CAPÍTULO 10
Alexandra se las arregló para cerrar silenciosamente la puerta de Vasili, tal como había cerrado la de su padre. En cambio no pudo hacer lo mismo con la de su propio cuarto, que estaba un poco más allá. Furiosa como estaba, habría podido mascar clavos. ¿Cómo se atrevía ese hombre a amenazarla con un matrimonio sin amor, con amantes (ella interpretaba perfectamente lo que significaban esas ‘diversiones’) y con bebés?¡Bebés! La estaba tentando, el muy canalla, el cerdo arrogante, ¡y ni siquiera lo sabía!¡Mencionar justamente lo único que sí le interesaba del casamiento! Pero no con él. Con cualquiera, menos con él.
No estaba sola en el cuarto. Su ruidosa entrada sobresaltó tanto a Nina, inclinada hacia la maleta puesta en la cama, como a Bojik. El perro dejó escapar un breve gruñido antes de reconocer a Alexandra y cargarla con sus disculpas.
Esa tarde, por pura costumbre, ella lo había encerrado en su cuarto, porque Bojik no se llevaba bien con los desconocidos. Habría sido mejor dejarlo en libertad, para que ejercitara su especialidad con los desprevenidos extraños. Si ese presumido hubiera perdido un buen trozo de trasero, quizá la entrevista que Alex acababa de soportar hubiera concluido de un modo más placentero.
La idea la serenó un poco. No se conocía esas tendencias vengativas... por lo menos en los pensamientos. Lástima que no fuera capaz de utilizar un animal como arma, salvo en defensa propia; imaginar al cardiniano aullando de dolor resultaba muy satisfactorio.
Después de asegurar al enorme galgo que no estaba enfadada por su recepción inicial, echó una mirada a Nina, la maleta y el montón de ropas esparcidas por la cama.
–Con que te has enterado.
–Todo el mundo se ha enterado–respondió Nina, neutral–.Lo que no sabemos es qué decidirás hacer. Me pareció mejor ir preparando el equipaje, por si resuelves casarte con ese hombre, pero puedo guardar todo en un momento.
La expresión de Nina no revelaba en absoluto qué respuesta le hubiera gustado recibir, aunque era mujer de enérgicas opiniones y ya tenía decidido qué era lo mejor para Alexandra. Por lealtad la apoyaría en lo que ella resolviera hacer, pero antes discutiría bastante, si la decisión le parecía equivocada. Y Alexandra la amaba por eso.
Si en el aspecto social no podían considerarse iguales, en lo físico eran polos opuestos. La negra cabellera de Nina era un alboroto de rizos; sus enormes ojos azul celeste le daban un aspecto de búho que, en sus momentos de seriedad, llegaba a desconcertar. Por lo demás era como un panecillo dulce: algo regordeta, de corta estatura, abundantes hoyuelos y con un audaz sentido del humor. Y no había mejores amigas.
Alexandra, sentada en el borde de la cama, deslizó los dedos por un vestido de baile color malva, recordando la única vez que se lo había puesto: la noche en que recibió su primer beso. Se lo dio Christopher y fue tal como ella había imaginado. Levantando la falda del viejo vestido, preguntó a Nina:
–¿Para qué has sacado esto?
–Necesitas algún vestido para la boda–respondió la muchacha, pragmática.
Alexandra rezó por no llegar a eso. En todo caso exigiría que le hicieran un grandioso vestido de novia a medida, a fin de ganar tiempo. Negro, quizá.
–Puedes olvidarte de esa maleta–advirtió con decisión–. Quiero baúles, baúles a montones. Haz bajar todos los que haya en el desván y consigue más; pide prestado, mendiga o roba, pero quiero baúles en número suficiente para llenar dos carretas, por lo menos.
Nina ya no pudo guardarse su opinión. Su sonrisa era una explicación por sí sola.
–¿Así que vas a casarte con el primo de un rey?
Alexandra pasó por alto el deleite de su amiga.
–No. Di mi palabra de hacerlo, pero eso no significa que vaya a suceder... si puedo impedirlo. Mi prometido dice que no puede romper el compromiso y para mí es imposible. De nada servirá discutir con él. Por lo tanto, será preciso hacerle comprender que voy a ser una esposa horrenda.
–¡Si serías una esposa excelente!–contradijo Nina, leal.
–Para él no, en absoluto. Aunque lo fuera, no voy a darle oportunidad de saberlo. Cuando acabe con él, quedará convencido de lo contrario.
Nina se sentó junto a ella y preguntó, en tono vacilante.
–¿Por qué no te casas con él, simplemente?
–¿Traicionando a Christopher?
