Tu me perteneces Capitulo 15

CAPÍTULO 15

Si algo logró Vasili con esa visita a Alexandra, fue que ella compartiera su insomnio. No podía dejar de pensar en el beso y en las inesperadas sensaciones que le había provocado, sensaciones de las que no se habría creído capaz. Además, se maldecía por haberse quedado de una pieza, permitiéndole como una tonta que le hiciera todo eso, aun sabiendo que, en ese estado de aturdimiento, no habría podido impedirlo. Pero se prometió que esa estupefacción no volvería a repetirse. Tampoco habría más besos con él.
Pero la mayor parte de esas largas horas se le fueron tratando de imaginar por qué la habría besado. No creía, desde luego, que eso tuviera nada que ver con la intención de mantenerla despierta, como él había sugerido, aunque ese era justamente el efecto. ¿Y qué habría pasado, Dios misericordioso, si Nina no hubiera entrado en ese momento?
Alexandra quería pensar que habría recobrado el buen tino, llamando a gritos a los hermanos Razin, que dormían en el cuarto contiguo. Pero ya no estaba segura de nada.
Por la mañana, en cambio, irritada por la falta de sueño, estaba mucho más segura de lo que habría hecho. En vez de gritar, habría dado una buena bofetada a ese calavera promiscuo, para luego advertirle gráficamente de lo que sucedería si acaso volvía a intentarlo. Al fin y al cabo tenía una nueva imagen que apuntalar; la nueva Alexandra, mal educada, grosera y excéntrica, no toleraría que ese magistral seductor la menospreciara, aunque él creyera tener ciertos derechos sobre ella.
¿Acaso no lo había demostrado la noche anterior, en el salón? Esa escena vergonzosa le había salido estupendamente, aunque existiera cierta furia subyacente. El hecho de que él acordara una cita con otra mujer en sus propias narices no debería haberla afectado, puesto que ella estaba advertida; ello no hacía sino confirmar que él era una persona despreciable. También a eso se debía, en parte, el insomnio de la noche anterior.
Alexandra fue la última en llegar a los establos para la partida, cosa que no le mejoró el ánimo. Si ese dorado petimetre había dormido toda la noche, después de perturbarle a ella el sueño, había otra cuenta por saldar, aparte de sus planes para deshacerse del prometido.
Las carretas ya habían partido, junto con casi todos sus caballos, y les llevaban una buena ventaja. Stenka tenía a Príncipe Mischa ya preparado. Vasili, montado en su potro ruano, estaba obviamente esperándola. ¿Para volver a discutir? Sería un placer.
La mirada que él le echó podía ser meramente inquisitiva, pero ella vio algo más: una jactanciosa satisfacción, para ser exactos. Por eso se volvió a preguntarle, apenas estuvo montada: –¿Por qué me besó anoche?
Por un momento Vasili no dijo nada, y no fue por esperar a que Stenka se alejara para que no pudiera oír, sino porque la sorpresa le hacía rechinar los dientes. Ya debería haberse habituado a la franqueza de su prometida. Era intolerable que ella siguiera tomándolo por sorpresa, lo cual le daba ventaja.
Por fin respondió, con los labios apretados: –Porque la muchacha a la que habría querido besar huyó de miedo.
Como dejó las cosas así, Alexandra se vio obligada a extraer sus propias conclusiones.
–Ah, comprendo. Cuando usted no consigue lo que más desea, se conforma con lo que encuentra. Pero tengo para usted una tercera opción que haría bien en considerar, Petroff: mantenga los pantalones puestos... al menos hasta que rompa este compromiso.
Sonrió al decir esa última parte. Él le devolvió inmediatamente la sonrisa y se inclinó hacia delante, buscándole el cuello. Alexandra adivinó exactamente su intención: atraerla hacia delante para besarla otra vez, demostrando que no aceptaría órdenes. Bastaron un taloneo y un jalar de riendas para que Príncipe Mischa se alzara de manos. Vasili se vio obligado a dominar a su ruano asustado y ella aprovechó para partir.
Se consideró la triunfadora de ese encuentro... durante cinco minutos enteros. Ese fue el tiempo que Vasili tardó en ponérsele a la par y arrebatarla de su montura, literalmente, para pasarla a la suya. La acción fue inesperada y en absoluto agradable. Cuando él acabó de instalarla para su propia comodidad, Alexandra se encontró firmemente asegurada entre sus muslos y en la jaula de dos brazos que la arrinconaban de costado contra su torso. Así, tan cerca y envuelta por él, recordó demasiadas sensaciones de la noche anterior.
