado concentrado en disimular con las manos una sonrisa irreprimible, pero Stenka obedeció con mucho gusto, proporcionándole una nueva serie de groserías para gritarle. Alexandra lo hizo con los ojos dilatados y las mejillas encendidas de rubor; pero no importaba, porque estaba de espaldas a Vasili, que sólo podía oír sus vulgaridades sin verle la expresión.
Impaciente como estaba por conocer la reacción de su prometido, ella no resistió la tentación de susurrar a Stenka: –¿Está debidamente escandalizado?
–Lamento decírtelo, Alex, pero se está riendo.
Por un momento, la sorpresa le impidió responder. Por fin encorvó los hombros, diciendo con disgusto.
–¿Qué diablos hace falta para escandalizar a ese hombre?
Stenka ya no podía contener su propia risa.
–¿Por qué no bailas desnuda por todo el campamento? Así lo harías reaccionar, sin duda. Naturalmente, el resto de nosotros miraría hacia otra parte.
–No lo pongo en duda–replicó ella. Muy seca. Y les arrojó unas cuantas invectivas más, esta vez con bastante sinceridad.
Luego se alejó, enfadada con ellos, consigo misma, pues había fracasado nuevamente, y con Vasili, por no reaccionar como debía. ¿Cómo era posible que lo divirtiera escuchar semejante lenguaje en boca de su prometida? ¿Acaso no comprendía que, si ella era capaz de hacer algo así, bien podía hacerlo en un salón y en presencia de su rey?
Él fue a buscarla entre los caballos, donde Alexandra trataba de sentir el efecto sedante que solían tener sobre ella. Esa noche no. De cualquier modo continuó paseándose entre los animales, ignorando la presencia que sentía a sus espaldas. Sabía por instinto quién era. Y eso también contribuía a que no se calmara. No le gustaba poder adivinar la presencia de Vasili, tal como sus yeguas percibían la proximidad de un potro.
Él no esperó a que se volviera a saludarlo.
–¿Querría usted decirme por qué estaba tan furiosa con sus cosacos?
–¿Por qué debo decírselo?
–Porque se lo estoy preguntando.
No necesitaba responderle que no era asunto de él, pues los caballos le ofrecían una excusa adecuada. Se volvió para darla, pero en ese momento, como le ocurría con demasiada frecuencia, la hermosura de ese hombre la desconcertó. Cada vez que lo tenía cerca le costaba respirar, por no hablar de mantener una conversación. Al fin logró articular: –Permitieron que Príncipe Mischa sirviera a una de las yeguas.
–¿Y qué?
–Saben perfectamente que yo debo presenciar todos los servicios–explicó Alexandra. Y era cierto.
–¿Usted los mira?
Por la expresión del conde era evidente que, al fin, había logrado escandalizarlo. Y lo escandalizaba con algo que hacía de verdad, no con algo fingido con ese propósito.
–¡Claro que miro! Son mis bebes y yo los domino mejor que nadie. Como cualquier criador concienzudo, vigilo que las yeguas no salgan lastimadas.
–Pero...
–¿Sí?
Lo desafiaba a objetar que ella era una mujer, después de haber hecho su mayor esfuerzo para actuar ante él de un modo muy poco femenino. Él debió de recordarlo, pues cambió de tema.
–¿Y dónde estaba usted, si no presenció el servicio?
Ella le sonrió.
–¿No lo sabe? Usted no es el único que se aparta del grupo... –Iba a agregar: ...’en busca de diversión’, pero él no le dio tiempo.
–¿Qué es lo que hizo?
–Naturalmente–continuó ella–, cuando me alejo no lo hago por el camino, como usted. La campiña me resulta mucho más... vigorizante.
Esta vez logró introducir la insinuación, pero él no pareció afectado. Se limitó a decir, con absoluta seguridad: –Está mintiendo, Alex.
Ella apretó los dientes antes de replicar: –Por supuesto, pero ¿cómo lo sabe?
Vasili frunció súbitamente el ceño.
–¿Cómo ‘por supuesto’? ¿Miente usted por costumbre?
–Claro–respondió ella, despreocupada–. Las mentiras dan interés a la vida, ¿no le parece?
–No, no me parece–aseguró él, severo–. La vida ya es interesante sin necesidad de complicarla con... No importa. Usted es una mujer adulta. Lejos de mí la intención de cambiar sus... costumbres.
Esa condescendencia la enfureció. Y era mucho mejor descargar un enfado de verdad contra él que fingirlo con sus amigos.
–¡Pero qué magnánimo es usted, Petroff!–Exclamó, con una sonrisa–. Eso sí: no espere de mí la misma generosidad. Ya sabemos qué costumbres suyas estoy cambiando, ¿verdad?
Él no mordió el cebo, pero su sonrisa fue tan falsa como la de ella.
–Qué costumbres mías cree estar cambiando, baronesa. En cuanto a cómo he sabido que mentía, si usted se hubiera alejado sola, uno de mis hombres habría ido en mi busca, mientras otro la seguía.
–¿Conque me hace espiar? Pues bien, tendré que devolverle el favor, ¿no? Y comenzaré mañana mismo, averiguando qué ha hecho usted hoy.
Él arqueó las cejas.
–¿Se refiere a la granja que descubrí...?
–¡Grandísimo mujeriego!
–Vaya, vaya, ¿de qué me está acusando?–Ahora casi reía de puro placer al imaginar lo que ella pensaba–. En realidad, cuando encontré la casa ya estaba oscureciendo, de modo que no tuve tiempo. Pero ya que tocamos el tema, permítame recordarle que haría bien en conservar su virtud... al menos hasta que me haya dado un heredero. Después podrá hacer lo que guste.
–Oh, es lo que pienso hacer, pero sin aguardar su permiso. Usted, por el contrario, ya ha terminado con esas aventuras lascivas.
Vasili dejó de mostrarse complacido para exhibir una total incredulidad.
–En otras palabras: ¿usted puede, pero yo no?
–Los hombres habéis tenido el monopolio de esa conducta durante demasiado tiempo. Deberíais haber sabido que, algún día, una mujer invertiría el juego.
–Pero no será usted, preciosa–aseguró él. Con un filo acerado en la voz–. ¿Le gusta cortar orejas? Yo cortaré mucho más que eso a cualquier hombre que le ponga las manos encima... al menos hasta que...
–Sí, sí, ya lo ha dicho–le espetó ella, perdida la paciencia–. ¿Y quién le asegura que puedo tener hijos? Tal vez ya lo intenté y no pude.
Ese dardo dio en el blanco.
–En ese caso, sería mejor que lo averiguáramos previamente.
–Ni siquiera se le ocurra, Petroff, o seré yo quien corte algo más que orejas.
Se estaban fulminando con la vista, casi nariz contra nariz. Ese tipo de empates era muy insatisfactorio, pero ambos supusieron que no había salida.
En ese momento Vasili torció bruscamente la nariz, echándose hacia atrás.
–¿Qué es ese olor repugnante? Lo atribuí a los caballos, pero brota de usted.
Alexandra parpadeó, pero contuvo la risa justo a tiempo.
–¿De mí?–Exclamó, fingiendo indignación–. Es mi olor de siempre.
Vasili estaba ya realmente ceñudo.
–Cuando nos conocimos no apestaba así.
Ella se encogió de hombros.
–Cuando nos conocimos acababa de darme el baño mensual.
–¿Mensual?–Barbotó él.
Alexandra abrió muy grandes los ojos.
–¿Le parece que me baño demasiado? Es lo que yo siempre he dicho, pero papá insistía.
Vasili se alejó, disgustado.
Alexandra sonrió de oreja a oreja.
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