–Christopher merece que lo traiciones–murmuró Nina.
Alexandra suspiró. No estaba dispuesta a discutir con su amiga por el amor de su vida... otra vez. Ninguno de los Razin tenía nada bueno que decir sobre Christopher; Nina, menos que nadie. Y ella estaba cansada de defenderlo sin contar con nada que justificara su lealtad.
–Aunque no estuviera enamorada de otro, no podría casarme con ese cardiniano arrogante. Y antes de que empieces a protestar, entérate de que él tampoco quiere casarse conmigo.
La morena puso cara de incredulidad, por no mencionar la indignación.
–¿Te lo ha dicho él mismo?
–En efecto. Pero está decidido a sacrificarse, y a mí también, aunque su padre ha muerto y no sufriría ningún deshonor si él rompiera el compromiso. Algo más: ¿quieres saber qué planes tiene para nuestro matrimonio? Ignorarme en cuanto me haya hecho un hijo. Me dijo en la cara que no piensa abandonar a sus queridas. Pero es tan magnánimo que me permitirá tener algunos amantes.
–¿Eso te dijo?
–Todo eso.
Nina se erizó.
–Bueno, pues no vas a casarte con él. Yo no lo permito. Y tampoco lo permitirá tu padre, cuando se entere de esto.
Alexandra resopló.
–Eso crees tú. Cuando le dije que ese hombre me había galanteado sin saber quién era, puso cara de felicidad. Petroff demuestra ser un repugnante libertino y a mi padre sólo se le ocurre pensar que me encuentra atractiva. Tampoco dará crédito al resto del asunto, sabiendo que no quiero este casamiento. Pensará que lo inventé todo; lo más probable es que el azoramiento le impida enfrentarse con Petroff. Y aunque papá lo mencionara, apostaría algo a que ese petimetre se limitaría a negarlo, como cobarde que es. Después de todo, ya han tenido su bonita conversación y parecen entenderse de maravillas. Si ese hombre no aprovechó la oportunidad para expresarle sus verdaderos sentimientos, menos lo hará ahora. Sólo yo he merecido el privilegio de conocerlos.
Nina tardó un momento en contestar, con la cabeza gacha y ceñuda:
–Parece que el tuyo va a ser un matrimonio... aristocrático.
Alexandra se dejó caer hacia atrás, riendo. Nina se volvió a mirarla con el entrecejo fruncido.
–No le veo lo divertido–protestó.
–Ya lo sé.–Pero Alexandra seguía sonriendo–. Esos bailes a los que asistí en las grandes ciudades, sobre todo en San Petersburgo, me abrieron los ojos. De las personas casadas que conocí, la mitad tenía sus aventuras al margen. Y lo horrible es que las mujeres hablaban del tema, ya chismorreando sobre otras, ya jactándose de sus propias conquistas. Lo que el cardiniano sugiere ha de ser práctica acostumbrada en esos círculos. Él debe de creer que yo lo ignoro, pues su intención no era proponerme un matrimonio normal, sino escandalizarme para que rompiera el compromiso.
–A ti no te conviene ese tipo de vida. Eres demasiado posesiva para tolerar...
–No es cierto.
–Te conozco, Alex. Si tu esposo no te fuera fiel, lo atacarías a latigazos.
–No es cierto–repitió Alexandra, vehemente.
Tenía conciencia de haber dicho a Vasili algo muy distinto, pero sólo por causar efecto, no porque tuviera esa intención Para mayor seguridad, agregó:
–Me importa un comino con quién duerma ese hombre, antes o después de... Pero no viene al caso, porque no habrá ninguna boda. Te he dicho que no tengo intenciones de casarme con él.
–‘Si puedo evitarlo’, es lo que has dicho. ¿Qué piensas hacer?
Alexandra dejó caer un brazo contra los ojos.
–No sé–suspiró–.Lo único que se me ha ocurrido es retrasar el viaje con las carretas.
–Eso puede fastidiarlo, pero no hará que rehúse casarse contigo.
–Lo sé. Ayúdame a pensar. ¿Qué puede inducir a un hombre a rechazar un casamiento ya aceptado?
–El rechazo–sugirió Nina.
–La vergüenza–agregó Alexandra.
–La repugnancia...
–Espera, que eso me sirve.– Alex se incorporó, excitada.
–Me alegro, porque no podrías provocar rechazo, por mucho que te esforzaras. Y en realidad, tampoco te veo inspirándole repugnancia.
–Ya lo le hecho.–Alexandra sonrió de oreja a oreja–. Altanero y desdeñoso como es, se disgustó al verme así vestida y quedó asqueado, a juzgar por su expresión. Y puedo asegurarte que tampoco le gustó mi franqueza. Ya está, Nina.
