CAPÍTULO 11
A la mañana siguiente Vasili se levantó al amanecer, no porque hubiera planeado partir a hora tan ingrata, sino porque había pasado una noche muy inquieta: apenas logró dormitar por unas pocas horas. Cuando el sol se acercó por fin al horizonte, él estaba completamente despierto. No recordaba haber pasado otra noche tan infernal.
La culpa era, en parte, de lo que Alexandra le había recomendado consultar con la almohada, agregando que bien podía ser la última noche en que durmiera tranquilo. ¿Qué diablos había querido decir con eso? Su intención era hacerle perder el sueño, pero también predecía que habría noches peores.
El otro motivo de su insomnio era, asombrosamente, la misma Alexandra. Vasili no solía tratar con mujeres que se mostraban tan desaliñadas, a menos que hubieran estado retozando en la cama con él. Y ese maldito corselete rojo que le ceñía la cintura, exhibiendo sus torneadas formas... Nunca una camisa blanca había quedado tan bien como envolviendo esos grandes pechos celestiales.
Vasili se había excitado. Y a pesar de la acalorada discusión mantenida en su cuarto, a lo exasperante del tema, estaba aún excitado cuando ella salió. Para colmo, había vuelto a ocurrir cuando ella apareció por un instante en el comedor, más desaliñada que nunca.
Debería haber hecho algo por solucionarlo, buscar a alguna de las criadas que se habían pasado el día importunándolo, entre risitas tontas, con la excusa de preguntarle si necesitaba algo. Cualquiera de ellas hubiera estado muy dispuesta a satisfacerlo; eso estaba muy claro. Pero Vasili había decidido exhibir su mejor conducta ante los ojos de Constantin Rubliov; eso excluía el acostarse con las criadas de casa mientras su prometida dormía a pocas puertas de distancia.
Por suerte, como el barón no los acompañaría en el viaje de regreso, Vasili podría poner fin a su correctísima conducta en cuanto abandonaran la casa. Y ya tenía una muchacha, aunque no recordaba su nombre: la que había compartido su lecho en la posada, un par de noches antes. Esa noche se hospedarían allí otra vez; entonces no dejaría de aprovechar sus encantos... asegurándose de que Alexandra se enterara. Cuanto antes se diera por ofendida y exigiera ser devuelta a su padre, antes acabaría esa sensación de estar en una trampa.
Puesto que ya estaba levantado y completamente despierto, Vasili decidió que bien podían partir temprano, y abandonó el cuarto para despertar a los otros miembros de su grupo. Confiaba sinceramente en que Alexandra se hubiera pasado la noche en pie, preparando su equipaje. Una damisela obligada a levantarse antes de lo previsto se presentaba siempre de humor acre. Y el de Vasili era lo bastante acre como para desear compañía.
Si esperaba molestar un poco más a su prometida, se llevó una desilusión. Como el servicio doméstico ya estaba en movimiento, pese a lo temprano de la hora, mandó a una de las criadas despertar a Alexandra. La muchacha le informó que ‘Alex’ ya estaba fuera, muy probablemente en su establo. Vasili, sorprendido de que una sirvienta se refiriera con tanta familiaridad a la señorita de la casa, apenas registró el hecho de que, aparentemente, el establo era de ella.
Fue su propio humor el que empeoró, porque Alexandra le llevaba una buena ventaja. Eso lo obligó a meter prisa a Lazar, que bajó rezongando para el desayuno con el barón. Allí descubrieron que la prometida no comería con ellos... tampoco esta vez. Al llegar a esa conclusión, Vasili decidió perversamente tomarse su tiempo; malgastó una buena hora, mientras Lazar carraspeaba repetidas veces y señalaba la puerta con las cejas, sin que su amigo le prestara atención.
Cuando por fin salió del comedor, las tres criadas que tanto lo habían estorbado el día anterior convergieron sobre él; una le llevaba el sombrero; otra, el abrigo, y la tercera, los guantes. Boris, su criado personal, que debía atenderlos a él y a Lazar durante el viaje, se detuvo detrás de las mujeres, encogiéndose de hombros como para expresar que, frente a esa determinación conjunta, nada podía hacer.
Por suerte, la situación era tan normal para Vasili que, sin prestar mucha atención, aceptó las prendas y la ayuda de las criadas, ignorando las manos que se entretenían sobre él. Así lo encontró Alexandra, que venía a averiguar por qué se demoraban los cardinianos: Vasili, rodeado de tres mujeres que lo tocaban como si alguna intimidad compartida les diera derecho a tanto.
Y esa fue, exactamente, la conclusión a la que llegó Alexandra. Posiblemente por eso comentó, con desembozado sarcasmo:
–Estaba convencida de que usted tenía prisa por regresar a Cardinia, Petroff. Debí prever que un hombre de sus inclinaciones no podría despegar el trasero de la cama a una hora decente.
