CAPÍTULO 6
Alexandra cruzó a caballo la aldea, la pequeña ciudad y los sembrados, hasta llegar a los pastos, donde por fin dio rienda suelta a Príncipe Mischa. Como siempre, la seguía uno de los muchachos Razin, pero ella no había visto cuál; tampoco entonces se dio vuelta a mirarlo.
Probablemente era Konrad, que tenía treinta años; era el mayor y el más responsable de los tres hermanos. Timofee y Stenka, los gemelos, se limitaban a regañarla si ella partía sola, sin avisarles; Konrad, en cambio, le armaba un verdadero escándalo.
Alexandra se había criado con los Razin y pasaba tanto tiempo en casa de ellos como en la propia. Eran como los hermanos varones que no había tenido, verdaderos amigos y, algunas veces, auténticos incordios. Nina, la única mujer de la familia, era supuestamente su doncella; en realidad, su más querida amiga. Tenía un año menos que Alexandra, pero hasta ella se había casado, aunque era viuda desde hacía dos años.
Casarse.
El viento helado del otoño le había secado las lagrimas, estupidez a la que rara vez cedía; ahora ya no necesitaba llorar, sino seguir cabalgando y no volver jamás. Claro que Konrad no se lo permitiría. Aun cuando descubriera lo que el barón le había hecho, no le dejaría tomar la ruta de los cobardes. Se pondría tan furioso como ella, pero los cosacos no rehuían la batalla, y para él ese compromiso sería una batalla. Lo mismo pensaría ella, una vez que cesara el dolor y la sensación de haber sido traicionada.
Casarse.
¡Maldito Christopher Leighton! ¿Por qué había tenido que reparar en ella, en aquel primer baile en San Petersburgo? ¿Por qué cortejarla con tanta diligencia, asegurando que la amaba? Era asistente del embajador inglés, mundano, sofisticado y apuesto. En verdad le había alborotado las ideas.
Lo amaba. Tenía que amarlo para esperar siete años; era ridículo permanecer tanto tiempo fiel a un hombre que aún no le había propuesto casamiento. Llevaba ya tanto tiempo sin verlo que ni siquiera recordaba su rostro con claridad. Pero sus cartas estaban siempre llenas de pasión, de sentimiento profundos hacia ella; también la última y más reciente. Siempre le expresaba su amor y lo mucho que la echaba de menos. Desde su regreso a Inglaterra decía estar intentando que lo trasladaran nuevamente a Rusia, para poder estar cerca de ella. En ninguna de sus cartas había hablado de casamiento. Y Alex, pese a todo su atrevimiento, nunca pudo escribir las pocas palabras que hubieran provocado una respuesta, ya para fortalecer sus esperanzas, ya para darles fin. Le rea imposible preguntarle directamente si pensaba desposarla.
Ahora comprendía que hubiera sido preferible hacerlo. O seguirlo a Inglaterra, en vez de aceptar la prohibición de su padre. Si pudiera ver a Christopher una vez más...
En ese momento Alexandra tomó una decisión: iría a Inglaterra en cuanto se deshiciera de Cardinia y el honor quedara salvado. Después de todo, tenía una considerable cantidad de dinero ahorrado, gracias a la venta de sus caballos. Bastaría con hallar la manera de abandonar el país sin que su padre intentara detenerla inmediatamente. Con tantas rutas hacia Inglaterra, una vez que estuviera en viaje él las pasaría negras para encontrarla.
Una vez tomada esa decisión, sintió el pecho menos oprimido y tiró de las riendas para que Konrad pudiera alcanzarla. Pero fue Stenka Razin quien se le puso a la par, fulminándola con la mirada por obligarlo a galopar como un loco para no perderla de vista.
–¿Querías que nos matáramos los dos? ¿O sólo los caballos?
–Estaba tratando de dejar atrás unos cuantos demonios, si quieres saberlo–replicó ella.
–¿Alguno que yo conozca?
–Mi padre, para empezar.
–Ah, otra pelea con tu papá–dijo él, con una sonrisa sabihonda.