–¿Qué es lo que está? Sigues comprometida con él. No veo el resultado.
–Todavía no, pero él apenas me ha visto. Todavía no conoce mi nuevo modo de ser.
–Ah, con que piensas fingir un poco.–Nina asintió con la cabeza.
–No, pienso fingir muchísimo–corrigió Alexandra, entusiasmándose con la idea–. Seguramente me ha tomado por una provinciana, pero me convertiré en la peor provinciana que haya encontrado en su vida. Seré grosera, vulgar, mal educada, un verdadero bochorno para él, hasta que se horrorice ante la sola idea de presentarme a sus parientes y amigos. No tardará en decirse que su mismo padre habría roto el compromiso si me hubiese conocido.
–Eso parece divertido–sonrió la amiga.
–¿Me acompañas?
–¿Acaso pensabas dejarme aquí?
Alexandra la abrazó, riendo.
–Bastará una semana para que me envíe de regreso, así que el viaje será corto. De cualquier modo, voy a cargar carretas con todo lo que tengo.
–¿Sigues pensando que necesitas demorar la marcha con esas carretas?
–Espero devolverte el tino en sólo una semana, pero no quiero dejar nada al azar. Si necesito más tiempo, no importa. No te preocupes por el equipaje. Llena los baúles con todo lo que encuentres. En cuanto se rompa el compromiso haré que me pague todo lo que se haya estropeado por falta de tiempo para empacarlo debidamente.
–Será como echar sal sobre una herida abierta–predijo Nina.
–Cuento con eso.
La muchacha salió en busca de los baúles, pero Alexandra no tuvo mucho tiempo para reflexionar a solas sobre su decisión, porque llegó Anna. El dolor y la traición que había tratado de olvidar volvieron multiplicados.
–Me dice tu padre que no cenarás con nosotros–comenzó Anna.
–Estoy muy ocupada con el equipaje.
La amargura de su voz no podía pasar desapercibida.
–Lo siento, Alex. Sé que por ahora te opones a este casamiento, pero debes admitir que tu padre escogió para ti un hombre muy apuesto.
Excesivamente apuesto y echado a perder, pero ella no estaba dispuesta a hablar de él.
–¿Conqué sabías lo del compromiso?–Acusó, como si no fuera una conclusión inevitable, conociendo la intimidad que Anna mantenía con el barón.
La otra hizo una mueca dolorida.
–Sí, y tu padre tuvo que escuchar todo lo que le dije, que no fue poco. Sólo que no aceptó mi opinión.
–Podrías haberme advertido, Anna.
–Somos amigas, querida, pero bien sabes que, ante todo, soy leal a tu padre.
Alexandra lo sabía y aceptaba de buen grado esa relación con su padre. Hasta esperaba que Anna accediera algún día a casarse con él. Debería haber sabido que ella jamás estaría de acuerdo con algo tan arcaico como un pacto matrimonial; la tenía de su lado.
–Creo que tu padre tenía miedo de que te fugaras si te enterabas antes–continuó Anna.
Alexandra se dijo que preferiría haberlo sabido para poder optar entre huir o no. Pero ablandó su tono y hasta ofreció una sonrisa a Anna. Ciertamente, todo ese asunto no era culpa de ella.
–No te preocupes. Ya he aceptado hacer lo que debo–dijo sin faltar a la verdad, puesto que no se estaba refiriendo al casamiento–. Tú cuida a mi papá.
–Bien sabes que lo haré.
–Y también podrías prepararlo para mi regreso.
Ese comentario sobresaltó a Anna, pero después de un momento se echo a reír.
.Caramba, se me ocurre que no te refieres a una visita.
Toda la amargura volvió de pronto a Alexandra. Con el corazón dolorido, prometió:
–Si tiene que ser una visita, jamás perdonaré a papá.
–Oh, Alex–suspiró Anna–. Él sólo quiere lo mejor para ti.
–Lástima grande que no estemos de acuerdo en qué es lo mejor.
La mayor sacudió tristemente la cabeza.
–Si cambias de idea y quieres venir a cenar...
–No.
Alexandra cambió de idea cuando se le ocurrió que uno o dos despliegues de mala educación, hechos en presencia del cardiniano y su padre, darían a Vasili la excusa perfecta para desistir de ese casamiento. No haría nada escandaloso, por supuesto; nada muy fuera de lo habitual; de ese modo su padre no podría reclamar que se comportaba así a propósito, aunque fuera cierto. Además, eso daría a Constantin la ocasión de ver que Vasili la desdeñaba; aunque se hubiera engañado creyendo ver atracción en ese primer encuentro, comprendería que eso no podía resistir la carga de tanto desdén.
