CAPÍTULO 7
Alexandra emprendió el regreso a paso tan tranquilo que, cuando ella y Stenka llegaron a la casa, habían pasado sobradamente las dos horas que, según su padre, podía tardar su prometido. El conde Vasili Petroff ya debía de estar instalado en la casa; se encontraría en su cuarto o en el estudio, hablando con su padre. De una u otra manera, si ella entraba por la puerta trasera sería muy difícil que tropezara con él. Había decidido permitir que su padre lo evaluara primero; de ese modo, antes de permitir que se lo presentara podría exigirle su opinión sincera.
Ese era su plan, que parecía bastante bueno; siempre cabía la posibilidad de que su padre lo encontrara intolerable y lo pusiera de patitas en la calle, librándola de tener que verlo. Pero no había tomado en cuenta la posibilidad de que su prometido no se diera ninguna prisa en llegar. Así lo descubrió al ver a los ocho hombres que estaban desmontando frente a la casa.
Alexandra no era de las que se desconciertan si es preciso cambiar de planes. Después de todo, las confrontaciones tienen mucho a su favor y se pueden descubrir muchas cosas cuando se pilla a alguien desprevenido. Bien vistas las cosas, quizá fuera mejor que ella lo conociera primero, antes de que su padre tuviera la oportunidad de prevenirlo sobre sus ‘hábitos escandalosos’, como él los llamaba. Nada mejor que ver para creer; ella nunca estaba bonita con la ropa de trabajo. Después de todo, ¿a quién tenía que impresionar en los establos?
Pero no esperaba que el cardiniano llegara con todo su cortejo. Había ocho jinetes y cuatro caballos más, cargados de equipaje. Por lo visto, a su prometido no le gustaba viajar ligero; Alex dedujo inmediatamente que era uno de esos aristócratas echados a perder, de los que se horrorizan ante la idea de dormir al aire libre y necesitan tener sirvientes a mano para las tareas más sencillas.
Alexandra nunca había encargado a otra persona lo que pudiera hacer con sus propias manos; en realidad, prefería prescindir de ayuda. Nina se encargaba de mantenerle la ropa limpia y planchada, pero eso era todo lo que ella le permitía hacer.
Alexandra y Stenka se acercaron a los visitantes desde atrás, sin que nadie los viera. Los cardinianos habían cometido la desconsideración de no llevar sus caballos a los establos. Dos de los criados estaban tratando de atender a los animales, pero sin mucha suerte. Varios de los caballos eran purasangres, aunque no tan finos como los que criaban los Rubliov ni tan bien adiestrados. En realidad, estaban provocando bastantes disturbios entre los animales de la familia, tanto más plácidos.
Ante uno de los potros, Príncipe Mischa resopló, agitando su orgullosa cabeza, pero bastó una palabra de Alexandra para que el animal se quedara quieto y le permitiera desmontar sin más preocupación, segura de que él no volvería a abochornarla con despliegues de macho. Ella ya había fijado los ojos en el hombre que parecía ser su prometido, a juzgar por lo fino de sus ropas. No esperaba que fuera tan apuesto; pelo castaño oscuro, ojos muy azules y, en las mejillas, surcos que prometían una sonrisa con hoyuelos. La sorprendió más aún descubrirle una expresión tan abierta; el hombre parecía accesible... y hasta agradable.
Por el momento era el único del grupo que había notado su presencia. Se volvió a mirarla, pero sus ojos nunca llegaron hasta Alexandra tropezaron con Príncipe Mischa y no pudieron continuar viaje.
Era una reacción a la que Alexandra estaba habituada y que, comprensiblemente, la llenaba de orgullo. Sus dos potros, Príncipe Mischa y su progenitor, Orgullo del Sultán, eran purasangres completamente blancos, de largas y abundantes crines y ojos intensamente azules; en ellos no se veían esos frecuentes parches de pellejo sonrosado, pues el pelaje era denso y uniforme. Sus vástagos eran muy buscados y se vendían a precios absurdamente altos, pero Alexandra sólo entregaba sus ‘bebés’ a quienes fueran verdaderos expertos. Si los posibles compradores no iban a mimarlos como ella lo hacía, que se quedaran sin ellos.
Al parecer, su prometido era uno de esos expertos. Prácticamente estaba babeando ante su caballo. Eso la divirtió. También fue un alivio. Aunque la idea la enfermaba, quizá pudiera persuadirlo de que deshiciera el trato a cambio de Príncipe Mischa. Claro que comenzaría por ofrecerle una de las yeguas o un caballo castrado. Todos sus reproductores eran de calidad superior. Pero, a juzgar por la expresión del hombre, ya estaba enamorado de Príncipe Mischa.