Apartó esos sentimientos para clavarle una mirada fulminante.
–Y ahora ¿qué pretende hacer Petroff.... aparte del ridículo?
–Continúe provocándome, preciosa, y nos alejaremos hacia algún lugar discreto para averiguarlo.
La idea no le gustó, pero no dijo nada. Bojik ya estaba ladrando junto a las patas del ruano, haciendo que el potro bailoteara con nerviosismo. Los tres hermanos Razin se les pusieron detrás, para hacer sentir su presencia. Stenka llevaba a Príncipe Mischa por las riendas.
No dirían nada, al menos por el momento. De cualquier modo, ella no quería que intervinieran, provocando el mal genio de Vasili. La situación no era alarmante, al fin y al cabo... salvo para sus propias emociones.
–Con respecto a mi pregunta... –lo instó.
La respuesta fue un seco: –Aparte al perro.
En cualquier otra posición ella se habría echado a reír. En cambio mintió:
–Bojik no obedecerá mientras me crea en peligro.
–Usted tiene los caballos mejor adiestrados que yo haya visto en mi vida. ¿Pretende hacerme creer que no ha impuesto a su perro la misma disciplina?
Estaba jugando sucio: hacía un comentario que sonaba a cumplido. Alexandra estaba orgullosa de sus caballos y no podía sino complacerla el hecho de que él los ponderara. Por otra parte, no era capaz de arriesgar a un animal, aunque fuera la montura de ese hombre, por el solo deseo de verse fuera de su regazo. Por eso pronunció el nombre de Bojik en un tono que el galgo reconoció y obedeció de inmediato. Sus ladridos cesaron. El potro no tardó en aquietarse. Y Vasili dijo: –Ahora puede hacer otro tanto con sus cosacos.
Alexandra ya había hecho una concesión y con eso era suficiente.
–Sólo cuando empiecen a ladrar–replicó, en tono grave.
–Haré cuenta de que no he oído eso.
–Y yo haré cuenta de que usted no ha perdido el seso–contraatacó ella.
De pronto sintió que el pecho contra el que se apoyaba retumbaba de risa. No había sido su intención divertirlo, desde luego, pero lo que estaba oyendo era el sonido de una auténtica diversión, que lo obligó a detener la montura.
–Ya era hora–dijo Alexandra.
Al parecer se había precipitado, porque él no la dejó en el suelo, sino que se volvió para dirigirse a los Razin.
–Mi prometida y yo vamos a conversar para conocernos mejor. Adelantaos. Para conversar no necesitamos escolta.
Ellos no se adelantaron, por supuesto. Se limitaron a mirar fijamente a Vasili y, un momento después, a Alexandra, que estaba a punto de bramar, tal era su furia. Vasili no la obligaría a elegir entre esa nueva concesión o un enfrentamiento entre él y sus hombres, con repercusiones que ella prefería no conocer. ¿Tendría la certeza de que ella iba a ceder o se echaría atrás si ella se negaba?
Prefirió no correr el riesgo e hizo a sus amigos el gesto que les permitiría retirarse sin preocupaciones, pero lo hizo de un modo casi imperceptible, con la esperanza de que Vasili no lo viera. De inmediato pensó que, en efecto, él no lo había visto, pues hizo que su caballo siguiera a los Razin y al resto del grupo, aunque a paso mucho más lento.
En cuanto estuvieron fuera del alcance de un grito, comentó: –¡Sabia decisión!
Alex pasó por alto el comentario, pues prefería ignorar a qué se refería. En cambio dijo: –Usted no quiere conocerme, Petroff, así como yo tampoco quiero conocerlo mejor. ¿Cuál es el objetivo de esto?
–Demostrar que usted está sometida a mí, le guste o no.
–Bueno, ya lo ha intentado, ¿verdad? Pero no ha demostrado nada, puesto que su autoridad requiere de mi colaboración, que no está en absoluto asegurada.
Los brazos la ciñeron un poco más. La cabeza se inclinó hasta que sus labios estuvieron junto al oído de Alexandra.
–En ese caso tendré que arrancarle algunas promesas–dijo él, con una voz que ella reconoció como seductora por lo que le hacía sentir.