No podría haber elegido un momento mejor. Ya estaba en marcha la lujosa cena que su padre había organizado a fin de impresionar al cardiniano, y se acababa de servir el plato principal. Anna lucía su mejor vestido; también Constantin exhibía su mejor aspecto con su atuendo formal. Y el conde Petroff... era difícil dejar de mirarlo. Bastó una breve mirada a su estupendo cuerpo y sus hermosas facciones para que Alexandra estuviera a punto de olvidar lo que pensaba hacer.
Estaba impecablemente atildado, por supuesto. No cabía esperar otra cosa de ese inútil presumido. Lo mismo podía decirse de su compañero, el de los cordiales ojos azules, que fue el primero en ver a Alexandra en la puerta. No se mostró horrorizado, sino sólo sorprendido al ver que ella no se había cambiado para cenar; venía con las mismas ropas de trabajo y el pelo más despeinado que nunca, puesto que había soltado deliberadamente varios mechones más. Pero no estaba allí para cenar.
–No os preocupéis por mí. He venido por un bocado, ya que esta noche no tengo tiempo para cenar.
Era de esperar que alguien se sintiera azorado por aquel comentario, aunque ella no desvió la mirada para comprobarlo. Se acercó al plato del cardiniano de los ojos azules y tomó de él una rebanada de pan caliente con mantequilla. El hecho de que no los hubieran presentado empeoraba las cosas, pero probablemente él sería el único entre los presentes que no hiciera ningún comentario sobre su conducta.
Le echó un vistazo, comprobando que estaba más horrorizado que sorprendido. Ella se limitó a dedicarle una sonrisa a cambio de la comida y miró al otro lado de la mesa. Anna se estaba cubriendo la boca con la mano, seguramente para evitar una carcajada que no estaría nada bien. Las mejillas de Constantin se habían puesto rojas y no sólo por bochorno. Sin duda reñiría con ella hasta hacer volar el techo... si la encontraba por allí. Pero ya no quedaba mucho tiempo para esas peleas.
–Alexandra... –logró decir Constantin, con voz ahogada.
Ella le dirigió una inocente mirada interrogante, con lo cual el padre tuvo la certeza de que estaba esperando una exhibición de ira, ansiosa por seguirle la corriente. Prefirió no darle el gusto y tuvo que tragarse el rencor, confiando en que ella no volviera a avergonzarlo.
Era lo que Alexandra quería hacer, pero en ese momento su más reciente plan se volvió en contra de ella. El conde Petroff, en vez de aprovechar la dorada oportunidad que ella le estaba ofreciendo, había abandonado la mesa y estaba de pie tras ella.
–Me complace ver que ha decidido reunirse con nosotros, baronesa, aunque sea por unos instantes. Esto me permite rectificar un olvido. ¿Me permite usted la mano, por favor?
Ella se volvió a mirarlo, desconfiada. ¿Darle la mano? Si acaso pensaba darle unas palmadas por el hurto de ese pan, como a una niña traviesa, recibiría algo mucho peor. Pero cuando le ofreció la mano libre, vacilando, él la ignoró para tomar la que sostenía la rebanada con mantequilla. Empleando dos dedos y una expresión inescrutable, que sin duda disimulaba su disgusto, él retiró suavemente el pan para dejarlo a un lado; luego, antes de que ella pudiera arrebatarle la mano le deslizó un anillo en el dedo.
No entró con facilidad; probablemente no hubiera entrado en absoluto a no estar sus dedos untados de mantequilla. Alexandra se quedó mirando el anillo por un momento, extrañada de que fuera tan encantador. Constaba de un enorme diamante, rodeado de zafiros, esmeraldas y rubíes que chisporroteaban a la luz.
–Y ahora que he cumplido con mi deber, puede usted correr a preparar su equipaje–concluyó Vasili–. Comprendo que es un abuso por el cual le pido disculpas, pero realmente debemos partir mañana. Si le pido que se dé prisa con la tarea es para que pueda dormir un poco esta noche.
Su disculpa sonaba tan falsa como su esperanza de que pudiera dormir... al menos, a los oídos de Alexandra. Probablemente los otros la encontraron sincera. Ella quedó todavía más furiosa con él por su duplicidad, por fingir delante de su padre, cuando ella conocía sus verdaderos sentimientos. Que a su vez hubiera bajado para representar su propia comedia no venía al caso. Era obvio que había perdido el tiempo.
Tomó nuevamente la rebanada de pan, sólo porque tenía hambre, y salió.
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