Alexandra desmontó. Sólo para asegurarse de haber identificado correctamente a su prometido, preguntó en voz alta, para que todo el grupo la oyera:
–¿Cuál de ustedes es Vasili Petroff?
Vasili abandonó su observación de la gran casa campestre para observar a la... ¿mujer? Sólo estuvo seguro cuando su mirada tropezó con un estupendo par de pechos, que ensanchaban la abertura del viejo abrigo de lana. Por desgracia, los pantalones de montar eran muy abolsados, pero las ajustadas botas revelaban pantorrillas bien torneadas. Ella lo atraía, sin duda. Ese tipo de busto siempre le provocaba ese efecto. Pero había algo más, pues la muchacha tenía facciones realmente encantadoras y un cutis impecable, que aún conservaba el bronceado del verano, como para demostrar que era una campesina: ninguna dama de calidad se exponía tanto al sol. Los pómulos altos presentaban el rubor del viento; la nariz, fina y recta, parecía demasiado elegante, casi aristocrática. La boca era lozana, plena y provocativa, casi tan tentadora como los pechos. Lo que resultaba desconcertante era el obstinado empinamiento del mentón, pero se lo podía pasar por alto. El poco pelo que no cubría el gorro de piel era casi más claro que la piel bronceada. Las cejas, bellamente arqueadas, eran algo más oscuras, de un tono castaño claro; más oscuras aún, las pestañas largas y densas que rodeaban los ojos, cuya forma era casi la de las almendras. La combinación resultaba llamativa, casi exótica.
Vasili decidió que su breve estancia en la casa podía no ser del todo desagradable. Ya sonriente, se presentó: –Ese soy yo, preciosa. ¿Y quién eres tú?
Alexandra apartó los ojos del moreno, que apenas había prestado atención a su pregunta, para volverse hacia el que acaba de hablar. Conque se había equivocado...
No pudo completar el pensamiento: desapareció junto con todo lo demás que tenía en la cabeza. Sus ojos se dilataron, enormes. Quedó boquiabierta, olvidando respirar. Y su estómago parecía empeñado en caérsele a los pies.
Pasó tiempo sin que ella se percatara, hasta que pudo aspirar una bocanada de aire, justo antes de empezar a amoratarse. A cambio se puso carmesí. Sus mejillas debían de estar humeando. Ante esa reacción, el hombre ensanchó la sonrisa. ¿Era la impresión lo que la había hecho quedar como una estúpida? Y todavía no lograba mover la lengua. Debía de ser la impresión. Pero nadie le había advertido que los hombres pudieran ser como ese.
Era dorado de la cabeza a los pies: pelo de oro fundido que se rizaba suavemente sobre las sienes y las orejas, piel de oro bronceado, ojos de miel. Era absolutamente hermoso, pero con una belleza masculina, de facciones perfectamente simétricas: mejillas enjutas, nariz algo aguileña, densas rectas cejas y mentón fuerte y labios bien formados, demasiado sensuales. El conjunto resultaba hipnotizador.
De algún modo, Alexandra logró reordenar sus sentidos. ¿Ese era Vasili Petroff? ¿Con él querían casarla? Caramba, qué broma. ¿Casarse con un hombre más hermoso que ella? ¡Por nada del mundo!
Puesto que su mente volvía a funcionar, recordó su plan y marchó hacia él, notando que era alto: un metro ochenta, por lo menos. Su largo abrigo ribeteado de piel, ceñido a la estrecha cintura por un cinturón, mostraba un físico militar que la desconcertó un poco. Su padre era más alto y mucho más corpulento, aunque ese hombre tenía una fuerza de látigo que resultaba más intimidante.
Pero Alexandra no era amiga de revelar su miedo a nadie. Además, no le temía. Después de todo, no era su esposo, sino apenas su prometido... y muy pronto, ni siquiera eso.
–Perdone usted si me he quedado como una tonta, conde Petroff–dijo con desenvoltura–. Es que me... he sorprendido un poco. Al fin y al cabo, no todos los días me encuentro con un hombre más guapo que yo.
Oyó vagamente risas sofocadas entre los hombres que lo acompañaban y el de ojos azules, que en un principio había tomado por su prometido. Lástima que no fuera el conde Petroff, pues habría sido mucho más fácil tratar con él. Le dirigió una breve mirada melancólica, que él debió de interpretar mal (por fin la estaba observando), pues le borró de la cara la expresión humorística.
Volviendo su atención al dorado Adonis, Alexandra notó que había enrojecido. Era asombroso, pero en cuanto abría la boca provocaba ese efecto en los hombres... al menos, en quienes no la conocían. No había sido su intención horrorizarlo con su franqueza; de cualquier modo, se alegró infinitamente de eso. Y tras haberle borrado la sonrisa se sentía más segura de dominar la situación.