Sin darle oportunidad de contestar, salió por la misma puerta antes de que a él se le hubiera ocurrido una sola palabra. Las tres criadas se habían diseminado al primer sonido de su voz. Lazar estaba haciendo ruidos tras la palma de la mano. En cambio, el barón, de pie ante la puerta del comedor, parecía realmente dolorido y avergonzado... aunque no más que la noche anterior, al disculparse por la conducta de su hija.
–Ella... eh... ella...
Vasili se compadeció de él por tener semejante hija.
.No hacen falta explicaciones, señor. Como usted dijo, la señorita requiere... una mano que la dirija con cuidado.
¡Y qué ganas tenía de hacerlo! Conque ella quería ponerlo en ridículo, ¿no? Esa pequeña estaría bañada en lágrimas antes de que acabara el día. Después de todo, el desprecio es una habilidad que, en las manos adecuadas, puede convertirse en una verdadera arma. Y él la había desarrollado a la perfección para casos de necesidad.
Cuando Vasili y su hombres llegaron al establo, Alexandra ya estaba montada en su potro blanco. El día anterior, Vasili había rechazado un recorrido por la finca, por lo que ignoraba que la familia Rubliov no tenía uno, sino cinco establos grandes, que se extendían desde la casa hasta la aldea cercana.
Aun así, la finca no le despertó ninguna curiosidad. Su único interés era el objeto de su actual rencor. Una vez más la vio vestida con una camisa, aquellos pantalones de montar tan poco ortodoxos y un corselete azul; por lo menos, ese día estaba limpia y lucía un abrigo mucho más fino, ribeteado de pieles negras, haciendo juego con un gorro que le ocultaba el pelo por completo.
Vasili todavía estaba hirviendo por la última ofensa de esa mujer, pero su atuendo lo fastidió por un motivo inesperado: en realidad esperaba encontrarla adecuadamente vestida. El traje de montar era permisible, siempre que fuera un traje de montar femenino. Si esperaba verla con ropas de mujer era porque, según le habían dicho, los pantalones de montar eran su ropa de trabajo. Y puesto que durante el viaje no iba a trabajar, no tenía por qué usarlos. Pero allí estaba, con sus galas masculinas, llena de impaciencia... y vibrando de hermosura a la luz de la mañana temprana.
Vasili le miró la mano izquierda y notó que no se había puesto el anillo. Eso no lo sorprendió. Sin duda, esperaba el momento adecuado para arrojárselo a la cara.
Tardó varios segundos en detectar las carretas, pero al verlas entornó los ojos en un gesto de sospecha. El contenido formaba altos montones bajo las cubiertas de lona. Parecían muy poco maniobrables y demasiado pesadas, realmente, para los cuatro caballos uncidos a cada una.
Prefirió no interrogar a su prometida, que lo observaba en silencio, e ir directamente a los vehículos para examinar el contenido. Una estaba cargada con doce baúles, por lo menos. En la segunda encontró algunos más, junto con arreos, sillas de montar y elementos parecidos, además de una gran cantidad de sacos de cereal. ¿Acaso ella temía que no le dieran de comer?
Alexandra acercó su caballo hasta él y se detuvo justo detrás. Aún guardaba silencio y lo observaba con atención, aguardando a que él cayera en la cuenta de sus intenciones. Vasili no tardó mucho.
Giró en redondo para mirarla y dijo, sencilla e inequívocamente: –No.
Ella no intentó siquiera interpretar mal lo que eso significaba. Limitándose a enarcar una elegante ceja, replicó:
–Todavía no estamos casados, Petroff. ¿Acaso piensa que puede darme órdenes antes de la boda?
Él no perdió los estribos; tampoco reveló en su expresión lo mucho que esas palabras lo acicateaban. No hizo sino enarcar a su vez una ceja (lo hacía mucho mejor que ella) y contraatacar:
–¿Acaso usted piensa que no puedo?
Ella le dedicó una sonrisa estrecha y tensa.
–Veo que lo va a intentar. Pero en este caso será perder el tiempo. Usted no me arrastra a una breve visita, sino a una vida nueva. Y no voy a dejar mis pertenencias atrás. Si eso era lo que usted esperaba, se ha engañado, conde.
–Nadie le ha sugerido que haga nada de eso, señorita.
–En ese caso, no hay más que decir.
–Por el contrario: le daré quince minutos para que reúna las cosas esenciales para el viaje. Eso no incluye, por cierto, sacos de grano ni...
Ella lo interrumpió con una explicación.
–Ese grano es de primera calidad y está destinado a mis bebés. No confío en el pienso que ofrecen en las postas.
Puesto que esas palabras no parecían guardar la menor relación con el tema, Vasili apenas logró articular, confundido:
–¿Qué bebés?