De los tres hermanos Razin, era Stenka el que jamás estaba serio. Amaba la vida y en todos sus aspectos encontraba placer, cuando no, humor. Si Alexandra estaba enfadada, dolida o simplemente de malhumor, Stenka siempre se las componía para hacerla reír. Por desgracia, esta vez no lo conseguiría, por mucho que lo intentara.
Su hermano Timofee era apenas menos despreocupado. Los gemelos, de veintisiete años, eran tan parecidos que parecía cosa de magia, y no sólo por sus facciones. Ambos tenían el pelo negro y los ojos azules característicos de su familia; los dos deseaban las mismas cosas, incluidas las mujeres, por lo cual se pasaban la vida compitiendo entre sí... y peleando. No hacía falta mucho para que se enredaran a golpes; era bastante habitual que uno u otro se presentaran con un ojo negro o el labio partido tras una trifulca.
–No sé por qué te alteras tanto cada vez que riñes con tu padre. Al fin y al cabo, ganas siempre tú–comentó el muchacho.
–Esta vez no he ganado–murmuró ella.
.¿No has ganado?
Su mirada, deliberadamente incrédula, no logró despertarle la sonrisa buscada.
–¡No, no he ganado!
–Como bien dicen, siempre hay una primera vez.–Él suspiró–. ¿Y qué es lo que has perdido?
–Me ha prometido en matrimonio a un cardiniano.
Esa nueva cara de incredulidad no tenía nada de fingida.
–No puede haberte hecho eso.
–Lo hizo quince años atrás.
–Ah, cuando eras un bebé–exclamó él, como si eso lo explicara todo.
–¿Un bebé de diez años?
Él descartó la objeción con un gesto de la mano.
–Bueno, ¿y qué piensas hacer?
–La mejor estrategia sería la franqueza–manifestó ella, objetiva–. Simplemente, voy a decir a ese conde cardiniano que no quiero casarme con él.
Stenka la evaluó con una mirada que la recorrió desde el gorro de piel hasta las botas, pasando en el trayecto por varios puntos muy positivos, en su opinión.
–Puede que sea más feo que el diablo. En cuanto te vea creerá estar en el cielo y, en ese caso, tu franqueza le importará muy poco.
Alexandra soltó un gemido ante esa posibilidad.
–No me ayudas mucho, Stenka.
–¿Necesitas ayuda?
–Te la agradecería.
–Pues bien–propuso él, alegremente–. Timofee y yo podemos tenderle una emboscada, molerlo a golpes y advertirle que no se acerque.
–Lástima que, probablemente, está llegando en este mismo instante–predijo ella. Luego agregó, por si él hubiera interpretado su comentario como una autorización–. Y no podemos golpear al primo de un rey... salvo como último recurso.
El joven silbó por lo bajo.
–¿Es primo de un rey? ¿Y por qué no te casas?
Los ojos de Alex, azul medianoche, adquirían un matiz de púrpura intenso cuando se encendían de ira, como en ese momento.
–Porque, casualmente, estoy enamorada de Christopher.
–¡De ese!–exclamó Stenka, con tanto desprecio que ella estuvo a punto de hacer una mueca dolorida. Todos sabían del inglés y se habían alegrado por ella... pero los años fueron pasando sin anillo de bodas–. ¡Ese holgazán bueno para nada!
–No quiero oír esas cosas.
–¿Estas segura?
–Sí.
–Pero a mí me sentaría muy bien quitarme ese peso del pecho.
Su expresión era tan seria que ella no pudo evitar echarse a reír. Stenka sonrió de oreja a oreja. Por fin había obtenido el resultado que buscaba.
–Bueno, ve a conocer a tu prometido–sugirió él–. Nunca se sabe. Podría gustarte.– Ante el bufido de la muchacha, agregó–: No es imposible, ¿sabes?
–Eso no importaría.
El muchacho no necesitó preguntar por qué. Y eso era lo peor, se dijo, ya disgustado. Alex era demasiado leal, con una lealtad mal entendida. Y su padre tenía razón. Más de una vez lo había repetido ante Ermak, el padre de Stenka, y toda la familia Razin apoyaba esa opinión: habría sido mejor que alguien liquidara a ese inglés de un balazo varios años antes.
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