Estaba a punto de presentarse cuando, entre un pensamiento y el siguiente, recordó algo: ¿la había llamado ‘preciosa’? ¿Sin saber quién era? En ese momento estuvo a punto de echarse a reír: ¡el hombre era capaz de coquetear con una desconocida cualquiera en el propio umbral de su prometida! Eso revelaba más sobre su carácter que cualquier conversación.
Aunque contuvo la risa, no pudo impedir que las comisuras de la boca se le volvieran hacia arriba. Realmente, era un golpe de suerte. No veía la hora de informar a su padre sobre ese parangón de honor y virtud con quien quería cargarla.
Estudió la posibilidad de jugar con él por un momento, para ver hasta qué punto se enterraba solo, antes de revelarle quién era. En realidad, la tentación era muy grande. Pero ella no sabía jugar con los hombres. Y tampoco iba a recurrir a una trampa, si la franqueza podía causar el mismo efecto.
Aún sonreía cuando agregó:
–Permítame presentarme, conde. Soy Alex Rubliov.
–Alex... ¿por Alexandra?
–Sí.
Bastó esa respuesta para que la actitud del hombre cambiara por completo. Sus ojos dorados la recorrieron de cabo a rabo, pero esta vez llenos de absoluto desprecio, con cierta dosis de repugnancia. Alexandra quedó más complacida que antes. Para demostrarlo le dedicó una deslumbrante sonrisa que, sin que ella lo supiera, lo dejó sin aliento.
–Resulta bastante obvio que ninguno de nosotros es lo que el otro esperaba. No desespere, conde. Lo cierto es que no deseo casarme con usted.
Vasili quedó casi sin habla: ella acababa de quitarle las palabras de la boca.
–¿Que no?
–En lo más mínimo–lo tranquilizó ella–. Lamento que usted haya perdido el tiempo con este viaje. Cuando rompa nuestro compromiso, insista usted para que mi padre lo indemnice por la molestia. Bien... por si no volvemos a vernos antes de su partida, ha sido... interesante conocerlo.
Dicho eso, giró en redondo y montó en el potro blanco, con tanta fluidez que pareció hacerlo de un salto. Caballo y amazona desaparecieron al trote por la esquina de la casa, seguidos por un cosaco brutal.
No era frecuente que Vasili Petroff se quedara sin habla, mucho menos por obra de una mujer. Aquella no se volvió siquiera a mirarlo. Había dicho lo suyo y parecía haberlo borrado de su mente sin más. Pero a él ninguna mujer le hacía semejante cosa.
Lazar se le acercó, mirando también hacia el punto por donde Alexandra Rubliov acababa de desaparecer.
–Si te ríes–dijo Vasili, sin mirarlo– te rompo la boca a puñetazos.
Lazar no rió, pero estaba muy sonriente.
–¿Crees que eso me lo impediría?
Los dos amigos solían liarse a golpes con muy poca provocación. Stefan había hecho que Lazar acompañara a su primo para impedir que se metiera en problemas, pero les aconsejó, en tono de broma, que no se mataran mutuamente antes de volver a Cardinia. De eso se encargarían los seis guardias que también los acompañarían por insistencia del rey, además de protegerlos contra los bandidos que infestaban los pasos de montaña.
–Por lo menos, te dificultaría la carcajada–prometió Vasili.
–Es cierto, pero ¿por qué gruñes así? Deberías estar encantado. Ahora no tendrás que demostrarle lo cabrón que puedes ser, Ella te ha dicho exactamente lo que deseabas oír, sin esfuerzo alguno por tu parte.
–¿Exactamente?–repitió Vasili con irritación–. Me parece que no has escuchado bien, Lazar. Esa pequeña campesina no quiere casarse conmigo, aunque espera que sea yo quien rompa el compromiso. Bien que me gustaría, pero no puedo, como bien sabes.
–Sí, pero estás mucho más cerca de lograr tu objetivo, gracias a su inesperada revelación. Ya tienes media batalla ganada sin haber hecho un solo disparo. ¿Cuánto puede tardar en romper ella misma el compromiso, si le explicas que tú no puedes? Está de tu parte, amigo mío: no te quiere.
Habiendo dicho eso, Lazar ya no pudo contener la risa. Era increíblemente divertido, y el ceño furioso de Vasili, más divertido aún. ¿Quién lo hubiera pensado? La única mujer que tenía la oportunidad de casarse con él lo rechazaba, mientras que cientos de señoras habrían matado por estar en su lugar.
–A propósito–añadió, sólo por echar sal en la herida–: no creo que la hayas impresionado mucho con esa espléndida exhibición de desprecio con que le has obsequiado. No puedo criticarla, habiendo visto el modo en que la mirabas antes de saber quién era.–Tuvo que interrumpirse para otra carcajada–. ¡Por Dios, cuando Stefan y Serge se enteren de esto! No me lo van a creer.
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