No hizo falta respuesta. En ese momento, un mozo de cuadra estaba sacando del establo tres purasangres completamente blancos. Los seguían otros tres, conducidos por otro sirviente, y tres más y... Cuando Vasili dejó de contar había dieciséis de esos magníficos animales colmando el patio del establo.
–¿Son de usted?–preguntó secamente.
–Todos y cada uno–confirmó ella, con inconfundible orgullo en la voz.
–Su padre es de una generosidad descabellada–apuntó él, sin poder resistirse.
–Mi padre me regaló Orgullo del Sultán cuando cumplí los dieciséis años.–Alexandra dio unas amorosas palmadas al animal que montaba, para que Vasili supiera a cuál se refería–. En cuanto al resto de mis bebés, los he adquirido yo misma, por compra, intercambio o reproducción.
Era toda una hazaña y él habría debido reconocerlo, pero no lo hizo. Sólo sabía que ella pretendía transportar a aquellos animales por las montañas, con el invierno tan cerca y bandidos detrás de cada recodo, capaces de vender a su propia madre por sólo uno de esos caballos.
–Esto es ridículo–dijo–. Tanto sus ‘bebés’ como sus pertenencias pueden seguirnos, si usted insiste, pero no quiero que nos retrasen.
Ella sonrió, indicando que esperaba oírle decir algo así.
–Cuando guste, conde, puede partir sin mí. No necesito escolta, por cierto. Si me pierdo en el trayecto y no llego a Cardinia, sino a cualquier otro país, no creo que me importe.
A Vasili le costaba aceptar que estaba en un callejón sin salida. Por mucho que quisiera partir sin ella, necesitaba aprovechar el viaje para persuadirla de que rompiera el compromiso. Lo insoportable era que se negara a obedecerle. El pacto matrimonial le daba autoridad absoluta sobre ella, cosa que la muchacha no parecía haber entendido. Claro que, mientras estuviera bajo la autoridad paterna, que tenía precedencia sobre la de su prometido, él no podía imponerle su voluntad como deseaba. El padre...
De pronto sonrió.
–Su padre no aceptará esa sugerencia, muchacha, y usted lo sabe. Por lo tanto, permitiré que él se encargue de explicarle lo méritos de guiarse por mis indicaciones.
–Qué típico–se burló ella–. Como el niñito no puede salirse con la suya, corre en busca de papá. En este caso, del mío. Vaya usted, por favor; pierda un poco más del tiempo que tanto lo preocupa en solicitar la ayuda de mi padre. El mismo le dirá que no puede exigirme más colaboración de la que le he prestado. ¿O acaso ha cometido el error de tomarme por una hija obediente?
Furioso como estaba, Vasili tenía ganas de arrancarla de su silla para darle una sacudida. Ella lo sabía, aunque no parecía preocupada en absoluto, tal vez por la presencia del gran galgo que se había interpuesto entre ellos. Su potro no movió un músculo; al parecer, estaba familiarizado con el perro. Ella debía de conocerlo aún mejor, pues ordenó:
–Siéntate, Bojik.–Y el animal obedeció de inmediato.
Vasili preguntó, casi a gruñidos:
–¿Otra cosa que usted piensa traer consigo?
–Así es. Mi mascota va a donde yo vaya.
–¿Algo más?
Pese al sarcasmo, ella respondió: –Sólo mi doncella y mis hombres.
–¿Sus hombres?
Ella señaló el establo con la cabeza. Al mirar en esa dirección, Vasili descubrió en la entrada a tres cosacos montados; eran grandes brutos de facciones toscas, fuertemente armados, que le sostuvieron la mirada con... No podía estar seguro: esos hombres eran tan feos que costaba interpretar sus expresiones, distinguir la hostilidad de la diversión y la diversión de la simple curiosidad.
–Ellos se encargarán de protegerme durante el viaje–le informó Alexandra.
Vasili objetó, muy tieso:
–Creo que eso me corresponde a mí.
La muchacha tuvo la audacia de echarse a reír.
–No sea absurdo, conde. Si usted viaja con sus propios guardias, es obvio que no puede encargarse de su propia seguridad, mucho menos de la de otra persona.–Y luego agregó, con el desprecio que debería haber utilizado él–: Pero eso es muy comprensible, Petroff. Según mi experiencia, los elegantes de la corte son bastante inútiles para lo que no sea chismorrear y putanear.
Cuando Alexandra terminó, él tenía las mejillas carmesíes; estaba tan furioso que apenas logró contraatacar: –¿Es experiencia directa?
Ahora le tocó a ella florecer en rubor. Con una mirada fulminante, retrocedió para alejarse al trote, flanqueada por los tres brutos y con el descomunal galgo ruso a la vanguardia; detrás iban las dos carretas y, por fin, cinco mozos de cuadra conduciendo la tropilla de preciados animales.
Vasili los siguió con la mirada. Estaba pensando seriamente en tomar el rumbo opuesto.
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