Con un codazo asestado a ese vientre obtuvo una pequeña ventaja, sólo porque él no lo esperaba.
–Nada de promesas, Petroff. No le haré una sola. Y como ya hemos conversado lo suficiente, bájeme de una vez.
–Tendrá que pedírmelo con muy buenos modales–advirtió él en un suave siseo.
Había logrado enfadarlo, probablemente con el codazo. Pero ella estaba igualmente enfadada por el pánico que la había inducido a golpearlo.
–Váyase al diablo–fue su seca respuesta, con la cual no consiguió que la bajara.
Él continuó al paso, manteniendo una gran distancia con el resto del grupo. Alexandra, con su silencio, daba a entender que no pronunciaría ese ‘por favor’ requerido. Se preguntaba cuánto tiempo tendría que sufrir esa incómoda cabalgata antes de que él decidiera reunirse con los otros. ¿Podría ser tan obstinado como ella?
–Creo haber oído decir que usted tenía hermanas–dijo Vasili súbitamente, demostrando que sentía cierta curiosidad con respecto a su prometida, aunque fuera leve–. ¿Son... como usted?
¿Curiosidad? ¿O estaba preparando el camino para otro insulto?
–No se me parecen en nada–respondió ella, vacilante–. Nunca hemos tenido una relación muy estrecha. Ellas tenían sus ocupaciones y yo, las mías.
–Y su ocupación era criar caballos.
Alexandra, detectando la censura, contestó a la defensiva: –No por ser mujer...
–No era una crítica–la interrumpió él.
–¿No? Lo dudo. Pero poco me importa lo que usted piense, por cierto.
–Ya me he dado cuenta–replicó él, muy seco.
Como Vasili volvía a guardar silencio, ella decidió recuperar un poco del sueño perdido. Tenía la espalda apoyada contra su brazo; le bastaría apoyar la cabeza contra su pecho...
–Por lo general, cuando tengo a una mujer tan cerca, me siento obligado a tocarla–comentó Vasili, despreocupado–. Con ese atuendo tan ridículo usted no parecería una mujer, a no ser por esos encantadores pechos, de modo que creo poder reprimirme... por un rato.
Alexandra dilató los ojos con incredulidad. Ya no pensaba en dormir: sólo en la fuga. Pero aún no estaba dispuesta a decir ‘por favor’.
–No le veo la gracia, Petroff.
–En realidad, yo tampoco. Si es una broma, es a costa mía.
Ella no quiso pedir explicaciones. Sin duda no le gustarían.
–Bájeme.
–Pídalo por favor.
–¡Bájeme de una vez, maldito sea!
Por un momento pareció que él iba a hacerlo, pues pasó las riendas a la otra mano. Pero en vez de usar el brazo libre para bajarla al suelo, le alzó el mentón para obligarla a mirarlo y comenzó a bajar la cabeza.
–Lo he intentado–dijo, en un susurro sensual.
Ella quedó hipnotizada por dos sofocantes segundos. De inmediato, el miedo de perderse en las sensaciones experimentadas la noche anterior la obligó a estallar en un repetido: –¡Por favor, por favor, por favor!
Por un breve momento él pareció desencantado. Y luego optó por la satisfacción de la victoria. Un momento después la dejaba en tierra, obligándola a sufrir una sonrisa jactanciosa.
–Que le sirva de lección, preciosa–dijo, con una fuerte dosis de arrogancia–. Conviene ceder temprano, porque las demoras tienen consecuencias desagradables.
¿Era una lección o una advertencia? Alex no quiso preguntarse si había cambiado de tema, si se refería al compromiso y no al ‘por favor’ obtenido.
–En todo caso, es una lección que también le sirve a usted, Petroff–replicó. Y a continuación llamó ásperamente: –¡Bojik!
El galgo estuvo a su lado casi al instante, ladrando con tanta potencia que el potro, desbocado, partió a toda velocidad, pero no por el camino, sino a campo traviesa. Alexandra, muy sonriente, vio que Vasili se esforzaba por dominar al animal, sin mucho éxito. Por su parte, tal vez debiera caminar un trecho antes de que alguno de los Razin la viera y regresara por ella, pero no le importaba en absoluto.
Estaba riendo cuando revolvió el pelaje a su perro, antes de iniciar la caminata.
–Él quiere hacer sus demostraciones, Bojik, pero no creo que le gusten las nuestras, ¿verdad?

No hay comentarios:

Publicar un comentario